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lunes, 29 de noviembre de 2010

Me gusta navegar en las palabras






Me gusta navegar en las palabras, lo mismo que en los sueños.
Desde niño me he visto imposibilitado por decir con mucha claridad lo que pienso y siento. Tal vez será por eso que en cada acto trascendental de mi existencia he desperdiciado innumerables noches sumido en el insomnio, intentando imaginar el escenario ideal, buscando en el cúmulo de frases y clichés aquellas que fueran las más precisas para expresarle a quien fuera lo que quería decir. Mentalmente ensayaba una y otra vez el encuentro o el momento por ocurrir, meditaba bien el gesto pertinente, la mirada y las palabras, hasta que una vez convencido de que la escena estaba debidamente armada, me dormía esperando la llegada de la mañana siguiente… únicamente para que justo en el momento preciso el titubeo me traicionara, el sudor de manos me delatara y simplemente terminara cayendo y callando…
Muchos de los momentos trascendentales de mi existencia fueron portentos de dicha, felicidad, firmeza y determinación, pero sólo en mi imaginación. Debo admitir que mi incapacidad expresiva me ha llevado a muchas confusiones, a alejamientos que tuvieron su origen en mi enorme miedo a decir con claridad lo que siento y lo que pienso, o simplemente a manifestarme con toda honestidad sin sentir que por ello ganaba o perdía. Ahora en retrospectiva, debo reconocer que mi niñez y adolescencia fue hermosa no por todo lo que fui capaz de hacer, decir u ofrecer, sino por la infinita paciencia de todos aquellos y aquellas que me rodearon, que con una simple sonrisa supieron hacerme saber lo que significaba yo para ellos. También porque supieron darle su justa importancia a mis dichos y mis silencios, tantas veces prolongados, injustificados, pero siempre ahí presentes.
Será por ello que busqué desde pequeño formas más íntimas y personales de poder decir lo que pienso. Sumido en las soledades de una habitación recuerdo haber escrito infinidad de pensamientos. De tal forma que pareciera ratificarse un poco el sentido de aquella vieja canción llamada “Both sides now”, de Joni Mitchell:

Como hileras y témpanos de pelo de ángel,
Como castillos de helado en el aire;
Como cañones de plumas por todas partes.
He visto a las nubes de ese modo.


Pero ahora no hacen más que cubrir el sol;
Llueven y nievan sobre todo.
Hay tanto que habría podido hacer,
Pero una nube me lo impidió.


Ya he visto a las nubes desde ambos lados
De arriba, de abajo,
Y, sin embargo, de algún modo,
Son sólo ilusiones de nubes las que recuerdo.
En realidad, no sé nada de las nubes.


Lunas y junios y ruedas de Chicago;
Ese mareo danzante que se siente
Mientras el cuento de hadas se va haciendo realidad.
He visto al amor de ese modo.

Pero ahora, no es más que un espectáculo.
Se quedan riendo mientras te alejas,
Y, si te duele, que no lo sepan;
No te delates…

Ya he visto al amor desde ambos lados,
Desde el dar hasta el recibir
Y, sin embargo, de algún modo,
Son sólo ilusiones de amor las que recuerdo.
En realidad, aún no sé nada del amor.


Lágrimas y miedo;
Sentirse orgulloso de gritar “te amo”;
Sueños y planes y muchedumbres felices.
He visto la vida de ese modo.

Pero ahora, los viejos amigos actúan raro,
Me reprueban, me dicen que he cambiado;
Bueno, algo se pierde y algo se gana
Viviendo cada día.

Ya he visto la vida desde ambos lados,
He perdido y he ganado
Y, sin embargo, de algún modo,
Son sólo ilusiones de la vida las que recuerdo.
En realidad, no sé nada de la vida.

Los momentos más trascendentes de mi vida, los recuerdos memorables, los nombres y los tiempos, los lugares y las sensaciones que me han marcado profundamente tienen su hogar en un puñado de textos garabateados en viejas hojas de papel. Podría decir sin temor a equivocarme que el anecdotario de mis emociones habita perennemente en frases escritas con distintas tintas y caligrafías, convertidos en tesoros que de repente se extravían entre los libros de mi casa, se deslizan sigilosos en cajas de cartón que de cuando en cuando hurgo curioso y melancólico, como el detective que lupa en mano busca las huellas que delaten la vida que he vivido de tiempo atrás.
No recuerdo a ciencia cierta cuándo fue que escribí algo plenamente mío, que hubiera dado a luz convencido de los dolores naturales de quien pare palabras que decantan historias y anécdotas en las que seguramente tú, amigo lector, ocupas un lugar especial. De lo que no tengo la menor duda es que a mis doce años de edad inicié el ritual de la escritura más movido por el amor a las personas que el amor a las palabras… Ahora, cuarenta y dos años después, muchas personas han quebrantado la promesa idílica del amor eterno; a otras tantas mi inconsistencia frecuente o tal vez mi incapacidad por ser lo que los demás esperan de mí han terminado alejándolas sin explicación alguna… pero de algo estoy seguro: el amor por las palabras sigue ahí, se profundiza y renueva votos de fidelidad en tanto el corazón siga latiendo por las presencias y las ausencias, por lo que ha sido, pero también por lo que pudo ser y finalmente no fue. En fin, que el prodigio de la palabra escrita me enamora y me ata; me ayuda a sobrevivir cuando muchas veces la escritura es lo único que te ayuda a salir de esa encrucijada que es la vida misma, cuando te sientes entre la espada y la pared. Yo, cuando esto ocurre, prefiero decir que estoy entre la pluma y el papel.
A los doce años qué tanto puedes decir. La escuela y sus procedimientos castrantes te limitan; educarse en esos tiempos como en los actuales obligaba a asumir que el bozal de las expresiones debía ceñirse a las reglas absurdas que muchas veces los maestros te imponían. Ni qué imaginar que pudiera ocurrir algo maravilloso como permitirte hablar con la libertad de un caballo galopante en las praderas; mucho menos pensar que en los escritos escolares podrías encontrar el pretexto necesario para cubrir con frases exactas el descobijo de un huérfano de respuestas abandonado en el insomnio nocturno que atosiga cuando crees que el mundo es duro contigo, que nadie te comprende, que es difícil crecer en el páramo de la soledad… a menos que llegue el amor, que es el bálsamo que al principio lo cura todo, la rama extendida que te saca del atolladero existencial en que de niños y adolescentes nos encanta masoquistamente estar.
Por amor fue que una vez me atreví a escribir mi primer poema. Y, claro, como bien deduces se lo dediqué a Ella. Fue ese momento prodigioso el que me hizo esforzarme porque la letra se viera bien. Ensayar la caligrafía fue para mí un verdadero acto de amor. Pero la creatividad no siempre me acompañaba, así que a falta de musas etéreas procuraba alimentar la vena poética escuchando bellas canciones de Joan Manuel Serrat. Y así, poco a poco, desarrollé algunas estrategias para ir dándole acomodo a los sentimientos a través de la palabra escrita, montando las palabras en el ritmo de una canción. Lo demás vino solo, fue algo como simplemente dejarse llevar…
Los papeles se acumulaban porque mientras hubiera palabras desbordadas era posible hilar poemas, tejer sentimientos y bordar los textos en cualquier hoja de cuaderno. Tantas cosas escritas terminan por salirse de su refugio, reclaman impacientes la voz que les de vida, porque un texto escrito a fuego no merece quedarse sumido en el fondo oscuro del silencio, es pertinente darle un tiempo y una voz para que decante su origen y su razón. Quizá por eso fue que un día en Clase de Español, la maestra Imelda Luna solicitó nuestros cuadernos para revisar algún trabajo. Uno a uno fuimos pasando a dejarlos abiertos de par en par, de la misma manera en que se abren las puertas y las ventanas de la casa a un amigo y dejamos que se sienta a gusto en eso que llamamos nuestro hogar. Y es que eso era efectivamente ese cuaderno de Español: era hogar de mis hojas sueltas y huidizas que fueron escritas para ella pero que siempre terminaban dobladas a la espera de que llegara el día en que me atreviera a enviarlas de manera puntual. El caso fue que la maestra revisó cada cuaderno apilado en su escritorio, y conforme iba cumpliendo con su obligación de calificar nos iba nombrando para que pasáramos a recibirlo de manos de ella. Todo eso para mí era rutinario, sabía que era el protocolo cotidiano de su clase… salvo que ese día ella fue la primera que descubrió lo que mi cuaderno ocultaba y me lo hizo notar.

-Ruiz Paredes… pasa por tu cuaderno- Seguramente eso fue lo primero que la maestra pronunció. Y mientras iba levantándolo de su escritorio, una hoja doblada en dos se deslizó de su interior, rompió la modorra en la que se sumerge lo que se cansa de esperar y cayó al piso. Mientras iba caminando hacia la maestra, miré con angustia que algo estaba a punto de delatar mis sentimientos. No era la primera vez que esto ocurría con alguno de nosotros. Los maestros en la clase siempre estaban como cazadores furtivos esperando atrapar a la presa que no era más que un pedacito de papel que circulaba de mano en mano. Si alguno de ellos tenía suerte y el arponazo de la vista detectaba ese correo escrito, lo confiscaba y después de leerlo en silencio lo compartía con los demás usando para ello un tono de sorna y mofa cuya única intención era humillarte ante los demás. Eso bastaba para que entre clase y clase o en los recesos de toda una larga semana los compañeros te hirieran con sus bromas y sus burlas, el tiempo suficiente hasta que otro inocente dejara caer en manos del enemigo otro papelito inocente y te sustituyera felizmente en el papel del enamorado incauto con faltas de ortografía y redacción.
Me esperaba lo peor. Avancé a pasos que primero fueron apresurados, como queriendo llegar antes de que la maestra comenzara a leer la hoja y arrebatarla de sus manos para que no se escuchara lo que estúpidamente yo mismo condené a callar; pero después los pasos fueron lentos, sabido de antemano que no podría hacer nada y evitar que lo leyera. Y eso fue lo que ella hizo. Leyó en silencio y al terminar de hacerlo levantó la mirada mientras yo esperaba que comenzara a leerlo ahora en voz alta para que todo el mundo se enterara de mi secreto. Pero algo extraño sucedió. Antes de que yo llegara a la maestra, en voz alta como para que todos lo oyeran me preguntó: -¿Tú escribiste esto?- Sí- fue lo único que atiné a contestar. Después, con una voz queda murmuró justo cuando estuve frente a ella: -Qué bonito escribes… a mí me hubiera gustado que un novio me hubiera escrito como tú le escribes a ella. Sigue escribiendo, lo haces bien, de verdad-.
Palabras más, palabras menos, eso fue lo que sucedió. No me preguntes amigo lector qué decía el dichoso papelito descubierto, hace ya bastantes años que se extravió en el tiempo y para quien fue escrito ni siquiera recuerdo si lo habrá leído, a fuerza de decir verdad. Lo que si es necesario decir aquí es que esa mañana de escuela descubrí que los maestros, a veces involuntariamente, pueden hacernos sentir muy mal exhibiéndonos a los ojos de los demás; pero también están los otros, a los que unas cuantas palabras escritas con el peso del amor ingenuo de un niño de 12 ó 13 años les hacen olvidar que ellos son quienes ordenan y mandan, quienes se burlan y condenan, y tal vez los trasladen a esos momentos de su infancia y adolescencia en que quizás ellos también escribieron algo y no se atrevieron a entregarlo a quien amaban. Yo no lo sé de cierto, pero me atrevo a imaginar que por esa extraña ocasión algo se movió en el corazón de mi maestra, y por primera vez no calificó la ortografía de ese poemita escrito en una hoja de cuaderno. Quizá se vio un poco reflejada en lo que ahí estaba escrito y fue por eso que su sonrisa y su comentario fueron una hermosa palmadita a mi espíritu, lo suficientemente firme y motivante, a grado tal que hoy, después de tantos años continúo escribiendo sobre las mismas cosas, recordando los mismos nombres, pensando en que aún sobran palabras que aguardan a que me atreva como hoy a compartirlas y dejarlas que nazcan, porque si hace treinta años no me permití dejarlas salir, hoy aún estoy a tiempo compartirlas con la gente que amo, con aquellos que son para mí importantes; en pocas palabras, para personas como Tú que me brindan amablemente un tiempo de su vida y me privilegian leyendo el recuerdo de esa infancia compartida que es un libro abierto, para tratar de entender mis días y mis años a través de estas historias que hoy, por decreto, prometo escribir para que no se olviden jamás…

Javier Ruiz Paredes.

lunes, 31 de mayo de 2010

Me gusta navegar en las palabras...

Me gusta navegar en las palabras, lo mismo que en los sueños.
Desde niño me he visto imposibilitado para decir con mucha claridad lo que pienso y siento. Tal vez será por eso que en cada acto trascendental de mi existencia he desperdiciado innumerables noches sumido en el insomnio, intentando imaginar el escenario ideal, buscando en el cúmulo de frases y clichés aquellas que fueran las más precisas para expresarle a quien fuera lo que quería decir. Mentalmente ensayaba una y otra vez el encuentro o el momento por ocurrir, meditaba bien el gesto pertinente, la mirada y las palabras, hasta que una vez convencido de que la escena estaba debidamente armada, me dormía esperando la llegada de la mañana siguiente… únicamente para que justo en el momento preciso el titubeo llegara, el sudor de manos me delatara y simplemente terminara cayendo… y callando
Muchos de los momentos trascendentales de mi existencia fueron portentos de dicha, felicidad, firmeza y determinación, pero sólo en mi imaginación. Debo admitir que mi incapacidad expresiva me ha llevado a muchas confusiones, a alejamientos que tuvieron su origen en mi enorme miedo a decir con claridad lo que siento y lo que pienso, o simplemente a manifestarme con toda honestidad sin sentir que por ello ganaba o perdía. Ahora en retrospectiva, debo reconocer que mi niñez y adolescencia fue hermosa no por todo lo que fui capaz de hacer, decir u ofrecer, sino por la infinita paciencia de todos aquellos y aquellas que me rodearon, que con una simple sonrisa supieron hacerme saber lo que significaba yo para ellos. También porque supieron darle su justa importancia a mis dichos y mis silencios, tantas veces prolongados, injustificados, pero siempre ahí presentes.
Será por ello que busqué desde pequeño formas más íntimas y personales de poder decir lo que pienso. Navegando a profundidad en las soledades de una habitación, recuerdo haber escrito infinidad de pensamientos. De tal forma que pareciera ratificarse un poco el sentido de aquella vieja canción llamada “Both sides now”, de Joni Mitchell:

Como cascadas y témpanos de pelo de ángel,
Como castillos de helado en el aire;
Como cañones de plumas por todas partes.
He visto a las nubes de ese modo.


Pero ahora no hacen más que cubrir el sol;
Llueven y nievan sobre todo.
Hay tanto que habría podido hacer,
Pero una nube me lo impidió.


Ya he visto a las nubes desde ambos lados
Desde arriba, desde abajo,
Y, sin embargo, de algún modo,
Son sólo ilusiones de nubes las que recuerdo.
En realidad, no sé nada de las nubes.


Lunas y junios y ruedas de Chicago;
Ese vértigo danzante que se siente
Mientras el cuento de hadas se va haciendo realidad.
He visto al amor de ese modo.

Pero ahora, no es más que un espectáculo.
Se quedan riendo mientras te alejas,
Y, si te duele, que no lo sepan;
No te delates…

Ya he visto al amor desde ambos lados,
Desde el dar hasta el recibir
Y, sin embargo, de algún modo,
Son sólo ilusiones de amor las que recuerdo.
En realidad, aún no sé nada del amor.


Lágrimas y miedo;
Sentirse orgulloso de gritar “te amo”;
Sueños y planes y muchedumbres felices.
He visto la vida de ese modo.

Pero ahora, los viejos amigos actúan raro,
Me reprueban, me dicen que he cambiado;
Bueno, algo se pierde y algo se gana
Viviendo cada día.

Ya he visto la vida desde ambos lados,
He perdido y he ganado
Y, sin embargo, de algún modo,
Son sólo ilusiones de la vida las que recuerdo.
En realidad, no sé nada de la vida.

Los momentos más trascendentes de mi vida, los recuerdos memorables, los nombres y los tiempos, los lugares y las sensaciones que me han marcado profundamente tienen su hogar en un puñado de textos garabateados en viejas hojas de papel. Podría decir sin temor a equivocarme que el anecdotario de mis emociones habita perennemente en frases escritas con distintas tintas y grafías, convertidos en tesoros que de repente se extravían entre los libros de mi casa, se deslizan sigilosos en cajas de cartón que de cuando en cuando hurgo, curioso y melancólico, como el detective que lupa en mano busca las huellas que delaten la vida que ha permanecida oculta, agazapada de tiempo atrás.
No recuerdo a ciencia cierta cuándo fue que escribí algo que fuera plenamente mío, que hubiera dado a luz convencido de los dolores naturales de quien pare palabras que decantan historias y anécdotas en las que seguramente tú, amigo lector, ocupas un lugar especial. De lo que no tengo la menor duda es que a mis doce años de edad inicié el ritual de la escritura más movido por el amor a las personas que el amor a las palabras… Ahora, cuarenta y un años después, muchas personas han quebrantado la promesa idílica del amor eterno; a otras tantas mi inconsistencia frecuente o tal vez mi incapacidad por ser lo que los demás esperan de mí han terminado alejándolas sin explicación alguna… pero de algo estoy seguro: el amor por las palabras sigue ahí, se profundiza y renueva votos de fidelidad en tanto el corazón siga latiendo por las presencias y las ausencias, por lo que ha sido, pero también por lo que pudo ser y finalmente no fue. En fin, que el prodigio de la palabra escrita me enamora y me ata; me ayuda a sobrevivir cuando muchas veces la escritura es lo único que te ayuda a salir de esa encrucijada que es la vida misma, cuando te sientes entre la espada y la pared. Yo, cuando esto ocurre, prefiero decir que estoy entre la pluma y el papel.
A los doce años qué tanto puedes decir. La escuela y sus procedimientos castrantes te limitan; educarse en esos tiempos como en los actuales obligaba a asumir que el bozal de las expresiones debía ceñirse a las reglas absurdas que muchas veces los maestros te imponían. Ni qué imaginar que pudiera ocurrir algo maravilloso como permitirte hablar con la libertad de un caballo galopante en las praderas; mucho menos pensar que en los escritos escolares podrías encontrar el pretexto necesario para cubrir con frases exactas el descobijo de un huérfano de respuestas, abandonado en el insomnio nocturno que atosiga cuando crees que el mundo es duro contigo, que nadie te comprende, que es difícil crecer en el páramo de la soledad… a menos que llegue el amor, que es el bálsamo que al principio lo cura todo, la rama extendida que te saca del atolladero existencial en que de niños y adolescentes nos encanta masoquistamente estar.
Por amor fue que una vez me atreví a escribir mi primer poema. Y, claro, como bien deduces se lo dediqué a Ella. Fue ese momento prodigioso el que me hizo esforzarme porque la letra se viera bien. Ensayar la caligrafía fue para mí un verdadero acto de amor. Pero la creatividad no siempre me acompañaba, así que a falta de musas etéreas procuraba alimentar la vena poética escuchando bellas canciones de Joan Manuel Serrat. Y así, poco a poco, desarrollé algunas estrategias para ir dándole acomodo a los sentimientos a través de la palabra escrita, montando las palabras en el ritmo de una canción. Lo demás vino solo, fue algo como simplemente dejarse llevar…
Los papeles se acumulaban porque mientras hubiera palabras desbordadas era posible hilar poemas, tejer sentimientos y bordar los textos en cualquier hoja de cuaderno. Tantas cosas escritas terminan por salirse de su refugio, reclaman impacientes la voz que les de vida, porque un texto escrito a fuego no merece quedarse sumido en el fondo oscuro del silencio, es pertinente darle un tiempo y una voz para que decante su origen y su razón. Quizá por eso fue que un día en Clase de Español, la maestra Imelda Luna solicitó nuestros cuadernos para revisar algún trabajo. Uno a uno fuimos pasando a dejarlos abiertos de par en par, de la misma manera en que se abren las puertas y las ventanas de la casa a un amigo y dejamos que se sienta a gusto en eso que llamamos nuestro hogar. Y es que eso era efectivamente ese cuaderno de Español: era hogar de mis hojas sueltas y huidizas que fueron escritas para Ella, pero que siempre terminaban dobladas a la espera de que llegara el día en que me atreviera a enviarlas de manera puntual. El caso fue que la maestra revisó cada cuaderno apilado en su escritorio, y conforme iba cumpliendo con su obligación de calificar nos iba nombrando para que pasáramos a recibirlo de manos de ella. Todo eso para mí era rutinario, sabía que era el protocolo cotidiano de su clase… salvo que ese día la maestra fue la primera que descubrió lo que mi cuaderno ocultaba y me lo hizo notar.

-Ruiz Paredes… pasa por tu cuaderno- Seguramente eso fue lo primero que la maestra pronunció. Y mientras iba levantándolo de su escritorio, una hoja doblada en dos se deslizó de su interior, rompió la modorra en la que se sumerge lo que se cansa de esperar y cayó al piso. Mientras iba caminando hacia la maestra, miré con angustia que algo estaba a punto de delatar mis sentimientos. No era la primera vez que esto ocurría con alguno de nosotros. Los maestros en la clase siempre estaban como cazadores furtivos esperando atrapar a la presa que no era más que un pedacito de papel que circulaba de mano en mano. Si alguno de ellos tenía suerte y el arponazo de la vista detectaba ese correo escrito, lo confiscaba y después de leerlo en silencio lo compartía con los demás usando para ello un tono de sorna y mofa cuya única intención era humillarte ante los compañeros de grupo... Eso bastaba para que entre clase y clase o en los recesos de toda una larga semana los compañeros te hirieran con sus bromas y sus burlas, el tiempo suficiente hasta que otro inocente dejara caer en manos del enemigo otro papelito inocente y te sustituyera felizmente en el papel del enamorado incauto con faltas de ortografía y redacción.
Me esperaba lo peor. Avancé a pasos que primero fueron apresurados, como queriendo llegar antes de que la maestra comenzara a leer la hoja y arrebatarla de sus manos para que no se escuchara lo que estúpidamente yo mismo condené a callar; pero después los pasos fueron lentos, sabido de antemano que no podría hacer nada y evitar que lo leyera. Y eso fue lo que ella hizo. Leyó en silencio y al terminar de hacerlo levantó la mirada mientras yo esperaba que comenzara a leerlo ahora en voz alta para que todo el mundo se enterara de mi secreto. Pero algo extraño sucedió. Antes de que yo llegara a la maestra, en voz alta como para que todos lo oyeran me preguntó: -¿Tú escribiste esto?- Sí- fue lo único que atiné a contestar. Después, con una voz queda murmuró justo cuando estuve frente a ella: -Qué bonito escribes… a mí me hubiera gustado que un novio me hubiera escrito como tú le escribes a Ella. Sigue escribiendo, lo haces bien, de verdad-.
Palabras más, palabras menos, eso fue lo que sucedió. No me preguntes amigo lector qué decía el dichoso papelito descubierto, hace ya bastantes años que se extravió en el tiempo y para quien fue escrito ni siquiera recuerdo si lo habrá leído, a fuerza de decir verdad. Lo que si es necesario decir aquí es que esa mañana de escuela descubrí que los maestros, a veces involuntariamente, pueden hacernos sentir muy mal exhibiéndonos a los ojos de los demás; pero también están los otros, a los que unas cuantas palabras escritas con el peso del amor ingenuo de un niño de 12 ó 13 años les hacen olvidar que ellos son quienes ordenan y mandan, quienes se burlan y condenan, y tal vez los trasladen a esos momentos de su infancia y adolescencia en que quizás ellos también escribieron algo y no se atrevieron a entregarlo a quien amaban. Yo no lo sé de cierto, pero me atrevo a imaginar que por esa extraña ocasión algo se movió en el corazón de mi maestra, y por primera vez no calificó la ortografía de ese poemita escrito en una hoja de cuaderno. Quizá se vio un poco reflejada en lo que ahí estaba escrito y fue por eso que su sonrisa y su comentario fueron una hermosa palmadita a mi espíritu, lo suficientemente firme y motivante, a grado tal que hoy, después de tantos años continúo escribiendo sobre las mismas cosas, recordando los mismos nombres, pensando en que aún sobran palabras que aguardan impacientes a que me atreva como hoy a compartirlas y dejarlas que nazcan, porque si hace 29 años no me permití dejarlas salir, hoy aún estoy a tiempo compartirlas con la gente que amo, con aquellos que son para mí importantes; en pocas palabras, para personas como Tú, que me brindan amablemente un tiempo de su vida y me privilegian leyendo el recuerdo de esa infancia compartida que es un libro abierto, para tratar de entender mis días y mis años a través de estas historias que hoy, por decreto, prometo escribir cuantas veces sean necesarias para que no se olviden ni mueran en silencio jamás…

Javier Ruiz Paredes.

miércoles, 18 de noviembre de 2009

Por qué escribir

POR QUÉ ESCRIBIR...

(Texto leído en la presentación de la revista “Entre maestr@s”, editada por la Unidad Pedagógica Nacional)

Hace veinte años, si es que la memoria no traiciona a los recuerdos, algunos de ellos gratos y otros no tanto, un niño incursionaba en la afanosa tarea de escribir sobre todo lo que le gustaba. Y ustedes seguramente se preguntarán: ¿Qué era aquello que tanto le agradaba? En efecto, no lo piensen más, por supuesto que lo que más le llamaba la atención eran las niñas. Quizá inspirado por esa vieja canción de Serrat que exorciza los temores del amor infantil para convertir a dos adolescentes en amantes debutantes, el muchachito de esta historia bordaba con hilos de azúcar muchísimas palabras escritas con letra suave, redonda e inclinada, con las cuales escribía cartas a su amor risueño.

Solo que, habida cuenta de las crueles costumbres que suelen tener los adultos, él se esmeraba no tanto en lo que escribía, mucho menos porque sus palabras tuvieran la claridad necesaria para expresar todo el sentimiento que embargaba su juvenil corazón enamorado. Mas bien lo que procuraba era que esas hojas recortadas de algún aburrido cuaderno escolar no cayeran en manos ni en ojos de nadie más, y mucho menos de alguno de sus queridos hermanos.

Cada vez que recibía respuesta a sus misivas, él gozaba leyendo una y otra vez los mensajes de su amada, y no eran suficientes las mañanas y las tardes para este goce íntimo, pues esa práctica la extendía a la oscuridad de su cuarto, cubierto su cuerpo con sábanas blancas a manera de escondite, y alumbrando su desvelo con la flama tenue que una vela metida de contrabando solía regalarle a su noche de ensueños. Después de culminado el ritual, aquel jovencito guardaba sus sueños de palabras nuevamente en el sobre alado de la ilusión, mientras la almohada protegía con su mullido relleno de borra aquellas cartas que sus manos se negaban a abandonar. Llegó a acumular tantas entre colchón y almohada que esta práctica críptica y oscurantista, por aquello de la velita encendida, fue su total perdición...

Cierta mañana de domingo, como aquellas en las cuales la nostalgia nos trae la pereza del despertar dominical, después de la inevitable visita a la iglesia en horario madrugador, sentados todos a la mesa del desayuno bien dispuestos a comer los típicos tamales de ese día, el muchacho estaba a punto de morder uno de dulce con pasas, cuando la voz sarcástica de su hermano resonó en el silencio amodorrado de esa mañana llamando la atención de los demás:

- ¿Malena? ¿Quién es Malena? Seguro que tu noviecita, ¿verdad? Oye, y... ¿No se aburre de leer tus cursilerías? Porque digo, eso del amor no es para tu edad, y menos escribiendo con esas horribles faltas de ortografía... ¿Te doy un consejo, hermano? Debes mejorar, seguro que debes mejorar... -

Palabras más, palabras menos, eso fue lo que al pobre le sucedió. Y después de ese instante eterno de vergüenza ante la mirada burlona de los demás, el muchacho no supo que fue lo que más le dolió: Si el sonido de la hoja de papel cuadriculado al desgarrarse en el arrebato de arrancarla de las manos del delator, o tal vez el crujido de un corazón que desgajaba en trozos su afecto por las palabras, los sentimientos, la emoción de saberse sintiendo algo diferente que los demás no alcanzaban a comprender...

La maldición parecía estar lanzada, porque en ese momento la consigna clara y estúpida parecía ser que no era correcto ponerse a escribir, y muchísimo menos de cosas tan insignificantes como aquéllas. Finalizaría esta curiosa historia diciendo que no, afortunadamente el jovencito creció, continuó escribiendo y, además de todo, estudió para ser maestro, modificando hoy en día ese destino absurdo que pocas veces alguien que padece cosas similares logra ignorar...

Porque si el destino de muchos niños hubiera sido como el propuesto en la historia con la burla de nuestros hermanos y maestros, entonces no habría en estos tiempos escritores que escribieran canciones de amor, poemas, cuentos para niños, artículos para revistas y otras cosas más en las cuales vaya el compromiso de sentirse libre y diferente de los demás...

Y es que a veces parece que es línea trazada sin posibilidad de corrección, el hecho de que los maestros solo podamos escribir usando un crayón de cera rojo, redactando recados injuriosos y vergonzantes que sonrojen al padre más desobligado o al alumno más irresponsable, o tal vez el único camino para que un docente se valore también como escritor, sea el de graduarse en esas lides escribiendo una sarta de mentiras a manera de oficios, planes de trabajo y proyectos que, he de confesarlo aquí, públicamente, muchas veces yo he perpetrado con singular destreza y originalidad...

Mas allá de ese anecdótico recuerdo que me refleja ante ustedes como ese niño enamorado y escritor que alguna vez fui, alguien me preguntaba, en referencia a la publicación de un escrito mío en esta revista que hoy se presenta, sobre qué se sentía que a uno le publicaran algo, y más cuando ese escrito iba a ser leído por maestros.

Y creo que en la respuesta siguiente está claramente silueteada la minúscula, pero muy significativa diferencia: Primeramente escribo porque es algo esencial para mí; en efecto, así como existen voces que declaran consignas en el grito de protesta, así como vive alguien escribiendo sus canciones y perfila ideales a través de ellas, así como hay muchos otros aquí en este lugar que manifiestan sueños e imágenes usando las metáforas y el don de la palabra escrita, la escritura es para mí símbolo desnudo que presenta ante ustedes, sin ningún desparpajo, la faceta más profunda de lo que uno es...

Saber cómo pienso, lo que siento y lo que en esencia es vital para mí, forman parte de las muchas causas del por qué uno escribe, y no necesariamente hacerlo para darse el lujo de formar parte de un selecto grupo de escritores que en lo fundamentales todos, y muy especialmente los maestros, deberíamos ser.

Es obvio que la experiencia me ha demostrado que no siempre se escribe con claridad y eficiencia - y espero que este texto no sea digno ejemplo de tal afirmación -, pero no considero justo tampoco que el primer tropiezo, la primera crítica o la falta de respuesta sea pretexto para abandonar esta práctica. Lo que me queda muy claro es que nunca nos podremos convertir en escritores plenos si antes no reclamamos para nosotros mismos el derecho democrático de escribir algo para ser compartido con los demás.

Saberme igual a los otros en un complejo mar de diferencias es lo que me ha provocado a comunicarme usando para ello las palabras, y esa necesidad es todavía más grande cuando lo que se escribe lleva el siguiente fin: ayudarse unos a otros, compartir diferentes puntos de vista sobre un mismo tema, verter experiencias y momentos que nos identifiquen como maestros usando para ello la palabra escrita.

Sea pues este relato anecdótico un buen paso para recordar cosas, refrescarnos la memoria y preguntarnos qué hacemos para que nuestros alumnos escriban con libertad, o mejor aún, cómo luchamos los maestros para que la escritura sea el vehículo que nos vincule con los demás, sin mayores pretensiones que la de ser un simple escritor de lo propio, porque pienso que todo aquél que escribe y lee con libertad e identidad propia se debe asumir como tal.

Finalmente, espero que de esta anécdota surjan dos cosas valiosas:

Primeramente que la lectura gozosa y reflexiva brote en cada uno de nosotros, así como en nuestros maestros, y con ello nos abra un nuevo panorama sobre nuestro trabajo, nuestras inquietudes y necesidades profesionales, en el sentido de unificar criterios sobre nuestra labor, y finalmente, que lo que algunos escribimos y que hoy aparece escrito en esta página sea un artículo de lectura -que no de fe- que ustedes cuestionen, critiquen y valoren como un excelente pretexto para escribir lo que piensan y formar parte de las personas que escriben por amor a quienes les leen y escuchan, a su trabajo, a sus ideas y compromisos y, por supuesto, por un enorme amor al arte...

Javier Ruiz Paredes
2000