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miércoles, 24 de noviembre de 2010

Treinta y cinco años después…





Treinta y cinco años después, sigo compartiendo mi soledad interna con aquellas cosas esenciales para vivir. Hay suficiente espacio en la mecedora como para que quepamos dos. El mullido cojín del asiento deja descansar mi agotado cuerpo y al lado mío reposa, bajo el cobijo de un abrazo reumático, el fantasma de la obsesión.
Mira, la ausencia de dentadura original no ha sido obstáculo para seguir hablando, sólo que al paso de los años ya aprendí que el ímpetu no necesariamente se convierte en razón. Mi hablar es ahora más pausado por necesidad, no porque yo lo quiera así. He descubierto que de tanto seguir intentando ser vehemente, en ocasiones el aire de la respiración se escapa, me deja sin aliento la locura y a punto de la asfixia de mi vejez, me invade una fiebre que no he podido después de bastante tiempo controlar.
Apenas y escribo, creo que entiendes el por qué… Las manos siguen en su lugar, los sentimientos difícilmente se pierden, pero debo aceptar que el temblor en los dedos, añejos cómplices de cartas y poemas, son una prueba clara de que la vida se escapa, se diluye con facilidad. Sin embargo, hoy la bufanda alrededor de mi cuello y el pesado abrigo de lana que encorva más mi delgado cuerpo no logran quitarme este frío que cala en lo más profundo del alma. Ni la calefacción eléctrica ni las vaporizaciones alivian las deplorables condiciones de este quejumbroso anciano en que me he convertido, de verdad.
Apuro el último trago del té naturista que me recomendó el doctor y mientras lo hago, extraño el sabor del café matutino y el aroma de un cigarro de tabaco oscuro que eran parte de mis antiguas costumbres, de mi eterno ritual. Mientras pasa por mi garganta el líquido tibio, me imagino que así de lento y pausado es el transito de mi sangre por las venas y arterias de un cuerpo atacado por el colesterol y achacoso de tos perpetua, herencia recibida con justicia para mi espíritu de fumador.
Un té.
Sólo un té para una boca callada que de pronto recuerda otros sabores, distintos aromas que no son alimento del cuerpo, sino nutrimento para una imagen de nostalgia que en estos años de nostalgia no he podido averiguar dónde se hallará. Es duro reconocer que hay un secreto callado a más de tres décadas de distancia, mismo que no sabría cómo explicar hoy a quienes me acompañan en este territorio más cercano a la muerte que a la esperanza de envejecer, preferentemente acompañado de la eternamente inalcanzable felicidad.
Mientras revivo instantes frescos para un presente incierto que no se sabe cuántos días durará, sonrío porque he vuelto a ser infiel, al menos de pensamiento, al recordar con regocijo el nombre de ese recuerdo de locuras que nunca imaginé enfrentar.

¿Dónde andarás?
No quiero acordarme de despedidas infructuosas. –“Llueve, truene o relampaguee, el final tendrá que llegar”-, solías decirme, lo recuerdo ya. Y en efecto, han llovido tantas tormentas en nuestras vidas que al menos yo he aprendido a sumergirme en la profundidad de las añoranzas sin ahogarme, aún sin haber aprendido a nadar. ¿Recuerdas? Nunca creíste que no sabía nadar. Y sin embargo, tampoco nunca te percataste que disfrutaba navegar en tus palabras, que gozaba como nadie viendo mi rostro reflejado en tu brillante mirada que, de vez en vez, me colmaba de absoluta claridad. ¿Sabes? Mi mente trae en este instante muchas otras cosas más. Por ejemplo, cierto día que estuve enfermo de gripe, me sugeriste un té para aliviar mi malestar. ¡Qué pésima muestra de amor la mía, que treinta y cinco años después me lo vengo a tomar! Y no por convencimiento pleno de amistad, sino por mandato de un médico que más que aliviarme me acabará de matar.
A estas alturas de nuestras vidas lo único que truenan son los huesos en cada paso que uno da. Aunque viendo las cosas en retrospectiva y con calma, todavía escucho el crujir de las hojas secas por un sendero que caminamos cierta noche juntos, tomados tímidamente de las manos, sí, esa noche del primer beso cobijado con el manto de la oscuridad. Hoy, esa avenida ni siquiera existe como era en esos días, porque ha sido transformada y mancillada en aras de la posmodernidad. Ahora que lo pienso, sería adecuado acompañar estos recuerdos imborrables y silenciosos, siempre callados, escuchando ese viejo disco de Aute que tendré que desempolvar. Es curioso, pero esa música ya no la escuchaba desde ese lejano día en que decidimos que ya no había más por dónde avanzar. Me pregunto ahora: ¿Cómo es que hemos sobrevivido a tantos recuerdos, si ese día de despedidas húmedas y lluvias saladas comprendimos que esa decisión era lago difícil de soportar? Bien dicen que el tiempo todo lo cura, pero si esto es verdad, no comprendo por qué ahora, justo en este momento de recuerdos me aqueja un extraño dolor que me inunda de ganas de llorar.
Bien. Todo está bien…
Digo que está bien porque finalmente hemos sobrevivido en varios sentidos. Primeramente, quién diría que llegaríamos a pensarnos uno al otro a esta edad francamente precaria. Bueno, digo pensarnos porque nada le agradaría más a este tierno y encantador anciano que saber que tú, en esos ratos en que los nietos no retozan en tus rodillas, o tu alergia al jugo de naranja matinal no te molesta más, tal vez te dediques a escombrar como yo el baúl de los recuerdos, mientras te ríes al leer los textos cargados de locura que solía inventar. Únicamente para ti. ¿Acaso los conservas? Y si es así, ¿dónde los ocultas? Después de bastante tiempo sin leerlos, ¿qué me podrías hoy comentar? Mírame aquí, desperdiciando mis últimos segundos en este mundo solitario pensando en ti, sin saber siquiera dónde estás, con quién vives, cuántos de tus sueños se volvieron realidad.
Realidad. Siempre la maldita realidad…
Lo que es real es que en esta tarde somnolienta un dulce sueño me ha hecho traerte con gran facilidad. Una gran ventaja, al menos para mí, tiene todo esto. Sigo espantándome cada vez que me miro por las mañanas en el espejo, porque debo confesarte que de aquellas canas ya no queda nada; hoy por hoy ya comienzo a creerme de mente brillante, pues la falta de pelo le ha dado lustre a mi peculiar personalidad. En cambio, la despedida de aquel día se llevó otras cosas, aunque al menos una la guardé para siempre: la dulce imagen de quien miró mis deseos y anhelos con ojos de honestidad. Esa fotografía mental, pequeña -¿recuerdas? En ocasiones así te decía…-, la he guardado en el corazón, y créeme que ni siquiera los tres infartos acumulados la han podido expulsar. Decenas de radiografías, angiogramas y electrocardiogramas me han puesto desnudo ante las miradas atónitas de enfermeras y galenos, quienes no han atinado a descifrar hasta el día de hoy cuáles son las verdaderas causas de este malestar vetusto que me encoge el corazón con gran pesar.
Más allá de cualquier prescripción médica y de electroshocks que descargan en mi pecho pero que únicamente dañan la corteza de mi deteriorada edad, muy por dentro me sonrío de pensar que les he estado tomando el pelo todo este tiempo, pues yo mismo, aún a pesar de mi avanzada vejez, sé bien cómo mejorarme, conozco el camino para que esa última reserva del tanque que me dejaste años atrás sea apenas suficiente para sentirme mejor delo que estoy en verdad.
La respuesta es simple.
Hoy y siempre como hace treinta y cinco años, con sólo pensarte me has inyectado una alegría indescriptible que rejuvenece mi piel arrugada, dejando que sin recato muestre la dentadura postiza revelada en sonora carcajada que despierta, al igual que hace mucho tiempo atrás, una ligera sospecha que hace a alguien preguntar:
-Y ahora, ¿de qué te ríes tú?
(Mi mirada sigue perdida, la sonrisa bien puesta en el horizonte del recuerdo que te ha traído hasta aquí, justo a mi lado)
-¡Ay, como siempre! ¡Metido en tus cosas que desde cuando debiste tirar!
(Comienzo a guardar aquello que llaman “tus cosas”, pero que en términos prácticos yo nombro “mi vida muy particular”)
-Javier, ¿es que no te has percatado que esos papeles son ya inservibles? ¿Por qué no te deshaces de ellos de una buena vez, ahora que todavía tienes tiempo para hacerlo?
(Mientras comienzo a refunfuñar como buen abuelo, me detengo un instante a pensar lo que me han dicho y me pregunto: ¿acaso eso de “todavía tienes tiempo para hacerlo” significa “lo poco de vida que te queda por dar”?)
Bueno, si esa fue la intención lo agradezco, porque nunca me arrepentiré de mi forma de vivir, mucho menos de mis necesidades y motivos por los cuales me desgasté infructuosamente; pero por encima de todo, nunca me arrepentiré de aquellas pequeñas cosas que nacieron el día que te conocí, hace exactamente treinta y cinco años. Tampoco podré olvidar, por supuesto, esa mirada dulce, la sonrisa alegre que de vez en vez me esperaba en una mesa hoy abandonada; mucho menos dejar en el pasado la sensación de aquellas manos que hoy cuánto disfrutaría me acariciaran nuevamente como lo hicieron en esos bellos instantes de soledad compartida.
En estos momentos ya es de noche. He desperdiciado algunos instantes escuchando simples regaños, pero hay algo que nadie me podrá quitar. Esta noche, aquel extraño insomnio estoy seguro habrá de llegar. Pasaré mi última noche en vela, pensando en zorros y príncipes, en sirenas encantadas y canciones escritas al calor de la ansiedad. Y en el paso lento de la noche, compartiré seguramente contigo, en la distancia de los cuerpos y los besos apagados, un viejo boleto de concierto que pueda durar toda la eternidad. Lo único que lamento es que mi último viaje no será, como alguna vez te lo propuse, con un asiento compartido contigo y mucho menos para recorrer uno, dos o tres caminos distintos. Pero no importa. Aunque ya mi fría amiga tenga para mí otro boleto, la muerte esta noche sabrá esperar.
Después de todo a ella, estoy seguro, también la terminaré de enamorar…

Javier Ruiz Paredes

martes, 15 de junio de 2010

El amor hace milagros

El amor hace milagros.

De adolescente uno se asume intrépido, osado, capaz de devorarse el mundo, golpearlo con toda la energía que la juventud nos da… a menos que sea con un bate de beisbol, porque entonces las circunstancias cambian, obligan a ser preciso, a blandir el tolete con destreza y esperar con calma el lanzamiento exacto, el adecuado para que el swing sea fructífero y de golpe mande la pelota lejos, a aquellas fronteras infinitas que sólo unos cuantos podrán, de vez en cuando, rebasar.
Uno era más bien futbolero, habitante de la calle polvosa al fin. Sería por eso que no encajaba en los rituales deportivos de los compañeros de la Escuela Secundaria N° 71, habituados a la práctica de dos deportes específicos: el futbol americano y el beisbol. Recuerdo haber ido a casa de Isidro en muchas ocasiones, motivado por las invitaciones para practicar un deporte que hasta entonces había pasado inadvertido para mí, que era el beis. Y también me recuerdo sorprendido al descubrir la generosidad de su padre al haberle dotado ni más ni menos que de todo el armamento indispensable para librar una batalla a toletazos. Guantes o manoplas de piel lo mismo de cátcher que de pitcher, o vayan a saber si de jardinero o… nunca me quedó clara la diferencia entre unas y otras, salvo la del cátcher que esa sí era más gruesa y redonda. Bates de madera y uno de aluminio, además de guantes de piel para que se tuviera el agarre suficiente al momento de batear. Toda la parafernalia necesaria estaba ahí, frente a un grupito de cuatro de quienes yo dudaba fuéramos capaces de usar todo aquel armatoste para divertirnos con libertad… El otro problema que había es que yo soy zurdo, y en consecuencia esa pequeña diferencia se convertía en problema cuando se trataba de cachar, porque obviamente nadie tenía una manopla especialmente diseñada para mí. No hubo problema, porque Isidro simplemente sugirió:
- ¿Por qué no usas ésta que es más blanda? Te la pones en la mano izquierda y ya está…
- Pero, ¿no crees que sea algo complicado?- Decía yo mientras sentía la incomodidad de usar algo “al revés” a mi condición de zurdo natural.
Puede más la pasión que todos los obstáculos, así que al rato ya estábamos sobre la calle de Copacabana, muy cerca del Parque de los Patos, lanzando de un lado para otro pelotas elevadas con la debida precaución para no estrellarla contra los parabrisas de los autos que estaban aparcados ahí. Obvio, muy divertido no era, al menos para mí, acostumbrado más al ir y venir tras de un balón desgajado, a solventar las presiones del contrario con la magia de un pie izquierdo que de vez en cuando me daba alegrías y satisfacciones en un partido callejero de futbol. Jugar beisbol implica la necesidad de espacio, un área delimitada para sentir la confianza de soltar el garrotazo pleno y a la vez contar con el campo suficiente para correr y atrapar los elevados cuando estuviera uno a la defensiva. Y así fue como algo empezó a ocurrir.
Eran sin duda muchos los compañeros que tenían guantes y bates. Recuerdo que las pelotas no eran tan caras y además había unas de marca nacional –“marca conejo, antes rabbit”, así decía la impresión en la piel de la pelota-, así que el caldo de cultivo estaba preparándose, únicamente faltaba el cocinero especializado que con su toque pudiera convocar a los comensales a tan suculento banquete deportivo. No sé cómo ocurrió, el caso fue que un día en la escuela Isidro y Arturo Farías comenzaron a reclutar jugadores, porque algo extraordinario estaba a punto de gestarse: un torneo inter-grupos de nuestra secundaria de beisbol. Y claro, por supuesto que jugué. Está de más decir que la razón no fue mi habilidad como pelotero, más bien la enorme necesidad de agregar a unos cuantos, entre ellos yo, para poder completar la novena y así dar forma al equipo. Ingrata que es la memoria, recuerdo a unos cuantos, entre ellos los ya mencionados Isidro y Arturo, además de Guillermo, David a quien apodaban “el Yogui”, y a otro compañero que vivía cerca de la casa de Claudia Liduvina, entrañable compañera de aquellos días. Tampoco recuerdo cómo se armó la competencia, y si la memoria no me traiciona se juntó una cantidad de dinero a manera de inscripción que era el premio que se entregaría a quien ganara la competición. La sede ideal era el Parque de las Flores, porque contaba con una explanada que en ese entonces se me hacía inmensa y adecuada para tal fin.
No recuerdo si fueron muchos o pocos partidos. Mucho menos contra quiénes nos tocó competir. Lo que sí recuerdo es que no falté a ninguno de los partidos, aún con mis propias limitaciones y desventajas que después comprendí que podían convertirse en virtudes. Finalmente, debo reconocer que los zurdos no abundan, y que lanzarle a un zurdo a veces resulta complicado para el pitcher… pero esa “sabiduría deportiva” me llegó mucho después. En el afán de tener un equipo competitivo, Isidro consiguió quién sabe en dónde una viejísima manopla para zurdo de color … ¿qué color era? Tan vieja era la famosa manopla que ni se podía apreciar el color original. Pero no hubo problema. Esa ausencia cromática la resolví aplicando una generosa capa de esmalte en aerosol negro, que dejo mi guante negro, brillante… y algo tieso.
Mi papel en el equipo, además de completarlo para formar la novena completa, era cumplir con la función de pitcher, claro, con las precisas indicaciones de mi manager: -“Tú sólo lanza la pelota al bateador, no te muevas y procura no estorbar”- así seguramente me habría dicho Isidro, a quien obedecí ciegamente, a decir verdad. Y creo no haber estorbado tanto, porque después de varios encuentros nuestro equipo, sorprendentemente, logró llegar a la final. No me preguntes contra quién, amable lector, porque eso no lo recuerdo ya. Lo que sí nunca olvidaré son las circunstancias que se dieron, fortuitamente, para que yo de ser un riesgo de estorbo me erigiera en héroe involuntario de una anécdota deportiva que devino amorosa por destino y corazón.
Era el partido final. Y en ése, como en muchos otros, además de los jugadores estaban las compañeras del grupo, que no necesariamente iban para apoyarnos, más bien aprovechaban el partido para de paso ver a los otros chicos de los demás salones que por supuesto les agradaban. Pero eso para mí no era problema, porque Ella siempre estaba ahí. La recuerdo siempre junto a sus amigas, de vez en cuando platicando con los compañeros, incluso con mucha confianza, y yo le veía y escasamente hablaba con Ella –recuerda que ya mencioné antes que eso de decir lo que siento y expresarlo con precisión siempre fue un problema para mí-; así que como podrás advertir el juego implica riesgos, inquietudes e incertidumbres. No sé si habrá sido un partido reñido, mucho menos me aventuro a decir que fue espectacular. El caso es que llegó a la entrada final con un empate entre nosotros y ellos, nuestros rivales. Cerrábamos al bateo y todo lo que se lograra sería en consecuencia ganancia para el equipo en el cual jugaba. Pero había un pequeño problema: en esa ronda de bateadores estaba yo, que no era nada bueno para el bate. Y eso sí que era un conflicto, no para mí, sino para Isidro, que quizás veía en riesgo su orgullo ganador sabiendo de antemano mis limitaciones deportivas en el beis. Listo que era, Isidro tuvo una idea genial, para él, por supuesto. Me sugirió "muy sutilmente" que me hiciera el perdedizo, como si ya me hubiera ido porque otro reto monumental –la tarea- me esperara. Así que dócilmente tomé mi viejísima manopla laqueada de esmalte negro, me escabullí por detrás de el muro de fondo del foro al aire libre que tenía el parque y aguardé pacientemente a que se desarrollara el final del juego y el resultado llegara hacia mí.
La espera no fue tan prolongada, no porque el juego acabara pronto con el resultado esperado. Lo que ocurrió es que alguien del equipo contrario me vio por ahí, y por supuesto que los rivales no se “tragaron” ni tantito el chisme de que me había tenido que ir. Así fue que, cual prisionero de guerra que es llevado al cadalso, bien custodiado por los acérrimos enemigos, fui trasladado de regreso al campo de juego para cumplir cabalmente con mi deportiva obligación. Con bate en mano me dirigí a tomar la posición y esperar el lanzamiento, cuando de repente Isidro se me acercó para decirme con notable seguridad: -Si logras batear bien, te prometo que Ella te dará un beso en la boca-. Es muy seguro que él haya confundido mi inseguridad con el bate con la incredulidad del enamorado ingenuo, porque al verme algo indeciso, fue por Ella para preguntarle justo frente a mí: -¿Verdad que sí le vas a dar el beso en la boca?- Y Ella, apenada, musitó en voz tenue un “sí” que me hizo sentir todavía más el miedo en tan exigente situación.
Parado ahí, frente al pitcher, viendo el horizonte lejano cuya frontera nacía justo donde se terminaba la acera para dar paso al tránsito veloz de los autos que corrían veloces sobre el Eje Cinco Sur, no inicié ningún ritual con el cual poder garantizar una actuación decorosa para cerrar dignamente mi novel participación como beisbolista. Mucho menos me encomendé a algún santo para que me librara de una vergonzosa retirada del plato, ponchado y con el repudio justificado de mis compañeros de equipo. Y hoy, después de 30 años de esto, creo que nada de aquello era necesario, porque ese día, como muchos de mi niñez lejana, eran días plenos, poderosos, iluminados por una luz divina que no era otra cosa que el azar y el valor que a veces confundimos con miedo mientras galopa, palpitante, nuestro corazón.
El bate golpeó la bola sin que yo pudiera percatarme de cómo fue que lo hice, porque entonces ignoraba muchas cosas de ese deporte extraño para alguien acostumbrado a otros juegos y otros territorios de diversión y libertad. El caso es que tan pronto sentí el vibrar del bate en mis manos y escuché el sonido seco de una pelota que es golpeada por casualidad, miré como ésta se elevaba portentosa. Fue como si de repente el aliento contenido de los ahí presentes fuera el conjuro que evitara que se desviara el vuelo de la bola por encima de nuestras cabezas, de la misma manera como salta y se desborda la inusitada alegría cuando vez que la gloria está muy cerca de tus manos, y que el anhelado trofeo está a punto de llegar a ti, que no confiabas en el poder que posee saberse querido, amado, ese sentimiento ingenuo que siempre nos llenaba el corazón y el cuerpo de calor.
Es grato el sabor del triunfo…
Pero lo es más todavía el sabor del recuerdo de unos labios que no se pueden olvidar. Porque como seguramente deducirás, amigo lector, el trofeo fue ganado a cabalidad; no el que consistía en la recompensa de un dinero acumulado que ni siquiera recuerdo si es que recibí algo de esa cantidad. A fin de cuentas, no creo haber hecho los suficientes méritos deportivos como para merecerme tal recompensa, si asumo que el éxito fue más producto del maravilloso azar que de mi triste capacidad deportiva. Lo que sí recuerdo es haber recibido no uno, sino muchos, muchísimos más besos de los que un triunfador pudiera haber pensado recibir. Y todavía me regocijo pensando en que aquella tarde devino noche plena de placeres inimaginados, sentados Ella y yo en una banca de piedra oscura, de las muchas que todavía están ahí, testigos mudos de esta historia, en el inolvidable Parque de las Flores. La última vez que anduve por ahí, fugazmente caminé atravesando la explanada donde hace treinta años ocurrió este capítulo de mi vida que nunca podré olvidar. La vida se ha extendido de manera incontrolable, pero extrañamente el parque ahora me parece pequeño, comparado con el peso del recuerdo de esos días que no volverán. Así que espero darme un tiempo en los días que están por venir, para ir a sentarme nuevamente en una de esas bancas, mientras miro con envidia a esos jóvenes que por ahí se esconden y se escapan para dar rienda suelta a sus deseos tiernos, o tal vez, simplemente, me quede mirando el espejo de la vida de otros chicos y chicas que dan rienda suelta a sus juegos mientras me hacen sentir que siempre habita en uno ese niño pequeño que hacía cosas extraordinarias por amor.
Simplemente amor…
Javier Ruiz Paredes.

miércoles, 18 de noviembre de 2009

Uno más uno

A los cinco años planté un nombre. Aún no sabía escribir, y el jardín de casa me reservaba un lugar mágico, bajo las azaleas cultivadas por papá. Allí lo pronuncié por primera vez:
- Pa-blo… - Los sonidos saltaron sobre mi mano izquierda, que me cruzaba la boca para recogerlos uno por uno. Tenía miedo de que se me cayera alguno. De ese modo ¡zas!, la magia rota y Pablo se me perdería para siempre. Pero no. Los duendes me querían entonces: Los sentí chocar contra mi piel y cerré la mano con fuerza. Ya era mío.
Después, lo planté apresurada, para que mis hermanas mayores no descubrieran el secreto y corrí al comedor, donde ellas y mis padres me esperaban para almorzar. Todos estaban alegres aquel domingo… Yo también: Acababa de plantar el nombre de mi amigo.
Ah… No podía contárselo a nadie: ¡Yo no conocía a ningún chico que se llamara Pablo! ¡Cómo se iban a reír mis hermanas, si les decía que me había inventado un amigo! ¿Y mi mamá? Seguramente me volvería a repetir que mis amigos verdaderos eran Lucas, Teresa, Carlitos, Raquel o Angélica, los hijos de nuestros vecinos…
¿Y papá? Papá se limitaría a responderme con un dulce silencio… ¿Quién iba a entender que yo necesitaba un Pablo, y que sabía que alguna tarde tenía que aparecer, porque había plantado su nombre con amor?
El tiempo que hubiera de esperarlo no me importaba. Es más, el tiempo no tenía entonces, para mí, ninguna importancia…
Cuando cumplí seis años ingresé en primer grado y aprendí a escribir, como todos los chicos.
-Bla, ble. Bli, blo, blu- leí una mañana a coro, junto con mis compañeros, mientras la maestra escribía esas sílabas en la pizarra, con tizas de colores.
Ble era un caBLE amarillo…
Bli, una taBLIta verde…
Blu, una BLUsa colorada…
Bla, todo lo BLAnco…
¿Y Blo? El corazón me atropelló el guardapolvo: ¡Blo era PaBLO! ¡Y azul!
-PaBLO es el carpintero de mi pueBLO- nos dictó más tarde la maestra. Y en mi cuadernito, generosamente abierto como la tierra del jardín de casa, escribí el nombre de mi amigo por primera vez. En el mismo momento, me pareció oír un canto o un silbo… Un canto o un silbo breve, tan breve como es todo lo mágico. Tan hermoso, igual de inexplicable.
Terminaron las clases. Y sí. Sí. Sí y sí: Ese verano, tropecé con Pablo: Digo que tropecé, porque realmente sucedió así. Él doblaba una esquina de mi casa, arrastrando una rama contra la pared. Yo caminaba en dirección contraria. De golpe, el encuentro. A puro sol. De frente.
Nos miramos entre aleteos. (Todavía sobraban las mariposas…)
-¡Hola!- me gritaron Lucas, Teresa, Carlitos y Raquel, que venían siguiéndolo. –Es el nieto de don Gregorio…- me dijo Lucas.
-…que vino de campo…- agregó Carlitos.
-… a pasar las vacaciones en la ciudad- completó Raquel, excitada.
-Ésta es Elsita, Pablo.- Teresa nos presentó.
¡Ja! ¡Como si hubiera hecho falta! ¡Al amigo se le reconoce por los ojos! Y nosotros dos mirándonos, ya nos habíamos reconocido.
Esa noche, volví al jardín y desenterré su nombre: ¡Mi amigo Pablo había aparecido por fin!
¿Cómo contarles lo que nos dimos? Necesitaría palabras hechas a mano, de esas que únicamente ustedes, los chicos, son capaces de dibujar… (Yo ya soy grande y uso máquina de escribir…) Sin embargo, creo que puedo ayudarlos para que lo imaginen: Aquel verano fue la suma de uno más uno. Reímos, cómplices los dos, y lloramos a dúo.
Aquél verano fue una plaza, donde juntos perseguimos –con los ojos. Los mismos pájaros…
Aquel verano fue una siesta, en la que ambos –en puntas de pie- escuchamos campanear nuestros zapatos sobre un sueño que solamente nosotros dos sabíamos que era común.
Al gastarse las vacaciones, Pablo volvió a su provincia. Marzo había venido a buscarlo. Marzo se fue, llevándolo.
No nos volvimos a ver.
Fuimos amigos durante un verano.
Amigos a más no poder. Un verano solo, amigos.
Un único verano.
Uno.
Ya les dije que el tiempo entonces, para mí, no tenía la menor importancia.
Para Pablo tampoco.
No puedo escribir más: En este momento me parece oír un canto o un silbo… Un canto o un silbo breve, tan breve como es todo lo mágico. Tan hermoso.
Igual de inexplicable...


Elsa Bornemann
“El libro de los chicos enamorados”