lunes, 29 de noviembre de 2010

Me gusta navegar en las palabras






Me gusta navegar en las palabras, lo mismo que en los sueños.
Desde niño me he visto imposibilitado por decir con mucha claridad lo que pienso y siento. Tal vez será por eso que en cada acto trascendental de mi existencia he desperdiciado innumerables noches sumido en el insomnio, intentando imaginar el escenario ideal, buscando en el cúmulo de frases y clichés aquellas que fueran las más precisas para expresarle a quien fuera lo que quería decir. Mentalmente ensayaba una y otra vez el encuentro o el momento por ocurrir, meditaba bien el gesto pertinente, la mirada y las palabras, hasta que una vez convencido de que la escena estaba debidamente armada, me dormía esperando la llegada de la mañana siguiente… únicamente para que justo en el momento preciso el titubeo me traicionara, el sudor de manos me delatara y simplemente terminara cayendo y callando…
Muchos de los momentos trascendentales de mi existencia fueron portentos de dicha, felicidad, firmeza y determinación, pero sólo en mi imaginación. Debo admitir que mi incapacidad expresiva me ha llevado a muchas confusiones, a alejamientos que tuvieron su origen en mi enorme miedo a decir con claridad lo que siento y lo que pienso, o simplemente a manifestarme con toda honestidad sin sentir que por ello ganaba o perdía. Ahora en retrospectiva, debo reconocer que mi niñez y adolescencia fue hermosa no por todo lo que fui capaz de hacer, decir u ofrecer, sino por la infinita paciencia de todos aquellos y aquellas que me rodearon, que con una simple sonrisa supieron hacerme saber lo que significaba yo para ellos. También porque supieron darle su justa importancia a mis dichos y mis silencios, tantas veces prolongados, injustificados, pero siempre ahí presentes.
Será por ello que busqué desde pequeño formas más íntimas y personales de poder decir lo que pienso. Sumido en las soledades de una habitación recuerdo haber escrito infinidad de pensamientos. De tal forma que pareciera ratificarse un poco el sentido de aquella vieja canción llamada “Both sides now”, de Joni Mitchell:

Como hileras y témpanos de pelo de ángel,
Como castillos de helado en el aire;
Como cañones de plumas por todas partes.
He visto a las nubes de ese modo.


Pero ahora no hacen más que cubrir el sol;
Llueven y nievan sobre todo.
Hay tanto que habría podido hacer,
Pero una nube me lo impidió.


Ya he visto a las nubes desde ambos lados
De arriba, de abajo,
Y, sin embargo, de algún modo,
Son sólo ilusiones de nubes las que recuerdo.
En realidad, no sé nada de las nubes.


Lunas y junios y ruedas de Chicago;
Ese mareo danzante que se siente
Mientras el cuento de hadas se va haciendo realidad.
He visto al amor de ese modo.

Pero ahora, no es más que un espectáculo.
Se quedan riendo mientras te alejas,
Y, si te duele, que no lo sepan;
No te delates…

Ya he visto al amor desde ambos lados,
Desde el dar hasta el recibir
Y, sin embargo, de algún modo,
Son sólo ilusiones de amor las que recuerdo.
En realidad, aún no sé nada del amor.


Lágrimas y miedo;
Sentirse orgulloso de gritar “te amo”;
Sueños y planes y muchedumbres felices.
He visto la vida de ese modo.

Pero ahora, los viejos amigos actúan raro,
Me reprueban, me dicen que he cambiado;
Bueno, algo se pierde y algo se gana
Viviendo cada día.

Ya he visto la vida desde ambos lados,
He perdido y he ganado
Y, sin embargo, de algún modo,
Son sólo ilusiones de la vida las que recuerdo.
En realidad, no sé nada de la vida.

Los momentos más trascendentes de mi vida, los recuerdos memorables, los nombres y los tiempos, los lugares y las sensaciones que me han marcado profundamente tienen su hogar en un puñado de textos garabateados en viejas hojas de papel. Podría decir sin temor a equivocarme que el anecdotario de mis emociones habita perennemente en frases escritas con distintas tintas y caligrafías, convertidos en tesoros que de repente se extravían entre los libros de mi casa, se deslizan sigilosos en cajas de cartón que de cuando en cuando hurgo curioso y melancólico, como el detective que lupa en mano busca las huellas que delaten la vida que he vivido de tiempo atrás.
No recuerdo a ciencia cierta cuándo fue que escribí algo plenamente mío, que hubiera dado a luz convencido de los dolores naturales de quien pare palabras que decantan historias y anécdotas en las que seguramente tú, amigo lector, ocupas un lugar especial. De lo que no tengo la menor duda es que a mis doce años de edad inicié el ritual de la escritura más movido por el amor a las personas que el amor a las palabras… Ahora, cuarenta y dos años después, muchas personas han quebrantado la promesa idílica del amor eterno; a otras tantas mi inconsistencia frecuente o tal vez mi incapacidad por ser lo que los demás esperan de mí han terminado alejándolas sin explicación alguna… pero de algo estoy seguro: el amor por las palabras sigue ahí, se profundiza y renueva votos de fidelidad en tanto el corazón siga latiendo por las presencias y las ausencias, por lo que ha sido, pero también por lo que pudo ser y finalmente no fue. En fin, que el prodigio de la palabra escrita me enamora y me ata; me ayuda a sobrevivir cuando muchas veces la escritura es lo único que te ayuda a salir de esa encrucijada que es la vida misma, cuando te sientes entre la espada y la pared. Yo, cuando esto ocurre, prefiero decir que estoy entre la pluma y el papel.
A los doce años qué tanto puedes decir. La escuela y sus procedimientos castrantes te limitan; educarse en esos tiempos como en los actuales obligaba a asumir que el bozal de las expresiones debía ceñirse a las reglas absurdas que muchas veces los maestros te imponían. Ni qué imaginar que pudiera ocurrir algo maravilloso como permitirte hablar con la libertad de un caballo galopante en las praderas; mucho menos pensar que en los escritos escolares podrías encontrar el pretexto necesario para cubrir con frases exactas el descobijo de un huérfano de respuestas abandonado en el insomnio nocturno que atosiga cuando crees que el mundo es duro contigo, que nadie te comprende, que es difícil crecer en el páramo de la soledad… a menos que llegue el amor, que es el bálsamo que al principio lo cura todo, la rama extendida que te saca del atolladero existencial en que de niños y adolescentes nos encanta masoquistamente estar.
Por amor fue que una vez me atreví a escribir mi primer poema. Y, claro, como bien deduces se lo dediqué a Ella. Fue ese momento prodigioso el que me hizo esforzarme porque la letra se viera bien. Ensayar la caligrafía fue para mí un verdadero acto de amor. Pero la creatividad no siempre me acompañaba, así que a falta de musas etéreas procuraba alimentar la vena poética escuchando bellas canciones de Joan Manuel Serrat. Y así, poco a poco, desarrollé algunas estrategias para ir dándole acomodo a los sentimientos a través de la palabra escrita, montando las palabras en el ritmo de una canción. Lo demás vino solo, fue algo como simplemente dejarse llevar…
Los papeles se acumulaban porque mientras hubiera palabras desbordadas era posible hilar poemas, tejer sentimientos y bordar los textos en cualquier hoja de cuaderno. Tantas cosas escritas terminan por salirse de su refugio, reclaman impacientes la voz que les de vida, porque un texto escrito a fuego no merece quedarse sumido en el fondo oscuro del silencio, es pertinente darle un tiempo y una voz para que decante su origen y su razón. Quizá por eso fue que un día en Clase de Español, la maestra Imelda Luna solicitó nuestros cuadernos para revisar algún trabajo. Uno a uno fuimos pasando a dejarlos abiertos de par en par, de la misma manera en que se abren las puertas y las ventanas de la casa a un amigo y dejamos que se sienta a gusto en eso que llamamos nuestro hogar. Y es que eso era efectivamente ese cuaderno de Español: era hogar de mis hojas sueltas y huidizas que fueron escritas para ella pero que siempre terminaban dobladas a la espera de que llegara el día en que me atreviera a enviarlas de manera puntual. El caso fue que la maestra revisó cada cuaderno apilado en su escritorio, y conforme iba cumpliendo con su obligación de calificar nos iba nombrando para que pasáramos a recibirlo de manos de ella. Todo eso para mí era rutinario, sabía que era el protocolo cotidiano de su clase… salvo que ese día ella fue la primera que descubrió lo que mi cuaderno ocultaba y me lo hizo notar.

-Ruiz Paredes… pasa por tu cuaderno- Seguramente eso fue lo primero que la maestra pronunció. Y mientras iba levantándolo de su escritorio, una hoja doblada en dos se deslizó de su interior, rompió la modorra en la que se sumerge lo que se cansa de esperar y cayó al piso. Mientras iba caminando hacia la maestra, miré con angustia que algo estaba a punto de delatar mis sentimientos. No era la primera vez que esto ocurría con alguno de nosotros. Los maestros en la clase siempre estaban como cazadores furtivos esperando atrapar a la presa que no era más que un pedacito de papel que circulaba de mano en mano. Si alguno de ellos tenía suerte y el arponazo de la vista detectaba ese correo escrito, lo confiscaba y después de leerlo en silencio lo compartía con los demás usando para ello un tono de sorna y mofa cuya única intención era humillarte ante los demás. Eso bastaba para que entre clase y clase o en los recesos de toda una larga semana los compañeros te hirieran con sus bromas y sus burlas, el tiempo suficiente hasta que otro inocente dejara caer en manos del enemigo otro papelito inocente y te sustituyera felizmente en el papel del enamorado incauto con faltas de ortografía y redacción.
Me esperaba lo peor. Avancé a pasos que primero fueron apresurados, como queriendo llegar antes de que la maestra comenzara a leer la hoja y arrebatarla de sus manos para que no se escuchara lo que estúpidamente yo mismo condené a callar; pero después los pasos fueron lentos, sabido de antemano que no podría hacer nada y evitar que lo leyera. Y eso fue lo que ella hizo. Leyó en silencio y al terminar de hacerlo levantó la mirada mientras yo esperaba que comenzara a leerlo ahora en voz alta para que todo el mundo se enterara de mi secreto. Pero algo extraño sucedió. Antes de que yo llegara a la maestra, en voz alta como para que todos lo oyeran me preguntó: -¿Tú escribiste esto?- Sí- fue lo único que atiné a contestar. Después, con una voz queda murmuró justo cuando estuve frente a ella: -Qué bonito escribes… a mí me hubiera gustado que un novio me hubiera escrito como tú le escribes a ella. Sigue escribiendo, lo haces bien, de verdad-.
Palabras más, palabras menos, eso fue lo que sucedió. No me preguntes amigo lector qué decía el dichoso papelito descubierto, hace ya bastantes años que se extravió en el tiempo y para quien fue escrito ni siquiera recuerdo si lo habrá leído, a fuerza de decir verdad. Lo que si es necesario decir aquí es que esa mañana de escuela descubrí que los maestros, a veces involuntariamente, pueden hacernos sentir muy mal exhibiéndonos a los ojos de los demás; pero también están los otros, a los que unas cuantas palabras escritas con el peso del amor ingenuo de un niño de 12 ó 13 años les hacen olvidar que ellos son quienes ordenan y mandan, quienes se burlan y condenan, y tal vez los trasladen a esos momentos de su infancia y adolescencia en que quizás ellos también escribieron algo y no se atrevieron a entregarlo a quien amaban. Yo no lo sé de cierto, pero me atrevo a imaginar que por esa extraña ocasión algo se movió en el corazón de mi maestra, y por primera vez no calificó la ortografía de ese poemita escrito en una hoja de cuaderno. Quizá se vio un poco reflejada en lo que ahí estaba escrito y fue por eso que su sonrisa y su comentario fueron una hermosa palmadita a mi espíritu, lo suficientemente firme y motivante, a grado tal que hoy, después de tantos años continúo escribiendo sobre las mismas cosas, recordando los mismos nombres, pensando en que aún sobran palabras que aguardan a que me atreva como hoy a compartirlas y dejarlas que nazcan, porque si hace treinta años no me permití dejarlas salir, hoy aún estoy a tiempo compartirlas con la gente que amo, con aquellos que son para mí importantes; en pocas palabras, para personas como Tú que me brindan amablemente un tiempo de su vida y me privilegian leyendo el recuerdo de esa infancia compartida que es un libro abierto, para tratar de entender mis días y mis años a través de estas historias que hoy, por decreto, prometo escribir para que no se olviden jamás…

Javier Ruiz Paredes.

jueves, 25 de noviembre de 2010

I´ve Jus Seen a Face




I've just seen a face,
I can't forget the time or place
Where we just meet.
She's just the girl for me
And want all the world to see
We've met, mmm-mmm-mmm-m'mmm-mmm.
Had it been another day
I might have looked the other way
And I'd have never been aware.
But as it is I'll dream of her
Tonight, di-di-di-di'n'di.
Falling, yes I am falling,
And she keeps calling
Me back again.
I have never known
The like of this, I've been alone
And I have missed things
And kept out of sight
But other girls were never quite
Like this, da-da-n'da-da'n'da.
Falling, yes I am falling,
And she keeps calling
Me back again.
Falling, yes I am falling,
And she keeps calling
Me back again.
I've just seen a face,
I can't forget the time or place
Where we just meet.
She's just the girl for me
And want all the world to see
We've met, mmm-mmm-mmm-da-da-da.
Falling, yes I am falling,
And she keeps calling
Me back again.
Falling, yes I am falling,
And she keeps calling
Me back again.
Oh, falling, yes I am falling,
And she keeps calling
Me back again.




Acabo de ver un rostro
No puedo olvidar el momento y el lugar en que nos conocimos
Ella es la chica que yo necesito
Y quiero que el mundo sepa que nos hemos encontrado

Si hubiera sido otro día
Quizá hubiese mirado hacia otro lado
Y nunca me habría dado cuenta
Pero así esta noche soñaré con ella

Enamorándome, sí, estoy enamorándome
Y ella sigue llamándome

Jamás he conocido nada parecido
He estado solo
Me he perdido cosas y he estado oculto
Pues las otras chicas no eran como ésta

Enamorándome,sí, estoy enamorándome
Y ella sigue llamándome

Acabo de ver un rostro
No olvidaré el momento y el lugar en que nos conocimos
Ella es la chica que yo necesito
Y quiero que el mundo sepa que nos hemos encontrado

Enamorándome, sí, estoy enamorándome
Y ella sigue llamándome.

Enamorándome, sí, estoy enamorándome
Y ella sigue llamándome.

Enamorándome, sí, estoy enamorándome
Y ella sigue llamándome.

Desnudarse



Desnudarse va mas allá de despojarse de cada una de las prendas que nos cubren el maltratado y alicaído cuerpo. Es, sin temor a equivocarse, derribar con cada botón que se separa de su prisión una muralla de prejuicios sin fundamento, es bajar al mismo ritmo la cremallera de los complejos, mientras vemos que algo sensual existe y se desparrama en ese territorio descalzo que es el cuerpo desnudo. En otras palabras, desnudarse es abrir las rutas del deseo reprimido, es atreverse y exponer cada palmo de piel sin que por ello ronde en nuestras mentes las eternas preguntas que inundan la mente de los inseguros e insatisfechos: ¿Cómo me veo? Y los demás, al verme… ¿Qué dirán?
Andar desnudos es dejar que broten nuestras temidas calamidades convertidas en lujuria, es darse el gusto de mostrarse así, sin nada que ocultar; es la forma más honesta de decir: “Sí, este soy yo, les muestro mis rincones más profundos, les ofrezco los brotes de mi cuerpo para que les palpen, les entrego una imagen así, portentosa, del extraño retazo de cuerpo que algún dios infame me regaló… Estos son los pliegues que he trazado, recórranlos; estas son las venas que me inundan de vida, siéntanlas… Estas son mis manos y mi pecho, mis piernas y mis brazos, mi pubis que se hunde en la espera de algo que no sabe si algún día llegará… He aquí la geografía exacta de mi cuerpo que nunca muestra mapas definidos, porque sus montes y sus valles cambian constantemente: crecen, se ensanchan, de repente se achican y vuelven a crecer, florecen indefinidamente aún cuando les poden de manera regular; sus volcanes apagados en otros tiempos fueron fuego y erupción, magma de cera tibia que sin ningún recato brotaba y se regaba para llenar cuencas ajenas y húmedas cuando los días de placer eran vastos y mejores”.
No basta desnudarse de cuerpo entero. A veces, será necesario sólo desnudar alguna parte, así sea la más íntima y secreta, solo para advertir en la mirada del que observa cómo de reojo y con sobrado disimulo trata de penetrar en las selvas más secretas, como intentando recorrer los telones de lo obsceno únicamente para darse cuenta de que, aunque lo que se muestra ante él es lo mismo que tienen otros, quizá el secreto especial es que lo tuyo ha estado por tanto tiempo oculto que hoy, semidesnudo, adquiere una dimensión diferente, un significado que te reivindica y te hace de repente convertirte en un signo de misterio que se esconde entre el vello hirsuto y la oscuridad tambaleante de lo que ronda por lo imaginario y la sinrazón…
Sea pues, que espero que estas palabras me hayan permitido desnudarme ante tus ojos –no sin un poco de recato, al fin humano domesticado que soy- y te dejen advertir en mi cuerpo expuesto y vulnerable toda la fortaleza que anida en él, muy adentro cuando intento, palabras más, palabras menos, mostrarte sin tapujos lo que pienso y lo que día a día pretendo regalarte: simplemente lo que soy.

Javier Ruiz Paredes

miércoles, 24 de noviembre de 2010

Treinta y cinco años después…





Treinta y cinco años después, sigo compartiendo mi soledad interna con aquellas cosas esenciales para vivir. Hay suficiente espacio en la mecedora como para que quepamos dos. El mullido cojín del asiento deja descansar mi agotado cuerpo y al lado mío reposa, bajo el cobijo de un abrazo reumático, el fantasma de la obsesión.
Mira, la ausencia de dentadura original no ha sido obstáculo para seguir hablando, sólo que al paso de los años ya aprendí que el ímpetu no necesariamente se convierte en razón. Mi hablar es ahora más pausado por necesidad, no porque yo lo quiera así. He descubierto que de tanto seguir intentando ser vehemente, en ocasiones el aire de la respiración se escapa, me deja sin aliento la locura y a punto de la asfixia de mi vejez, me invade una fiebre que no he podido después de bastante tiempo controlar.
Apenas y escribo, creo que entiendes el por qué… Las manos siguen en su lugar, los sentimientos difícilmente se pierden, pero debo aceptar que el temblor en los dedos, añejos cómplices de cartas y poemas, son una prueba clara de que la vida se escapa, se diluye con facilidad. Sin embargo, hoy la bufanda alrededor de mi cuello y el pesado abrigo de lana que encorva más mi delgado cuerpo no logran quitarme este frío que cala en lo más profundo del alma. Ni la calefacción eléctrica ni las vaporizaciones alivian las deplorables condiciones de este quejumbroso anciano en que me he convertido, de verdad.
Apuro el último trago del té naturista que me recomendó el doctor y mientras lo hago, extraño el sabor del café matutino y el aroma de un cigarro de tabaco oscuro que eran parte de mis antiguas costumbres, de mi eterno ritual. Mientras pasa por mi garganta el líquido tibio, me imagino que así de lento y pausado es el transito de mi sangre por las venas y arterias de un cuerpo atacado por el colesterol y achacoso de tos perpetua, herencia recibida con justicia para mi espíritu de fumador.
Un té.
Sólo un té para una boca callada que de pronto recuerda otros sabores, distintos aromas que no son alimento del cuerpo, sino nutrimento para una imagen de nostalgia que en estos años de nostalgia no he podido averiguar dónde se hallará. Es duro reconocer que hay un secreto callado a más de tres décadas de distancia, mismo que no sabría cómo explicar hoy a quienes me acompañan en este territorio más cercano a la muerte que a la esperanza de envejecer, preferentemente acompañado de la eternamente inalcanzable felicidad.
Mientras revivo instantes frescos para un presente incierto que no se sabe cuántos días durará, sonrío porque he vuelto a ser infiel, al menos de pensamiento, al recordar con regocijo el nombre de ese recuerdo de locuras que nunca imaginé enfrentar.

¿Dónde andarás?
No quiero acordarme de despedidas infructuosas. –“Llueve, truene o relampaguee, el final tendrá que llegar”-, solías decirme, lo recuerdo ya. Y en efecto, han llovido tantas tormentas en nuestras vidas que al menos yo he aprendido a sumergirme en la profundidad de las añoranzas sin ahogarme, aún sin haber aprendido a nadar. ¿Recuerdas? Nunca creíste que no sabía nadar. Y sin embargo, tampoco nunca te percataste que disfrutaba navegar en tus palabras, que gozaba como nadie viendo mi rostro reflejado en tu brillante mirada que, de vez en vez, me colmaba de absoluta claridad. ¿Sabes? Mi mente trae en este instante muchas otras cosas más. Por ejemplo, cierto día que estuve enfermo de gripe, me sugeriste un té para aliviar mi malestar. ¡Qué pésima muestra de amor la mía, que treinta y cinco años después me lo vengo a tomar! Y no por convencimiento pleno de amistad, sino por mandato de un médico que más que aliviarme me acabará de matar.
A estas alturas de nuestras vidas lo único que truenan son los huesos en cada paso que uno da. Aunque viendo las cosas en retrospectiva y con calma, todavía escucho el crujir de las hojas secas por un sendero que caminamos cierta noche juntos, tomados tímidamente de las manos, sí, esa noche del primer beso cobijado con el manto de la oscuridad. Hoy, esa avenida ni siquiera existe como era en esos días, porque ha sido transformada y mancillada en aras de la posmodernidad. Ahora que lo pienso, sería adecuado acompañar estos recuerdos imborrables y silenciosos, siempre callados, escuchando ese viejo disco de Aute que tendré que desempolvar. Es curioso, pero esa música ya no la escuchaba desde ese lejano día en que decidimos que ya no había más por dónde avanzar. Me pregunto ahora: ¿Cómo es que hemos sobrevivido a tantos recuerdos, si ese día de despedidas húmedas y lluvias saladas comprendimos que esa decisión era lago difícil de soportar? Bien dicen que el tiempo todo lo cura, pero si esto es verdad, no comprendo por qué ahora, justo en este momento de recuerdos me aqueja un extraño dolor que me inunda de ganas de llorar.
Bien. Todo está bien…
Digo que está bien porque finalmente hemos sobrevivido en varios sentidos. Primeramente, quién diría que llegaríamos a pensarnos uno al otro a esta edad francamente precaria. Bueno, digo pensarnos porque nada le agradaría más a este tierno y encantador anciano que saber que tú, en esos ratos en que los nietos no retozan en tus rodillas, o tu alergia al jugo de naranja matinal no te molesta más, tal vez te dediques a escombrar como yo el baúl de los recuerdos, mientras te ríes al leer los textos cargados de locura que solía inventar. Únicamente para ti. ¿Acaso los conservas? Y si es así, ¿dónde los ocultas? Después de bastante tiempo sin leerlos, ¿qué me podrías hoy comentar? Mírame aquí, desperdiciando mis últimos segundos en este mundo solitario pensando en ti, sin saber siquiera dónde estás, con quién vives, cuántos de tus sueños se volvieron realidad.
Realidad. Siempre la maldita realidad…
Lo que es real es que en esta tarde somnolienta un dulce sueño me ha hecho traerte con gran facilidad. Una gran ventaja, al menos para mí, tiene todo esto. Sigo espantándome cada vez que me miro por las mañanas en el espejo, porque debo confesarte que de aquellas canas ya no queda nada; hoy por hoy ya comienzo a creerme de mente brillante, pues la falta de pelo le ha dado lustre a mi peculiar personalidad. En cambio, la despedida de aquel día se llevó otras cosas, aunque al menos una la guardé para siempre: la dulce imagen de quien miró mis deseos y anhelos con ojos de honestidad. Esa fotografía mental, pequeña -¿recuerdas? En ocasiones así te decía…-, la he guardado en el corazón, y créeme que ni siquiera los tres infartos acumulados la han podido expulsar. Decenas de radiografías, angiogramas y electrocardiogramas me han puesto desnudo ante las miradas atónitas de enfermeras y galenos, quienes no han atinado a descifrar hasta el día de hoy cuáles son las verdaderas causas de este malestar vetusto que me encoge el corazón con gran pesar.
Más allá de cualquier prescripción médica y de electroshocks que descargan en mi pecho pero que únicamente dañan la corteza de mi deteriorada edad, muy por dentro me sonrío de pensar que les he estado tomando el pelo todo este tiempo, pues yo mismo, aún a pesar de mi avanzada vejez, sé bien cómo mejorarme, conozco el camino para que esa última reserva del tanque que me dejaste años atrás sea apenas suficiente para sentirme mejor delo que estoy en verdad.
La respuesta es simple.
Hoy y siempre como hace treinta y cinco años, con sólo pensarte me has inyectado una alegría indescriptible que rejuvenece mi piel arrugada, dejando que sin recato muestre la dentadura postiza revelada en sonora carcajada que despierta, al igual que hace mucho tiempo atrás, una ligera sospecha que hace a alguien preguntar:
-Y ahora, ¿de qué te ríes tú?
(Mi mirada sigue perdida, la sonrisa bien puesta en el horizonte del recuerdo que te ha traído hasta aquí, justo a mi lado)
-¡Ay, como siempre! ¡Metido en tus cosas que desde cuando debiste tirar!
(Comienzo a guardar aquello que llaman “tus cosas”, pero que en términos prácticos yo nombro “mi vida muy particular”)
-Javier, ¿es que no te has percatado que esos papeles son ya inservibles? ¿Por qué no te deshaces de ellos de una buena vez, ahora que todavía tienes tiempo para hacerlo?
(Mientras comienzo a refunfuñar como buen abuelo, me detengo un instante a pensar lo que me han dicho y me pregunto: ¿acaso eso de “todavía tienes tiempo para hacerlo” significa “lo poco de vida que te queda por dar”?)
Bueno, si esa fue la intención lo agradezco, porque nunca me arrepentiré de mi forma de vivir, mucho menos de mis necesidades y motivos por los cuales me desgasté infructuosamente; pero por encima de todo, nunca me arrepentiré de aquellas pequeñas cosas que nacieron el día que te conocí, hace exactamente treinta y cinco años. Tampoco podré olvidar, por supuesto, esa mirada dulce, la sonrisa alegre que de vez en vez me esperaba en una mesa hoy abandonada; mucho menos dejar en el pasado la sensación de aquellas manos que hoy cuánto disfrutaría me acariciaran nuevamente como lo hicieron en esos bellos instantes de soledad compartida.
En estos momentos ya es de noche. He desperdiciado algunos instantes escuchando simples regaños, pero hay algo que nadie me podrá quitar. Esta noche, aquel extraño insomnio estoy seguro habrá de llegar. Pasaré mi última noche en vela, pensando en zorros y príncipes, en sirenas encantadas y canciones escritas al calor de la ansiedad. Y en el paso lento de la noche, compartiré seguramente contigo, en la distancia de los cuerpos y los besos apagados, un viejo boleto de concierto que pueda durar toda la eternidad. Lo único que lamento es que mi último viaje no será, como alguna vez te lo propuse, con un asiento compartido contigo y mucho menos para recorrer uno, dos o tres caminos distintos. Pero no importa. Aunque ya mi fría amiga tenga para mí otro boleto, la muerte esta noche sabrá esperar.
Después de todo a ella, estoy seguro, también la terminaré de enamorar…

Javier Ruiz Paredes

jueves, 11 de noviembre de 2010

POEMA DE AMOR/GALERNA



Galerna:

"Temporal súbito y viento intenso que azota el mar y sus costas,
generalmente en temporadas de primavera y otoño;
aparece en días calurosos y apacibles trayendo consigo
un descenso de la temperatura, acompañado de cortas pero intensas lluvias".



Voces distantes que sueltan conjuros,
Ecos lejanos que evocan lo que sólo se puede soñar,
Travesía de palabras que naufragan en el olvido
En la búsqueda de un atajo que las lleves hasta tu altar…
En el rito cotidiano de los días
Se celebra un reencuentro en soledad:
Tu poema que se escurre entre mis dedos
Y mi alma que se atreve a navegar;
En la vasta inmensidad de los renglones
Se decanta el verbo firme que me das
Para hacer en la borrasca algún velero
Que se meza en los vaivenes de humedad…

Es por eso que en las noches de galerna
-Soy gaviota-
Vuelo libre, busco nidos, surco el mar
Para ver si en la cubierta de tus naves
Hay un hueco en el que pueda descansar…
Sujeto al timón de días inmensos
Tierra firme es lo que busco en mi interior
Para ver si en ese oculto recoveco
Cabes tú
-Sirena amiga-
Cuerpo de ola y tempestad.

Es tu playa a la que arribo un buen refugio
Donde bebo manantiales sin temor,
Mientras alzo con la arena tu figura
Que se yergue,
Me da sombra,
Es protección.
Vastedades que se ensanchan si me miras,
Oquedades que se colman de color
Si al mover mi fiel pincel de aguamarina
Surge un trazo,
Surge un rostro,
Surges tú…

Soy un ave inmigrante en su derrota
Por hallar su isla fértil bajo el sol.
Soy la vida que se escurre
-Gota a gota-
Cuando abundan las ausencias y un adiós;
Hoy no dejes que a la arena se la lleve
La marea de una tarde con dolor;
Ve y construye con palabras una balsa,
Sube a ella y navega sin temor.
Porque siempre que te sientas desolada
Hay un faro que ilumina más que el sol:
Es mi estrella que te aguarda impaciente,
Es la luz que se desata en ciertas noches
Cuando escribo este poema con amor...
Javier Ruiz Paredes

lunes, 8 de noviembre de 2010

EL ULTIMO DE LA FILA - LAPIZ Y TINTA




Tela, cinta, otra vez a empezar.
Lápiz, tinta, y al paisaje a robar.
Y al placer de reencontrar
el limbo de un tiempo que se nos va.
Libro, nube, ese es mi descanso.
Árbol, fuente, cada vez que despierto.
Ser durmiente. En la espuma de un antojo camuflarse.
Para completa inocencia,
en las calderas del sueño divagar.
Que los días se van, río son.
Ahora quiero sentir, caminar.
Ahora quiero pintar, percibir
el color de esa flor que se marchitará.
Pinto, verdes parajes de belleza desolada,
vivo lo efímero y su valor.
Bebo, apuro desperdicios de mi vida,
me recojo en la templanza de la tregua que me da
la anestesia del recuerdo.
Que los días se van, río son,
ahora quiero sentir, caminar,
ahora quiero pintar, percibir
el verano fugaz que ya se nos va.
Lápiz, tinta, y al placer de reencontrar.

Astronomía Razonada (1993)
El Último de la Fila

jueves, 4 de noviembre de 2010