Música, Literatura, textos personales, puñados de letras que se convierten en espejo que refleja un poco de lo que soy.
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jueves, 25 de noviembre de 2010
Desnudarse
Desnudarse va mas allá de despojarse de cada una de las prendas que nos cubren el maltratado y alicaído cuerpo. Es, sin temor a equivocarse, derribar con cada botón que se separa de su prisión una muralla de prejuicios sin fundamento, es bajar al mismo ritmo la cremallera de los complejos, mientras vemos que algo sensual existe y se desparrama en ese territorio descalzo que es el cuerpo desnudo. En otras palabras, desnudarse es abrir las rutas del deseo reprimido, es atreverse y exponer cada palmo de piel sin que por ello ronde en nuestras mentes las eternas preguntas que inundan la mente de los inseguros e insatisfechos: ¿Cómo me veo? Y los demás, al verme… ¿Qué dirán?
Andar desnudos es dejar que broten nuestras temidas calamidades convertidas en lujuria, es darse el gusto de mostrarse así, sin nada que ocultar; es la forma más honesta de decir: “Sí, este soy yo, les muestro mis rincones más profundos, les ofrezco los brotes de mi cuerpo para que les palpen, les entrego una imagen así, portentosa, del extraño retazo de cuerpo que algún dios infame me regaló… Estos son los pliegues que he trazado, recórranlos; estas son las venas que me inundan de vida, siéntanlas… Estas son mis manos y mi pecho, mis piernas y mis brazos, mi pubis que se hunde en la espera de algo que no sabe si algún día llegará… He aquí la geografía exacta de mi cuerpo que nunca muestra mapas definidos, porque sus montes y sus valles cambian constantemente: crecen, se ensanchan, de repente se achican y vuelven a crecer, florecen indefinidamente aún cuando les poden de manera regular; sus volcanes apagados en otros tiempos fueron fuego y erupción, magma de cera tibia que sin ningún recato brotaba y se regaba para llenar cuencas ajenas y húmedas cuando los días de placer eran vastos y mejores”.
No basta desnudarse de cuerpo entero. A veces, será necesario sólo desnudar alguna parte, así sea la más íntima y secreta, solo para advertir en la mirada del que observa cómo de reojo y con sobrado disimulo trata de penetrar en las selvas más secretas, como intentando recorrer los telones de lo obsceno únicamente para darse cuenta de que, aunque lo que se muestra ante él es lo mismo que tienen otros, quizá el secreto especial es que lo tuyo ha estado por tanto tiempo oculto que hoy, semidesnudo, adquiere una dimensión diferente, un significado que te reivindica y te hace de repente convertirte en un signo de misterio que se esconde entre el vello hirsuto y la oscuridad tambaleante de lo que ronda por lo imaginario y la sinrazón…
Sea pues, que espero que estas palabras me hayan permitido desnudarme ante tus ojos –no sin un poco de recato, al fin humano domesticado que soy- y te dejen advertir en mi cuerpo expuesto y vulnerable toda la fortaleza que anida en él, muy adentro cuando intento, palabras más, palabras menos, mostrarte sin tapujos lo que pienso y lo que día a día pretendo regalarte: simplemente lo que soy.
Javier Ruiz Paredes
jueves, 4 de noviembre de 2010
Navegar en el mar...
Resulta incomprensible navegar en el mar de las pérdidas profundas y no hallar ahí, en medio del vasto silencio que se agranda, una tabla a la cual sujetarnos, náufragos que somos de afectos, de rostros que se pierden en el adiós y que no regresarán, lamentablemente, jamás… Cientos de marineros y sirenas han sucumbido ante las olas del recuerdo, e incapaces de leer los signos de los mares han quedado convertidos sin remedio en gotas saladas que, por extraño que parezca, nunca se cansan de caer en esas noches tormentosas a manera de una extraña mezcla de lluvia y llanto que se derrama sin cesar.
Esta noche de insomnios incomprensibles, he querido tejer con mis palabras una balsa hecha de recuerdos sólo para ti; lo único que hace falta es que antes de abordarla te despojes por última vez de esos lastres innecesarios que son los arrepentimientos, los deseos incumplidos y las sensaciones de haber quedado en deuda con alguien, quizás muchos, de todos aquellos que en este crucero vertiginoso que es la vida nos acompañaron y de tiempo atrás ya no están…
No basta con poseer la balsa, abordarla y remar; en las horas nocturnas la oscuridad nos devora, ahuyenta la luz de la razón y nos hace sentir el peso de un fardo llamado realidad. Sea pues, elijamos bien el faro que sólo por hoy habrá de centellear en el horizonte, para guiarnos hasta esa playa arenosa en la que seguramente los recuerdos gratos nos esperan, nos regocijan y nos dejan en los labios una sonrisa fresca que conjura olvidos y en su lugar dispone sonrisas, tal vez besos, aquellas tiernas palabras que aún en la Ausencia siempre nos llenan los oídos con voces que creímos no volveríamos a escuchar. ¿Qué tal una vela encendida para esta noche navegable en el mar de lo que se añora? Tal vez no llevas fósforos, pero eso no es tan trascendental. Hoy derrocarás el gélido sentido de la indiferencia cotidiana y sumarás quimeras que lentamente se transformarán en el cálido recuerdo de aquellos y aquellas que, ¿no te habías dado cuenta? , siempre te han esperado para amainar tu soledad… Esta noche el calor que se perpetúa en tu memoria será fuego que encienda tu vela, candente metáfora de un par de almas que siempre brillarán para ti aún en las peores noches de soledad.
Un buen navegante requiere mapas celestes que le orienten a encontrar su Norte, porque brújula no hace falta: está bien dispuesta ahí, justo en el espacio preciso que ocupa el corazón. Ahora, será preciso desplegar cada centímetro de tu piel, tenderla ahí al pie de la balsa y dejar que cada poro se convierta en una coordenada exacta que nos permita ubicar en qué parte de nuestro cuerpo se encuentran aquellas sensaciones extraviadas:
El primer día en que sentiste el calor de los labios de tu madre cuando recién nacida juró que te cuidaría como nadie lo podría hacer jamás; la mano firme de él, tu padre, cuando en una tarde verano te hizo brincar los charcos y quitarte el miedo mientras veías a tus escasos cinco años que aquellos días eran plenos, llenos de sol y lluvia, azules y frescos como el parque donde el solía llevarte a pasear.
O tal vez, ese sentimiento de complicidad que siempre se tiene con una hermana que, indiscretamente algo escucha, pero que al verte tan radiante simplemente sonríe mientras con la mirada te dice que sabe TU secreto y a la vez te promete que sabrá guardarlo para toda la eternidad; la misma que comprende tu silencio, y que aunque no lo diga, sufre cada rompimiento como si fuera suyo y se dispone a escuchar la triste melodía que siempre oyes cuando te inundan las ganas de llorar; sí, la misma que comparte contigo algunas prendas, después del infaltable enojo porque tal vez usaste algo de ella sin permiso y después olvidaste dejarlo en su lugar …
Una vez ubicados estos puntos de tu geografía emocional, simplemente cierra los ojos, rema lentamente, no corras prisa, y deja que la barca de este sueño sea guiada suavemente por cada latido de tu corazón… No importan las mareas despiadadas, tu vela es inagotable, lo único que debes hacer es no llorar para no apagarla, además de leer con la palma de tu mano hacia dónde corre esta noche el viento, porque hoy dejará de ser calamidad para convertirse en remero infatigable que no descansará hasta llevarte a buen puerto, a esa playa donde es preciso llegar.
Aún no amanece, en lontananza el cielo y el mar se funden y el agua de este último moja tus pies descalzos, porque al fin has llegado; la balsa ha varado y tú desciendes y caminas con tu vela incandescente hasta llegar a esa roca en la que extrañamente un par de gaviotas albas han anidado, como quien rechaza vivir en el acantilado porque simboliza el precipicio y la caída de los tiempos que sepultan en el olvido los nombres y los días, los sitios y las cosas, el consuelo y la esperanza de saber que el mundo es más ancho y que llega más, mucho más allá de lo que profetas y sabios nos quieren hacer creer como si fuera la Única verdad…
Ya comienza e despuntar el sol. Ahora, ya puedes apagar la vela, porque su magia ha perdido razón de ser y la luz y el calor realmente necesarios ya los llevas dentro, están tatuados a fuego en tu alma y tu memoria y son huella indeleble que muestra sin pudor que amaste y fuiste amada por un amoroso padre y una alegre madre que de pronto despliegan las alas y se elevan dichosos, porque al fin has comprendido que la vida nunca termina, que lo único que cambian son los sitios pero siempre hay un trazo en el destino que a todos nos reúne y nos convoca, tarde o temprano, siempre en la misma playa, con el alma humedecida por la brisa marina y la cara luminosa mirando sonriente de cara al sol …
El sueño está a punto de terminar…
Antes de que esto ocurra y resulte inevitable el regreso, lanza tu red de magia danzante y atrapa con ella una hermosa estrella de mar; después, busca una imaginaria flor marina y llévala entre tus manos hasta aquella roca en la que había dos gaviotas misteriosas que nunca se marcharon porque supieron que tú ibas a llegar. Ahí, coloca una sencilla ofrenda: Una estrella de buena suerte que sea signo inequívoco de que aún en las complejidades de la vida, siempre existen cinco caminos que se abren a quien los quiera tomar; una flor marina que nos revele que la vida es un aroma tenue que siempre podremos respirar. Ah… por último, una caracola de mar. Esa no la pongas en la ofrenda, llévala contigo y colócala a escondidas debajo de tu almohada como si fuera aquel viejo secreto escrito en una carta que seguramente has de haber olvidado ya. Cuando sientas ganas de platicar con él o con ella, pégala muy bien a tu pecho, porque tu corazón sabrá decir con el ritmo de cada uno de sus latidos lo que hay dentro de ti: la alegría de saberte dichosa por tener confianza en un amor a quien esperar; el enfado por dos hijos que cuesta mucho trabajo educar; la soledad compleja de una mujer que a veces de tanto y tanto ni siquiera tiene tiempo de sentarse a respirar. Si así lo haces ellos –tu padre y tu madre- te podrán escuchar. Entonces, sólo entonces, a la noche siguiente coloca la caracola en tu oído, bien pegadita y podrás claramente la respuesta escuchar: En ese vaivén rumoroso del sonido de la caracola está el eco inagotable de un profundo amor perenne –el de ella y él- ; es la reafirmación de que no importan las distancias ni los mares o montañas como tampoco los desiertos de arena y los desiertos del alma: siempre hay alguien que nos escucha, que nos cuida y reconforta, que habita en los indescifrables misterios intangibles de la vida que se transforma, pero que nunca termina, porque terminar sería aceptar que no hay nada ni nadie mas allá…
La próxima vez que vayas a la playa, piensa en traerme una caracola marina, porque también como tú me he sentido solo y con ganas de llorar…
Javier Ruiz Paredes
martes, 15 de junio de 2010
El amor hace milagros
El amor hace milagros.
De adolescente uno se asume intrépido, osado, capaz de devorarse el mundo, golpearlo con toda la energía que la juventud nos da… a menos que sea con un bate de beisbol, porque entonces las circunstancias cambian, obligan a ser preciso, a blandir el tolete con destreza y esperar con calma el lanzamiento exacto, el adecuado para que el swing sea fructífero y de golpe mande la pelota lejos, a aquellas fronteras infinitas que sólo unos cuantos podrán, de vez en cuando, rebasar.
Uno era más bien futbolero, habitante de la calle polvosa al fin. Sería por eso que no encajaba en los rituales deportivos de los compañeros de la Escuela Secundaria N° 71, habituados a la práctica de dos deportes específicos: el futbol americano y el beisbol. Recuerdo haber ido a casa de Isidro en muchas ocasiones, motivado por las invitaciones para practicar un deporte que hasta entonces había pasado inadvertido para mí, que era el beis. Y también me recuerdo sorprendido al descubrir la generosidad de su padre al haberle dotado ni más ni menos que de todo el armamento indispensable para librar una batalla a toletazos. Guantes o manoplas de piel lo mismo de cátcher que de pitcher, o vayan a saber si de jardinero o… nunca me quedó clara la diferencia entre unas y otras, salvo la del cátcher que esa sí era más gruesa y redonda. Bates de madera y uno de aluminio, además de guantes de piel para que se tuviera el agarre suficiente al momento de batear. Toda la parafernalia necesaria estaba ahí, frente a un grupito de cuatro de quienes yo dudaba fuéramos capaces de usar todo aquel armatoste para divertirnos con libertad… El otro problema que había es que yo soy zurdo, y en consecuencia esa pequeña diferencia se convertía en problema cuando se trataba de cachar, porque obviamente nadie tenía una manopla especialmente diseñada para mí. No hubo problema, porque Isidro simplemente sugirió:
- ¿Por qué no usas ésta que es más blanda? Te la pones en la mano izquierda y ya está…
- Pero, ¿no crees que sea algo complicado?- Decía yo mientras sentía la incomodidad de usar algo “al revés” a mi condición de zurdo natural.
Puede más la pasión que todos los obstáculos, así que al rato ya estábamos sobre la calle de Copacabana, muy cerca del Parque de los Patos, lanzando de un lado para otro pelotas elevadas con la debida precaución para no estrellarla contra los parabrisas de los autos que estaban aparcados ahí. Obvio, muy divertido no era, al menos para mí, acostumbrado más al ir y venir tras de un balón desgajado, a solventar las presiones del contrario con la magia de un pie izquierdo que de vez en cuando me daba alegrías y satisfacciones en un partido callejero de futbol. Jugar beisbol implica la necesidad de espacio, un área delimitada para sentir la confianza de soltar el garrotazo pleno y a la vez contar con el campo suficiente para correr y atrapar los elevados cuando estuviera uno a la defensiva. Y así fue como algo empezó a ocurrir.
Eran sin duda muchos los compañeros que tenían guantes y bates. Recuerdo que las pelotas no eran tan caras y además había unas de marca nacional –“marca conejo, antes rabbit”, así decía la impresión en la piel de la pelota-, así que el caldo de cultivo estaba preparándose, únicamente faltaba el cocinero especializado que con su toque pudiera convocar a los comensales a tan suculento banquete deportivo. No sé cómo ocurrió, el caso fue que un día en la escuela Isidro y Arturo Farías comenzaron a reclutar jugadores, porque algo extraordinario estaba a punto de gestarse: un torneo inter-grupos de nuestra secundaria de beisbol. Y claro, por supuesto que jugué. Está de más decir que la razón no fue mi habilidad como pelotero, más bien la enorme necesidad de agregar a unos cuantos, entre ellos yo, para poder completar la novena y así dar forma al equipo. Ingrata que es la memoria, recuerdo a unos cuantos, entre ellos los ya mencionados Isidro y Arturo, además de Guillermo, David a quien apodaban “el Yogui”, y a otro compañero que vivía cerca de la casa de Claudia Liduvina, entrañable compañera de aquellos días. Tampoco recuerdo cómo se armó la competencia, y si la memoria no me traiciona se juntó una cantidad de dinero a manera de inscripción que era el premio que se entregaría a quien ganara la competición. La sede ideal era el Parque de las Flores, porque contaba con una explanada que en ese entonces se me hacía inmensa y adecuada para tal fin.
No recuerdo si fueron muchos o pocos partidos. Mucho menos contra quiénes nos tocó competir. Lo que sí recuerdo es que no falté a ninguno de los partidos, aún con mis propias limitaciones y desventajas que después comprendí que podían convertirse en virtudes. Finalmente, debo reconocer que los zurdos no abundan, y que lanzarle a un zurdo a veces resulta complicado para el pitcher… pero esa “sabiduría deportiva” me llegó mucho después. En el afán de tener un equipo competitivo, Isidro consiguió quién sabe en dónde una viejísima manopla para zurdo de color … ¿qué color era? Tan vieja era la famosa manopla que ni se podía apreciar el color original. Pero no hubo problema. Esa ausencia cromática la resolví aplicando una generosa capa de esmalte en aerosol negro, que dejo mi guante negro, brillante… y algo tieso.
Mi papel en el equipo, además de completarlo para formar la novena completa, era cumplir con la función de pitcher, claro, con las precisas indicaciones de mi manager: -“Tú sólo lanza la pelota al bateador, no te muevas y procura no estorbar”- así seguramente me habría dicho Isidro, a quien obedecí ciegamente, a decir verdad. Y creo no haber estorbado tanto, porque después de varios encuentros nuestro equipo, sorprendentemente, logró llegar a la final. No me preguntes contra quién, amable lector, porque eso no lo recuerdo ya. Lo que sí nunca olvidaré son las circunstancias que se dieron, fortuitamente, para que yo de ser un riesgo de estorbo me erigiera en héroe involuntario de una anécdota deportiva que devino amorosa por destino y corazón.
Era el partido final. Y en ése, como en muchos otros, además de los jugadores estaban las compañeras del grupo, que no necesariamente iban para apoyarnos, más bien aprovechaban el partido para de paso ver a los otros chicos de los demás salones que por supuesto les agradaban. Pero eso para mí no era problema, porque Ella siempre estaba ahí. La recuerdo siempre junto a sus amigas, de vez en cuando platicando con los compañeros, incluso con mucha confianza, y yo le veía y escasamente hablaba con Ella –recuerda que ya mencioné antes que eso de decir lo que siento y expresarlo con precisión siempre fue un problema para mí-; así que como podrás advertir el juego implica riesgos, inquietudes e incertidumbres. No sé si habrá sido un partido reñido, mucho menos me aventuro a decir que fue espectacular. El caso es que llegó a la entrada final con un empate entre nosotros y ellos, nuestros rivales. Cerrábamos al bateo y todo lo que se lograra sería en consecuencia ganancia para el equipo en el cual jugaba. Pero había un pequeño problema: en esa ronda de bateadores estaba yo, que no era nada bueno para el bate. Y eso sí que era un conflicto, no para mí, sino para Isidro, que quizás veía en riesgo su orgullo ganador sabiendo de antemano mis limitaciones deportivas en el beis. Listo que era, Isidro tuvo una idea genial, para él, por supuesto. Me sugirió "muy sutilmente" que me hiciera el perdedizo, como si ya me hubiera ido porque otro reto monumental –la tarea- me esperara. Así que dócilmente tomé mi viejísima manopla laqueada de esmalte negro, me escabullí por detrás de el muro de fondo del foro al aire libre que tenía el parque y aguardé pacientemente a que se desarrollara el final del juego y el resultado llegara hacia mí.
La espera no fue tan prolongada, no porque el juego acabara pronto con el resultado esperado. Lo que ocurrió es que alguien del equipo contrario me vio por ahí, y por supuesto que los rivales no se “tragaron” ni tantito el chisme de que me había tenido que ir. Así fue que, cual prisionero de guerra que es llevado al cadalso, bien custodiado por los acérrimos enemigos, fui trasladado de regreso al campo de juego para cumplir cabalmente con mi deportiva obligación. Con bate en mano me dirigí a tomar la posición y esperar el lanzamiento, cuando de repente Isidro se me acercó para decirme con notable seguridad: -Si logras batear bien, te prometo que Ella te dará un beso en la boca-. Es muy seguro que él haya confundido mi inseguridad con el bate con la incredulidad del enamorado ingenuo, porque al verme algo indeciso, fue por Ella para preguntarle justo frente a mí: -¿Verdad que sí le vas a dar el beso en la boca?- Y Ella, apenada, musitó en voz tenue un “sí” que me hizo sentir todavía más el miedo en tan exigente situación.
Parado ahí, frente al pitcher, viendo el horizonte lejano cuya frontera nacía justo donde se terminaba la acera para dar paso al tránsito veloz de los autos que corrían veloces sobre el Eje Cinco Sur, no inicié ningún ritual con el cual poder garantizar una actuación decorosa para cerrar dignamente mi novel participación como beisbolista. Mucho menos me encomendé a algún santo para que me librara de una vergonzosa retirada del plato, ponchado y con el repudio justificado de mis compañeros de equipo. Y hoy, después de 30 años de esto, creo que nada de aquello era necesario, porque ese día, como muchos de mi niñez lejana, eran días plenos, poderosos, iluminados por una luz divina que no era otra cosa que el azar y el valor que a veces confundimos con miedo mientras galopa, palpitante, nuestro corazón.
El bate golpeó la bola sin que yo pudiera percatarme de cómo fue que lo hice, porque entonces ignoraba muchas cosas de ese deporte extraño para alguien acostumbrado a otros juegos y otros territorios de diversión y libertad. El caso es que tan pronto sentí el vibrar del bate en mis manos y escuché el sonido seco de una pelota que es golpeada por casualidad, miré como ésta se elevaba portentosa. Fue como si de repente el aliento contenido de los ahí presentes fuera el conjuro que evitara que se desviara el vuelo de la bola por encima de nuestras cabezas, de la misma manera como salta y se desborda la inusitada alegría cuando vez que la gloria está muy cerca de tus manos, y que el anhelado trofeo está a punto de llegar a ti, que no confiabas en el poder que posee saberse querido, amado, ese sentimiento ingenuo que siempre nos llenaba el corazón y el cuerpo de calor.
Es grato el sabor del triunfo…
Pero lo es más todavía el sabor del recuerdo de unos labios que no se pueden olvidar. Porque como seguramente deducirás, amigo lector, el trofeo fue ganado a cabalidad; no el que consistía en la recompensa de un dinero acumulado que ni siquiera recuerdo si es que recibí algo de esa cantidad. A fin de cuentas, no creo haber hecho los suficientes méritos deportivos como para merecerme tal recompensa, si asumo que el éxito fue más producto del maravilloso azar que de mi triste capacidad deportiva. Lo que sí recuerdo es haber recibido no uno, sino muchos, muchísimos más besos de los que un triunfador pudiera haber pensado recibir. Y todavía me regocijo pensando en que aquella tarde devino noche plena de placeres inimaginados, sentados Ella y yo en una banca de piedra oscura, de las muchas que todavía están ahí, testigos mudos de esta historia, en el inolvidable Parque de las Flores. La última vez que anduve por ahí, fugazmente caminé atravesando la explanada donde hace treinta años ocurrió este capítulo de mi vida que nunca podré olvidar. La vida se ha extendido de manera incontrolable, pero extrañamente el parque ahora me parece pequeño, comparado con el peso del recuerdo de esos días que no volverán. Así que espero darme un tiempo en los días que están por venir, para ir a sentarme nuevamente en una de esas bancas, mientras miro con envidia a esos jóvenes que por ahí se esconden y se escapan para dar rienda suelta a sus deseos tiernos, o tal vez, simplemente, me quede mirando el espejo de la vida de otros chicos y chicas que dan rienda suelta a sus juegos mientras me hacen sentir que siempre habita en uno ese niño pequeño que hacía cosas extraordinarias por amor.
Simplemente amor…
Javier Ruiz Paredes.
De adolescente uno se asume intrépido, osado, capaz de devorarse el mundo, golpearlo con toda la energía que la juventud nos da… a menos que sea con un bate de beisbol, porque entonces las circunstancias cambian, obligan a ser preciso, a blandir el tolete con destreza y esperar con calma el lanzamiento exacto, el adecuado para que el swing sea fructífero y de golpe mande la pelota lejos, a aquellas fronteras infinitas que sólo unos cuantos podrán, de vez en cuando, rebasar.
Uno era más bien futbolero, habitante de la calle polvosa al fin. Sería por eso que no encajaba en los rituales deportivos de los compañeros de la Escuela Secundaria N° 71, habituados a la práctica de dos deportes específicos: el futbol americano y el beisbol. Recuerdo haber ido a casa de Isidro en muchas ocasiones, motivado por las invitaciones para practicar un deporte que hasta entonces había pasado inadvertido para mí, que era el beis. Y también me recuerdo sorprendido al descubrir la generosidad de su padre al haberle dotado ni más ni menos que de todo el armamento indispensable para librar una batalla a toletazos. Guantes o manoplas de piel lo mismo de cátcher que de pitcher, o vayan a saber si de jardinero o… nunca me quedó clara la diferencia entre unas y otras, salvo la del cátcher que esa sí era más gruesa y redonda. Bates de madera y uno de aluminio, además de guantes de piel para que se tuviera el agarre suficiente al momento de batear. Toda la parafernalia necesaria estaba ahí, frente a un grupito de cuatro de quienes yo dudaba fuéramos capaces de usar todo aquel armatoste para divertirnos con libertad… El otro problema que había es que yo soy zurdo, y en consecuencia esa pequeña diferencia se convertía en problema cuando se trataba de cachar, porque obviamente nadie tenía una manopla especialmente diseñada para mí. No hubo problema, porque Isidro simplemente sugirió:
- ¿Por qué no usas ésta que es más blanda? Te la pones en la mano izquierda y ya está…
- Pero, ¿no crees que sea algo complicado?- Decía yo mientras sentía la incomodidad de usar algo “al revés” a mi condición de zurdo natural.
Puede más la pasión que todos los obstáculos, así que al rato ya estábamos sobre la calle de Copacabana, muy cerca del Parque de los Patos, lanzando de un lado para otro pelotas elevadas con la debida precaución para no estrellarla contra los parabrisas de los autos que estaban aparcados ahí. Obvio, muy divertido no era, al menos para mí, acostumbrado más al ir y venir tras de un balón desgajado, a solventar las presiones del contrario con la magia de un pie izquierdo que de vez en cuando me daba alegrías y satisfacciones en un partido callejero de futbol. Jugar beisbol implica la necesidad de espacio, un área delimitada para sentir la confianza de soltar el garrotazo pleno y a la vez contar con el campo suficiente para correr y atrapar los elevados cuando estuviera uno a la defensiva. Y así fue como algo empezó a ocurrir.
Eran sin duda muchos los compañeros que tenían guantes y bates. Recuerdo que las pelotas no eran tan caras y además había unas de marca nacional –“marca conejo, antes rabbit”, así decía la impresión en la piel de la pelota-, así que el caldo de cultivo estaba preparándose, únicamente faltaba el cocinero especializado que con su toque pudiera convocar a los comensales a tan suculento banquete deportivo. No sé cómo ocurrió, el caso fue que un día en la escuela Isidro y Arturo Farías comenzaron a reclutar jugadores, porque algo extraordinario estaba a punto de gestarse: un torneo inter-grupos de nuestra secundaria de beisbol. Y claro, por supuesto que jugué. Está de más decir que la razón no fue mi habilidad como pelotero, más bien la enorme necesidad de agregar a unos cuantos, entre ellos yo, para poder completar la novena y así dar forma al equipo. Ingrata que es la memoria, recuerdo a unos cuantos, entre ellos los ya mencionados Isidro y Arturo, además de Guillermo, David a quien apodaban “el Yogui”, y a otro compañero que vivía cerca de la casa de Claudia Liduvina, entrañable compañera de aquellos días. Tampoco recuerdo cómo se armó la competencia, y si la memoria no me traiciona se juntó una cantidad de dinero a manera de inscripción que era el premio que se entregaría a quien ganara la competición. La sede ideal era el Parque de las Flores, porque contaba con una explanada que en ese entonces se me hacía inmensa y adecuada para tal fin.
No recuerdo si fueron muchos o pocos partidos. Mucho menos contra quiénes nos tocó competir. Lo que sí recuerdo es que no falté a ninguno de los partidos, aún con mis propias limitaciones y desventajas que después comprendí que podían convertirse en virtudes. Finalmente, debo reconocer que los zurdos no abundan, y que lanzarle a un zurdo a veces resulta complicado para el pitcher… pero esa “sabiduría deportiva” me llegó mucho después. En el afán de tener un equipo competitivo, Isidro consiguió quién sabe en dónde una viejísima manopla para zurdo de color … ¿qué color era? Tan vieja era la famosa manopla que ni se podía apreciar el color original. Pero no hubo problema. Esa ausencia cromática la resolví aplicando una generosa capa de esmalte en aerosol negro, que dejo mi guante negro, brillante… y algo tieso.
Mi papel en el equipo, además de completarlo para formar la novena completa, era cumplir con la función de pitcher, claro, con las precisas indicaciones de mi manager: -“Tú sólo lanza la pelota al bateador, no te muevas y procura no estorbar”- así seguramente me habría dicho Isidro, a quien obedecí ciegamente, a decir verdad. Y creo no haber estorbado tanto, porque después de varios encuentros nuestro equipo, sorprendentemente, logró llegar a la final. No me preguntes contra quién, amable lector, porque eso no lo recuerdo ya. Lo que sí nunca olvidaré son las circunstancias que se dieron, fortuitamente, para que yo de ser un riesgo de estorbo me erigiera en héroe involuntario de una anécdota deportiva que devino amorosa por destino y corazón.
Era el partido final. Y en ése, como en muchos otros, además de los jugadores estaban las compañeras del grupo, que no necesariamente iban para apoyarnos, más bien aprovechaban el partido para de paso ver a los otros chicos de los demás salones que por supuesto les agradaban. Pero eso para mí no era problema, porque Ella siempre estaba ahí. La recuerdo siempre junto a sus amigas, de vez en cuando platicando con los compañeros, incluso con mucha confianza, y yo le veía y escasamente hablaba con Ella –recuerda que ya mencioné antes que eso de decir lo que siento y expresarlo con precisión siempre fue un problema para mí-; así que como podrás advertir el juego implica riesgos, inquietudes e incertidumbres. No sé si habrá sido un partido reñido, mucho menos me aventuro a decir que fue espectacular. El caso es que llegó a la entrada final con un empate entre nosotros y ellos, nuestros rivales. Cerrábamos al bateo y todo lo que se lograra sería en consecuencia ganancia para el equipo en el cual jugaba. Pero había un pequeño problema: en esa ronda de bateadores estaba yo, que no era nada bueno para el bate. Y eso sí que era un conflicto, no para mí, sino para Isidro, que quizás veía en riesgo su orgullo ganador sabiendo de antemano mis limitaciones deportivas en el beis. Listo que era, Isidro tuvo una idea genial, para él, por supuesto. Me sugirió "muy sutilmente" que me hiciera el perdedizo, como si ya me hubiera ido porque otro reto monumental –la tarea- me esperara. Así que dócilmente tomé mi viejísima manopla laqueada de esmalte negro, me escabullí por detrás de el muro de fondo del foro al aire libre que tenía el parque y aguardé pacientemente a que se desarrollara el final del juego y el resultado llegara hacia mí.
La espera no fue tan prolongada, no porque el juego acabara pronto con el resultado esperado. Lo que ocurrió es que alguien del equipo contrario me vio por ahí, y por supuesto que los rivales no se “tragaron” ni tantito el chisme de que me había tenido que ir. Así fue que, cual prisionero de guerra que es llevado al cadalso, bien custodiado por los acérrimos enemigos, fui trasladado de regreso al campo de juego para cumplir cabalmente con mi deportiva obligación. Con bate en mano me dirigí a tomar la posición y esperar el lanzamiento, cuando de repente Isidro se me acercó para decirme con notable seguridad: -Si logras batear bien, te prometo que Ella te dará un beso en la boca-. Es muy seguro que él haya confundido mi inseguridad con el bate con la incredulidad del enamorado ingenuo, porque al verme algo indeciso, fue por Ella para preguntarle justo frente a mí: -¿Verdad que sí le vas a dar el beso en la boca?- Y Ella, apenada, musitó en voz tenue un “sí” que me hizo sentir todavía más el miedo en tan exigente situación.
Parado ahí, frente al pitcher, viendo el horizonte lejano cuya frontera nacía justo donde se terminaba la acera para dar paso al tránsito veloz de los autos que corrían veloces sobre el Eje Cinco Sur, no inicié ningún ritual con el cual poder garantizar una actuación decorosa para cerrar dignamente mi novel participación como beisbolista. Mucho menos me encomendé a algún santo para que me librara de una vergonzosa retirada del plato, ponchado y con el repudio justificado de mis compañeros de equipo. Y hoy, después de 30 años de esto, creo que nada de aquello era necesario, porque ese día, como muchos de mi niñez lejana, eran días plenos, poderosos, iluminados por una luz divina que no era otra cosa que el azar y el valor que a veces confundimos con miedo mientras galopa, palpitante, nuestro corazón.
El bate golpeó la bola sin que yo pudiera percatarme de cómo fue que lo hice, porque entonces ignoraba muchas cosas de ese deporte extraño para alguien acostumbrado a otros juegos y otros territorios de diversión y libertad. El caso es que tan pronto sentí el vibrar del bate en mis manos y escuché el sonido seco de una pelota que es golpeada por casualidad, miré como ésta se elevaba portentosa. Fue como si de repente el aliento contenido de los ahí presentes fuera el conjuro que evitara que se desviara el vuelo de la bola por encima de nuestras cabezas, de la misma manera como salta y se desborda la inusitada alegría cuando vez que la gloria está muy cerca de tus manos, y que el anhelado trofeo está a punto de llegar a ti, que no confiabas en el poder que posee saberse querido, amado, ese sentimiento ingenuo que siempre nos llenaba el corazón y el cuerpo de calor.
Es grato el sabor del triunfo…
Pero lo es más todavía el sabor del recuerdo de unos labios que no se pueden olvidar. Porque como seguramente deducirás, amigo lector, el trofeo fue ganado a cabalidad; no el que consistía en la recompensa de un dinero acumulado que ni siquiera recuerdo si es que recibí algo de esa cantidad. A fin de cuentas, no creo haber hecho los suficientes méritos deportivos como para merecerme tal recompensa, si asumo que el éxito fue más producto del maravilloso azar que de mi triste capacidad deportiva. Lo que sí recuerdo es haber recibido no uno, sino muchos, muchísimos más besos de los que un triunfador pudiera haber pensado recibir. Y todavía me regocijo pensando en que aquella tarde devino noche plena de placeres inimaginados, sentados Ella y yo en una banca de piedra oscura, de las muchas que todavía están ahí, testigos mudos de esta historia, en el inolvidable Parque de las Flores. La última vez que anduve por ahí, fugazmente caminé atravesando la explanada donde hace treinta años ocurrió este capítulo de mi vida que nunca podré olvidar. La vida se ha extendido de manera incontrolable, pero extrañamente el parque ahora me parece pequeño, comparado con el peso del recuerdo de esos días que no volverán. Así que espero darme un tiempo en los días que están por venir, para ir a sentarme nuevamente en una de esas bancas, mientras miro con envidia a esos jóvenes que por ahí se esconden y se escapan para dar rienda suelta a sus deseos tiernos, o tal vez, simplemente, me quede mirando el espejo de la vida de otros chicos y chicas que dan rienda suelta a sus juegos mientras me hacen sentir que siempre habita en uno ese niño pequeño que hacía cosas extraordinarias por amor.
Simplemente amor…
Javier Ruiz Paredes.
martes, 8 de junio de 2010
Confesión
Debo confesarlo:
He perdido el sentido del gusto,
No concibo el sabor de lo extraviado,
No recuerdo aquel fruto jugoso
Que siempre disfrutaba mi exigente paladar.
Más aún:
No he hallado causa precisa que explique
Por qué, de un tiempo a la fecha,
Mi piel se encuentra invadida de esa extraña amnesia
Que no reconoce la sensación electrizante
Del tacto de unos labios que se han extraviado
Una lejana mañana al despertar.
¿Qué será?
De tanto dejarme ver desnudo ante ti
He descubierto que la ausencia de sensaciones
Ya no me lastima como lo hacía antes;
Creo que mi piel ha llegado a acostumbrarse
Al frío filo de las palabras recurrentes
Que siempre desatas sin pensarlas,
Cada vez que el hambre de ti me agota
Y me deja a la deriva, perdido en las multitudes
Que siempre me miran, pero nunca me encuentran.
Pero
Ciertas tardes en que dejo colgada la resignación
En alguna vieja rama de estos extraños árboles
Que abundan en los solitarios parques
De esta asfixiante ciudad-prisión,
Me atrevo a caminar por los vastos territorios
De la palma de tus manos con mi piel descalza.
Desprovisto de temores y prejuicios
De algún modo intento hacerte saber que,
- ¿no te has dado cuenta?-
Hace muchos días que me perteneces...
Es simplemente que tu mirada no es vasta,
Ni es lo suficientemente profunda
Como para que en un atisbo vespertino
Descubras las mil diferentes formas
En que voy dejando al interior de ti algunas marcas,
Huellas profundas que, aunque se agote el tiempo,
Quedarán diluidas en tu memoria incógnita,
Aquella que visitas en los momentos más oscuros
De melancolía y soledad.
Esta noche,
Protegido por el manto de la oscuridad
Dejaré tendido mi cuerpo desnudo,
Desprovisto de memorias añejas
Y nombres que algún día me pertenecieron;
Ahí estaré en algún camino conocido
Como esos que transitas de mañana a tarde
Con exasperante prisa
-rumbo al trabajo-
-de vuelta a casa-
De regreso a ese extraño hueco en que te refugias
Cuando adviertes que no tiene sentido el tiempo,
Cuando reconoces que te devora la premura
Por alejarte de algo sin saber a dónde realmente llegarás.
Ahí...
Ahí estaré tendido para ti:
Delgado y frágil como el cristal por el que miras
En las noches de lluvia pertinaz,
Porque a eso me acostumbraste con tu eterno sentido de la negación.
Seré un territorio que –sabes muy bien- te pertenece,
Y sin embargo nunca lo alcanzarás a recorrer de verdad;
Extenso y oscuro porque has aprendido que así es como se disimula
Lo que crece sin nacer, lo que se convierte en credo impronunciable;
Porque aún en la tormenta
Te gustaría convencerte
De que falta mucho para que llegue el día
En que las bromas de la vida nos regresen al sitio exacto
Donde descansará el recuerdo de alguien que siempre tarda,
Que a veces no llega,
Que tarde o temprano se alejará
Como un sueño extraño que navega
En la incierta balsa de la vida que se va.
Javier Ruiz Paredes
He perdido el sentido del gusto,
No concibo el sabor de lo extraviado,
No recuerdo aquel fruto jugoso
Que siempre disfrutaba mi exigente paladar.
Más aún:
No he hallado causa precisa que explique
Por qué, de un tiempo a la fecha,
Mi piel se encuentra invadida de esa extraña amnesia
Que no reconoce la sensación electrizante
Del tacto de unos labios que se han extraviado
Una lejana mañana al despertar.
¿Qué será?
De tanto dejarme ver desnudo ante ti
He descubierto que la ausencia de sensaciones
Ya no me lastima como lo hacía antes;
Creo que mi piel ha llegado a acostumbrarse
Al frío filo de las palabras recurrentes
Que siempre desatas sin pensarlas,
Cada vez que el hambre de ti me agota
Y me deja a la deriva, perdido en las multitudes
Que siempre me miran, pero nunca me encuentran.
Pero
Ciertas tardes en que dejo colgada la resignación
En alguna vieja rama de estos extraños árboles
Que abundan en los solitarios parques
De esta asfixiante ciudad-prisión,
Me atrevo a caminar por los vastos territorios
De la palma de tus manos con mi piel descalza.
Desprovisto de temores y prejuicios
De algún modo intento hacerte saber que,
- ¿no te has dado cuenta?-
Hace muchos días que me perteneces...
Es simplemente que tu mirada no es vasta,
Ni es lo suficientemente profunda
Como para que en un atisbo vespertino
Descubras las mil diferentes formas
En que voy dejando al interior de ti algunas marcas,
Huellas profundas que, aunque se agote el tiempo,
Quedarán diluidas en tu memoria incógnita,
Aquella que visitas en los momentos más oscuros
De melancolía y soledad.
Esta noche,
Protegido por el manto de la oscuridad
Dejaré tendido mi cuerpo desnudo,
Desprovisto de memorias añejas
Y nombres que algún día me pertenecieron;
Ahí estaré en algún camino conocido
Como esos que transitas de mañana a tarde
Con exasperante prisa
-rumbo al trabajo-
-de vuelta a casa-
De regreso a ese extraño hueco en que te refugias
Cuando adviertes que no tiene sentido el tiempo,
Cuando reconoces que te devora la premura
Por alejarte de algo sin saber a dónde realmente llegarás.
Ahí...
Ahí estaré tendido para ti:
Delgado y frágil como el cristal por el que miras
En las noches de lluvia pertinaz,
Porque a eso me acostumbraste con tu eterno sentido de la negación.
Seré un territorio que –sabes muy bien- te pertenece,
Y sin embargo nunca lo alcanzarás a recorrer de verdad;
Extenso y oscuro porque has aprendido que así es como se disimula
Lo que crece sin nacer, lo que se convierte en credo impronunciable;
Porque aún en la tormenta
Te gustaría convencerte
De que falta mucho para que llegue el día
En que las bromas de la vida nos regresen al sitio exacto
Donde descansará el recuerdo de alguien que siempre tarda,
Que a veces no llega,
Que tarde o temprano se alejará
Como un sueño extraño que navega
En la incierta balsa de la vida que se va.
Javier Ruiz Paredes
lunes, 24 de mayo de 2010
Andaría...
Andaría detrás de tu belleza con el espíritu intenso de un cazador; la bestia humana que descubre en el desierto de tu piel extensos trazos de febril geografía femenina, hurga en el inmenso vacío de su alma, intentando recuperar algo preciso y a la medida, un juguete hecho de palabras que no pare nunca de hablar y no se agote de escuchar.
Amigo: no busques el consuelo si no aprovechas los espacios frecuentes para deshebrar los miles de hilos con los que podrás jugar a tejer tus negadas obstinaciones. Precisa quién te quiere, quién ronda sigiloso por tus veredas todavía y, cuando lo ubiques, vigila tus prados y tu puerta, el buzón y el tapete de la entrada principal; corre a grandes zancadas cuando adviertas a una sombra deslizarse. Y cuando la tengas al alcance, no la sometas. Sedúcela con las palabras que son el origen de la luz; hazla llorar deslumbrada por lo que dices, pues será esa la única oportunidad para que deje de negarte posibilidad alguna con pretextos inverosímiles.
Ahora, ya sin argumentos, la sentencia de tus convicciones la orillará a ser parte profunda de tu regazo, nido fértil de tu deseo que en jugo fecundo se diluirá para lograr que tu ansia enfebrecida navegue en ese misterioso mar que se agiganta y se desborda pleno, cada vez que te entregues sin pudor para amar de verdad.
Amigo: no busques el consuelo si no aprovechas los espacios frecuentes para deshebrar los miles de hilos con los que podrás jugar a tejer tus negadas obstinaciones. Precisa quién te quiere, quién ronda sigiloso por tus veredas todavía y, cuando lo ubiques, vigila tus prados y tu puerta, el buzón y el tapete de la entrada principal; corre a grandes zancadas cuando adviertas a una sombra deslizarse. Y cuando la tengas al alcance, no la sometas. Sedúcela con las palabras que son el origen de la luz; hazla llorar deslumbrada por lo que dices, pues será esa la única oportunidad para que deje de negarte posibilidad alguna con pretextos inverosímiles.
Ahora, ya sin argumentos, la sentencia de tus convicciones la orillará a ser parte profunda de tu regazo, nido fértil de tu deseo que en jugo fecundo se diluirá para lograr que tu ansia enfebrecida navegue en ese misterioso mar que se agiganta y se desborda pleno, cada vez que te entregues sin pudor para amar de verdad.
martes, 4 de mayo de 2010
Decir "Me gustas"
Decir “me gustas”
Es tejerle un sueño al viento,
Hallar en otro el espejo que buscas
Y mirar, en los ojos de él, un sentimiento.
Es andar en busca de la memoria extraviada,
Aquella que recuerda los campos de tu infancia,
Es darle brillo a la mirada cansada
Y darle a nuevos motivos la mayor importancia.
Es cabalgar detrás de la sonrisa divertida,
La misma que se esconde entre la noche
Cuando en la oscuridad de un cuarto pasa inadvertida
La imagen de alguien, su recuerdo en gran derroche.
Decir “me gustas”, así, sin más,
Es girar una y otra vez el reloj de arena
Para que el tiempo no se lleve jamás
La nostalgia de una mirada dulce y serena.
Es navegar en el mar de lo callado
Mientras buscas gaviotas en la lejanía,
Es hurgar en el cofre de lo nunca hallado
Y encontrar de pronto tu voz convertida en melodía.
Es abrir puertas y ventanas
Para que entre un viento insospechado,
Es sentir que, por decirlo, algo ganas
Y al poco tiempo se convierte en ente alado.
Decir “me gustas” es darle voz a algún secreto
De esos que se ocultan debajo de la almohada,
Es corregir por un breve instante el libreto
De una vida que transcurre lenta, adormilada.
Es beber de un trago por la tarde
El agua fresca que da brillo a tu mirada,
Es apagar ese extraño deseo que aún arde
En recuerdo de esa niña enamorada.
Decirlo así, sin más preguntas
Es abrir un hueco en la razón,
Es tener las horas todas juntas
Y desperdigarlas en el nido de un gorrión.
Decir “me gustas” es camino presuroso
Para aquel que viaja lento hacia su muerte,
Es manantial de lluvia en un verano caluroso,
Es un beso convertido en buena suerte;
Es la frase que disipa los temores
De quien vive día a día desolado,
Son palabras convertidas en rumores
Que penetran el corazón enamorado.
Javier Ruiz Paredes
Es tejerle un sueño al viento,
Hallar en otro el espejo que buscas
Y mirar, en los ojos de él, un sentimiento.
Es andar en busca de la memoria extraviada,
Aquella que recuerda los campos de tu infancia,
Es darle brillo a la mirada cansada
Y darle a nuevos motivos la mayor importancia.
Es cabalgar detrás de la sonrisa divertida,
La misma que se esconde entre la noche
Cuando en la oscuridad de un cuarto pasa inadvertida
La imagen de alguien, su recuerdo en gran derroche.
Decir “me gustas”, así, sin más,
Es girar una y otra vez el reloj de arena
Para que el tiempo no se lleve jamás
La nostalgia de una mirada dulce y serena.
Es navegar en el mar de lo callado
Mientras buscas gaviotas en la lejanía,
Es hurgar en el cofre de lo nunca hallado
Y encontrar de pronto tu voz convertida en melodía.
Es abrir puertas y ventanas
Para que entre un viento insospechado,
Es sentir que, por decirlo, algo ganas
Y al poco tiempo se convierte en ente alado.
Decir “me gustas” es darle voz a algún secreto
De esos que se ocultan debajo de la almohada,
Es corregir por un breve instante el libreto
De una vida que transcurre lenta, adormilada.
Es beber de un trago por la tarde
El agua fresca que da brillo a tu mirada,
Es apagar ese extraño deseo que aún arde
En recuerdo de esa niña enamorada.
Decirlo así, sin más preguntas
Es abrir un hueco en la razón,
Es tener las horas todas juntas
Y desperdigarlas en el nido de un gorrión.
Decir “me gustas” es camino presuroso
Para aquel que viaja lento hacia su muerte,
Es manantial de lluvia en un verano caluroso,
Es un beso convertido en buena suerte;
Es la frase que disipa los temores
De quien vive día a día desolado,
Son palabras convertidas en rumores
Que penetran el corazón enamorado.
Javier Ruiz Paredes
Con la letra A
Con la letra A
Con la letra A se escribe la ausencia,
Alma gemela de la angustia
Que se acrecienta cuando uno anda así,
-- Perdido
Arando con los zapatos un sendero
Lleno de arrebatos
Que nos adelgazan las fuerzas,
Nos arrojan a un mundo amargo
Que se construye para aquellos
Que no saben des—Amar.
Mira tú,
Que mis armas
Siempre se rinden con tu alegría;
Andaría por desiertos páramos,
Como ese viejo amigo que vivía la agonía
De ahogarse en un recuerdo,
Aquel que siempre se yergue
Con soberano alarde
Cuando dos ojos plenos de artero vacío
No ubican el alimento
De esta alma atenida a un suspiro,
A una sonrisa que la aliente
A seguir creyendo en eso...
Solamente en eso.
-El Amor.
Javier Ruiz Paredes
Con la letra A se escribe la ausencia,
Alma gemela de la angustia
Que se acrecienta cuando uno anda así,
-- Perdido
Arando con los zapatos un sendero
Lleno de arrebatos
Que nos adelgazan las fuerzas,
Nos arrojan a un mundo amargo
Que se construye para aquellos
Que no saben des—Amar.
Mira tú,
Que mis armas
Siempre se rinden con tu alegría;
Andaría por desiertos páramos,
Como ese viejo amigo que vivía la agonía
De ahogarse en un recuerdo,
Aquel que siempre se yergue
Con soberano alarde
Cuando dos ojos plenos de artero vacío
No ubican el alimento
De esta alma atenida a un suspiro,
A una sonrisa que la aliente
A seguir creyendo en eso...
Solamente en eso.
-El Amor.
Javier Ruiz Paredes
martes, 15 de diciembre de 2009
La piel
En la piel de la memoria están tatuados los instantes más fecundos de mis días; ciertas noches en las que la cercanía de la Luna y la redondez de su brillo níveo lo permiten, apuro a tragos las horas para que así, súbitamente, me sorprenda la madrugada desmadejando las palabras secretas que se convierten en misterios y silencios…
Verás, mi piel ya no es tan tersa como antes. He perdido la frescura de su tono y la elasticidad de mi epidermis, pero a cambio he ganado algo: el tiempo se ha encargado de tallar en ella surcos profundos donde sólo quien cultiva con buenas manos ha podido dejar caer sus semillas. Los amigos entrañables –entre los cuales te encuentras tú- , han arado en ella para que los granos de esperanza y buenaventura germinen bien, dejando que crezca la raíz profunda en el centro del corazón…
Pero hay algo más que esconde mi ajada piel: en ella cual si fuera corteza de un árbol imperecedero, ciertos amores conocidos y otros no tanto han tallado nombres y fechas, comienzos y finales, hasta convertirla en códice que revela en sus volutas y espiras el tenue recuerdo de infancia de muchas manos y labios que algún día me tocaron y no podrán volver a hacerlo jamás…
Sea pues, que el vasto territorio descalzo de mi piel se pliega y se extiende cual lienzo de papel, permite que se acerque quien lo desee para escribir algún signo, quizá un poema, una simple letra que en su brevedad deslice la inmensidad del recuerdo que se lee en silencio y en voz alta y fuerte también.
Es entonces que descubro ahora que piel y huellas se entremezclan, como quien desanda el camino sólo para reinventarse y descubrirse gracias al prodigioso encanto de una sonrisa que se vuelca inquieta montada en un cometa de papel. Mapa milenario por costumbre y recorridos, hay abundantes rutas trazadas en mí que abarcan la geografía inexacta de mis manos y mis piernas, de mi pecho y mi espalda, de mi antes y mi después. La brújula desquiciada únicamente es útil para algunos como tú, navegantes de quimeras que no temen despeñarse en las profundidades de ese mar de confusiones en que a veces se convierte el amor…
Me estoy dando a la tarea de construir en los años por venir una obra inexacta en la que quede catalogada cada fibra de mi piel: alfabéticamente escribiré en ella los nombres y las fechas, los minutos y los instantes, los sueños y las pérdidas; haré un inventario de mis insomnios y de las causas de mis fiebres. Redactaré minuciosamente, entre otras cosas, las sensaciones que el viento y la humedad de unos labios imaginariamente vertieron en una tarde de sueño extraño, en la que te alcancé a descubrir de una manera muy distinta, genuina y tenue, entre un mar de música y silencios que tal vez sin quererlo nos sorprendieron para que esta amistad de lejanía y promesas se llegara a dar… Todo esto que te cuento estará escrito en el capítulo de una letra bella, para que cuando alguien lo lea en la penumbra prodigiosa de un atardecer en la playa descubra el por qué siempre existirán buenos motivos para atreverse, de vez en cuando, a besar la locura y buscar en las alforjas el secreto que te une a esta historia de mi desgastada y maltrecha piel, ésa la que se puede leer como lee la palma de la mano el adivino, como el astrónomo a las estrellas, como un ciego lee las sombras cálidas de un lejano y extraño sentimiento, algo que a veces pareciera hacernos sentir un pequeño y añejo amor…
Verás, mi piel ya no es tan tersa como antes. He perdido la frescura de su tono y la elasticidad de mi epidermis, pero a cambio he ganado algo: el tiempo se ha encargado de tallar en ella surcos profundos donde sólo quien cultiva con buenas manos ha podido dejar caer sus semillas. Los amigos entrañables –entre los cuales te encuentras tú- , han arado en ella para que los granos de esperanza y buenaventura germinen bien, dejando que crezca la raíz profunda en el centro del corazón…
Pero hay algo más que esconde mi ajada piel: en ella cual si fuera corteza de un árbol imperecedero, ciertos amores conocidos y otros no tanto han tallado nombres y fechas, comienzos y finales, hasta convertirla en códice que revela en sus volutas y espiras el tenue recuerdo de infancia de muchas manos y labios que algún día me tocaron y no podrán volver a hacerlo jamás…
Sea pues, que el vasto territorio descalzo de mi piel se pliega y se extiende cual lienzo de papel, permite que se acerque quien lo desee para escribir algún signo, quizá un poema, una simple letra que en su brevedad deslice la inmensidad del recuerdo que se lee en silencio y en voz alta y fuerte también.
Es entonces que descubro ahora que piel y huellas se entremezclan, como quien desanda el camino sólo para reinventarse y descubrirse gracias al prodigioso encanto de una sonrisa que se vuelca inquieta montada en un cometa de papel. Mapa milenario por costumbre y recorridos, hay abundantes rutas trazadas en mí que abarcan la geografía inexacta de mis manos y mis piernas, de mi pecho y mi espalda, de mi antes y mi después. La brújula desquiciada únicamente es útil para algunos como tú, navegantes de quimeras que no temen despeñarse en las profundidades de ese mar de confusiones en que a veces se convierte el amor…
Me estoy dando a la tarea de construir en los años por venir una obra inexacta en la que quede catalogada cada fibra de mi piel: alfabéticamente escribiré en ella los nombres y las fechas, los minutos y los instantes, los sueños y las pérdidas; haré un inventario de mis insomnios y de las causas de mis fiebres. Redactaré minuciosamente, entre otras cosas, las sensaciones que el viento y la humedad de unos labios imaginariamente vertieron en una tarde de sueño extraño, en la que te alcancé a descubrir de una manera muy distinta, genuina y tenue, entre un mar de música y silencios que tal vez sin quererlo nos sorprendieron para que esta amistad de lejanía y promesas se llegara a dar… Todo esto que te cuento estará escrito en el capítulo de una letra bella, para que cuando alguien lo lea en la penumbra prodigiosa de un atardecer en la playa descubra el por qué siempre existirán buenos motivos para atreverse, de vez en cuando, a besar la locura y buscar en las alforjas el secreto que te une a esta historia de mi desgastada y maltrecha piel, ésa la que se puede leer como lee la palma de la mano el adivino, como el astrónomo a las estrellas, como un ciego lee las sombras cálidas de un lejano y extraño sentimiento, algo que a veces pareciera hacernos sentir un pequeño y añejo amor…
martes, 8 de diciembre de 2009
Galerna
"Temporal súbito y viento intenso que azota el mar y sus costas,
generalmente en temporadas de primavera y otoño;
aparece en días calurosos y apacibles trayendo consigo
un descenso de la temperatura, acompañado de cortas pero intensas lluvias".
Voces distantes que sueltan conjuros,
Ecos lejanos que evocan lo que sólo se puede soñar,
Travesía de palabras que naufragan en el olvido
En la búsqueda de un atajo que las lleves hasta tu altar…
En el rito cotidiano de los días
Se celebra un reencuentro en soledad:
Tu poema que se escurre entre mis dedos
Y mi alma que se atreve a navegar;
En la vasta inmensidad de los renglones
Se decanta el verbo firme que me das
Para hacer en la borrasca algún velero
Que se meza en los vaivenes de humedad…
Es por eso que en las noches de galerna
-Soy gaviota-
Vuelo libre, busco nidos, surco el mar
Para ver si en la cubierta de tus naves
Hay un hueco en el que pueda descansar…
Sujeto al timón de días inmensos
Tierra firme es lo que busco en mi interior
Para ver si en ese oculto recoveco
Cabes tú
-Sirena amiga-
Cuerpo de ola y tempestad.
Es tu playa a la que arribo un buen refugio
Donde bebo manantiales sin temor,
Mientras alzo con la arena tu figura
Que se yergue,
Me da sombra,
Es protección.
Vastedades que se ensanchan si me miras,
Oquedades que se colman de color
Si al mover mi fiel pincel de aguamarina
Surge un trazo,
Surge un rostro,
Surges tú…
Soy un ave inmigrante en su derrota
Por hallar su isla fértil bajo el sol.
Soy la vida que se escurre
-Gota a gota-
Cuando abundan las ausencias y un adiós;
Hoy no dejes que a la arena se la lleve
La marea de una tarde con dolor;
Ve y construye con palabras una balsa,
Sube a ella y navega sin temor.
Porque siempre que te sientas desolada
Hay un faro que ilumina más que el sol:
Es mi estrella que te aguarda impaciente,
Es la luz que se desata en ciertas noches
Cuando escribo este poema con amor…
Javier Ruiz Paredes.
generalmente en temporadas de primavera y otoño;
aparece en días calurosos y apacibles trayendo consigo
un descenso de la temperatura, acompañado de cortas pero intensas lluvias".
Voces distantes que sueltan conjuros,
Ecos lejanos que evocan lo que sólo se puede soñar,
Travesía de palabras que naufragan en el olvido
En la búsqueda de un atajo que las lleves hasta tu altar…
En el rito cotidiano de los días
Se celebra un reencuentro en soledad:
Tu poema que se escurre entre mis dedos
Y mi alma que se atreve a navegar;
En la vasta inmensidad de los renglones
Se decanta el verbo firme que me das
Para hacer en la borrasca algún velero
Que se meza en los vaivenes de humedad…
Es por eso que en las noches de galerna
-Soy gaviota-
Vuelo libre, busco nidos, surco el mar
Para ver si en la cubierta de tus naves
Hay un hueco en el que pueda descansar…
Sujeto al timón de días inmensos
Tierra firme es lo que busco en mi interior
Para ver si en ese oculto recoveco
Cabes tú
-Sirena amiga-
Cuerpo de ola y tempestad.
Es tu playa a la que arribo un buen refugio
Donde bebo manantiales sin temor,
Mientras alzo con la arena tu figura
Que se yergue,
Me da sombra,
Es protección.
Vastedades que se ensanchan si me miras,
Oquedades que se colman de color
Si al mover mi fiel pincel de aguamarina
Surge un trazo,
Surge un rostro,
Surges tú…
Soy un ave inmigrante en su derrota
Por hallar su isla fértil bajo el sol.
Soy la vida que se escurre
-Gota a gota-
Cuando abundan las ausencias y un adiós;
Hoy no dejes que a la arena se la lleve
La marea de una tarde con dolor;
Ve y construye con palabras una balsa,
Sube a ella y navega sin temor.
Porque siempre que te sientas desolada
Hay un faro que ilumina más que el sol:
Es mi estrella que te aguarda impaciente,
Es la luz que se desata en ciertas noches
Cuando escribo este poema con amor…
Javier Ruiz Paredes.
miércoles, 2 de diciembre de 2009
Una mujer
Es un tintero lleno de preguntas que aguardan impacientes
La escritura precisa,
Esa que detalle el terso trazo de sus líneas
Convertidas en un inexacto poema,
Incógnita de la razón.
Es un ramillete de soledades
Que florecen mientras la espera se derrama
En una tarde lluviosa
Que imperiosa exige
El arribo de un desorientado corazón.
Es un manojo de posibilidades perdidas,
Al abanico que mece los miedos del hombre
Al compas de una frase que se esconde
Cuando nos niega un beso que reconforte
La angustia de sentirnos cada vez más viejos,
Más cercanos al hambre eterna
Que al devoramiento de la pasión.
Es un camino sinuoso cuesta arriba,
La mano que conduce a ciegas
Sin percatarse cuál es el sentido de la vida
Si en ella no transita la cordura;
Es la carreta que en su carga lleva
La inocencia de la derrota,
La pereza de la tarde
Que se esconde tras un manto fino
Llamado desilusión.
Es un reloj sin manecillas
Que en instantes juega a convertirse en eternidad;
Es la gota líquida del tiempo que se escurre
Entre las sábanas de una cama no compartida,
En el cronómetro que es la prisa de la vida
Que se diluye en un amanecer redondo;
Es el insomnio puro del guerrero
Que no atina nunca a dar con su flecha certera
A ese blanco llamado corazón.
Es, sin más y sin menos,
La medida justa de nuestras ausencias,
El tamaño exacto de nuestros deseos insatisfechos,
La porción precisa que saciaría nuestra hambre,
El libro abierto que no dice nada
Pero que espera a que nuestra mano se decida
A escribir con nuestras palabras,
Nuestras miradas y nuestros secretos
Un texto grabado a fuego,
Donde sea ella,
La Mujer,
La principal protagonista
De esas tristes historias
Que escribimos cuando nos devora la nostalgia;
Sustancia femenina de esa sombra
Que se escurre por debajo de las puertas,
Que se acurruca sigilosa dentro de nuestra almohada
Y que eterniza los sueños y quimeras
De quienes, por ellas,
Nos negamos eternamente a renunciar…
Javier Ruiz Paredes
La escritura precisa,
Esa que detalle el terso trazo de sus líneas
Convertidas en un inexacto poema,
Incógnita de la razón.
Es un ramillete de soledades
Que florecen mientras la espera se derrama
En una tarde lluviosa
Que imperiosa exige
El arribo de un desorientado corazón.
Es un manojo de posibilidades perdidas,
Al abanico que mece los miedos del hombre
Al compas de una frase que se esconde
Cuando nos niega un beso que reconforte
La angustia de sentirnos cada vez más viejos,
Más cercanos al hambre eterna
Que al devoramiento de la pasión.
Es un camino sinuoso cuesta arriba,
La mano que conduce a ciegas
Sin percatarse cuál es el sentido de la vida
Si en ella no transita la cordura;
Es la carreta que en su carga lleva
La inocencia de la derrota,
La pereza de la tarde
Que se esconde tras un manto fino
Llamado desilusión.
Es un reloj sin manecillas
Que en instantes juega a convertirse en eternidad;
Es la gota líquida del tiempo que se escurre
Entre las sábanas de una cama no compartida,
En el cronómetro que es la prisa de la vida
Que se diluye en un amanecer redondo;
Es el insomnio puro del guerrero
Que no atina nunca a dar con su flecha certera
A ese blanco llamado corazón.
Es, sin más y sin menos,
La medida justa de nuestras ausencias,
El tamaño exacto de nuestros deseos insatisfechos,
La porción precisa que saciaría nuestra hambre,
El libro abierto que no dice nada
Pero que espera a que nuestra mano se decida
A escribir con nuestras palabras,
Nuestras miradas y nuestros secretos
Un texto grabado a fuego,
Donde sea ella,
La Mujer,
La principal protagonista
De esas tristes historias
Que escribimos cuando nos devora la nostalgia;
Sustancia femenina de esa sombra
Que se escurre por debajo de las puertas,
Que se acurruca sigilosa dentro de nuestra almohada
Y que eterniza los sueños y quimeras
De quienes, por ellas,
Nos negamos eternamente a renunciar…
Javier Ruiz Paredes
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