Música, Literatura, textos personales, puñados de letras que se convierten en espejo que refleja un poco de lo que soy.
miércoles, 8 de diciembre de 2010
Mirando las ruedas... John Lennon
La vida empieza a los cuarenta.
La edad es sólo un estado mental.
Si eso es cierto,
Tú sabes, he estado muerto por treinta y nueve.
John Lennon
Era junio…
A los doce años de edad arrancábamos la década de los ochenta saltando de golpe y porrazo por la puerta de la escuela primaria, aún vestidos con la ropa de gala necesaria para el tradicional vals de graduación, al ritmo de la famosa Marcha de Aída cuya pomposidad majestuosa le caía bien a ese primer “gran logro” académico de miles de niños que como tú y yo, crecimos con la frente y el rostro de cara al sol, desbordando la infancia por las calles sin miedos ni temores, siempre cobijados por esa entrañable y casi extinta vecindad de otros con los que compartíamos la misma cuadra, quizá la misma escuela, y por qué no, hasta los mismos gustos y predilecciones.
En junio de 1980 terminamos con el ritual sagrado de los pañuelitos cosidos en el suéter y chalecos, el moño blanco en el pelo para el caso de las niñas, y de un portentoso salto nos trasladábamos a unas vacaciones que simplemente serían el preámbulo pertinente, necesario para ganarle uno o dos centímetros más al cuerpo y así parecer lo suficientemente grandes y no pasar por “mocosos” en la que pronto sería nuestra nueva escuela: la secundaria.
Recuerdo con claridad que mucho de lo que éramos en ese entonces lo definían cosas sencillas, no tan complejas, mucho menos pensadas a partir de lo que poseías, si bien al menos en nuestra secundaria esa especie de competencia por lo que estaba de moda de repente marcaba claras diferencias entre unos cuantos y otros muchos; así, no era lo mismo para algunos acudir a la escuela con tu uniforme de educación física sin llevar, por ejemplo, los tenis de marca importada, llámense nike, converse, NBA, por citar unas cuantas marcas muy valoradas en aquellas épocas. Porque si alguien los poseía era signo distintivo de que había ido a Estados Unidos, o simplemente tenía familiares con los cuales resultaba fácil conseguirlos. Pero lo complicado en verdad estaba en “engañar” o “convencer al maestro de Educación Física en la secundaria N° 71 “Narciso Bassols”, Rufino Celedonio Evangelio Luna –sí, en verdad así se llama- de que esas franjitas de color azul que se veían en los tenis no eran realmente importantes al menos para nosotros, porque a él sí que le afectaban y las consideraba como factor para quitarnos puntos en la evaluación o simplemente no permitirnos participar en la clase, a grado tal que recuerdo haber visto muchos pares de tenis con sendas tiras de cinta adhesiva blanca que ocultaban esa otra tira plástica de color que era signo de lujo, distinción y clase. Hace cerca de 20 años, cuando se dio un extraordinario movimiento democrático magisterial en el Distrito Federal, recuerdo haberme encontrado en un pleno de maestros democráticos a ese profesor de Educación Física, morral al hombro, el rostro anguloso y enrojecido de tanto caminar por la calle gritando su consigna. Ahí me acerqué a él y le saludé con gusto, pero él con sorpresa me preguntó de dónde le conocía. Al saber que yo era maestro y que había sido alumno suyo en la Secundaria 71, sorprendido me dijo: -“No pensé que alguien de ahí hubiera decidido estudiar para ser maestro”. Como podrás darte cuenta, las diferencias sociales existían, por muy sutiles que fueran. Quizá lo que ocurría es que nuestras mentes no le daban tanto peso a esas cosas en aquellos años, o tal vez la ingenuidad de la época aún nos permitía vernos iguales, aunque para algunos no lo fuéramos del todo…
Pero esa ingenuidad no duraría mucho tiempo…
Recuerdo que la década arrancó con un año de pérdidas y adaptaciones a mundos de exigencias distintas, y hubo algunos a quienes esas normas distintas les pesaron más que a otros… En aquel año de inicio del nuevo ritual académico y social, en los pequeños recesos y momentos de cambio de profesor algunos de nuestros compañeros –recuerdo a uno de ellos, César Hebert, a quien le decían extrañamente el Garipollo- solían bromear con las voces de un viejo programa de televisión, nuevo en ese entonces, llamado La Matraca, donde un personaje gordo hablaba como “fresa” y usaba lentes oscuros muy al estilo new wave, mientras invitaba a las nenas a bailar con él al ritmo del “Rock de la Langosta” de The B-52´s . Y mientras yo lo veía divertido y sonriente, en mis adentros me preguntaba si alguno de los que compartían el salón conmigo también tendría el gusto por escuchar la música de los Beatles con la que crecí escuchándolos en Radio Éxitos, vieja estación de am. Sí, de am. Porque en aquéllas épocas el FM estaba en pleno nacimiento, los radios aún eran de transistores y comenzaba el auge de las enormes radio-grabadoras de cassette. 6 meses más tarde, un día 8 de diciembre, lunes si no mal recuerdo porque estaba viendo por canal cinco el partido de futbol americano tradicional de la noche, la década marcó, por paradójico que suene, el fin de una era con el asesinato brutal de John Lennon…
Curioso. Justamente Lennon venía de un largo ayuno musical de años que decidió terminar después de haber escuchado un disco, pero sobre todo, una canción: Rock lobster, de The B-52´s. Seguramente hoy, los niños de aquellos años que somos los adultos de ahora, sonreímos melancólicos cuando escuchamos esta canción que estuvo de moda en aquellos años de infancia. Yo simplemente prefiero guardar, de vez en cuando, algún par de lágrimas después de escuchar Imagine, que por cierto fue elegida en el año dos mil como la mejor canción del siglo pasado. Hay cosas que definen generaciones, pero yo me inclino más por aquellas otras que ratifican la sensación de que he vivido a veces de manera intemporal, y cuando esto ocurre me imagino atravesando en sueños aquellas calles de infancia, visitando los mismos parques, jugando y diciendo las mismas tonterías propias de los adolescentes que seguramente también dijiste tú, pero también ejerciendo mi pleno derecho onírico a ponerle a esos días la música que más se me antoje, tal y como lo hicimos al día siguiente de la pérdida de John en el taller de Dibujo Técnico. Esa mañana la maestra no llegó a clase, y estuvimos las dos horas del taller enfrascados en demostrarnos quién sabía más canciones de ellos. Debo admitirlo: el asunto degeneró en relajo, las letras se distorsionaron a grado tal que un chico llamado Leopoldo, subió al escritorio de la maestra y usando la famosa “regla T” en mano a manera de requinto desplegó con toda su potencia el famoso fraseo de “She loves you, yeah, yeah, yeah”, mientras el infernal coro de inadaptados del taller entre los cuales me incluía yo repetíamos hasta la saciedad, como tratando de establecer un código visible de algo que no entendíamos bien a bien, pero que intuíamos que cuando creciéramos podríamos decir: “eso a mí me toco vivirlo”… Era algo curioso darnos cuenta de que hay canciones que hermanan, porque detrás de ellas hay sentimientos universales que ni las diferencias sociales, ni la calle o colonia dónde vivas los podrán ocultar… A fin de cuentas, la vida es como los mismos Beatles sentenciaron: “El amor que recibes es igual al amor que das”. Porque en aquellos años, el amor también hizo acto de aparición en mil y un formas que después de tantos años no podemos olvidar…
Hoy, a mis cuarenta y dos años de edad, domesticado el salvajismo inconforme propio de mi adolescencia perdida, quiero imaginarme sentado al lado de John, reflexionando en silencio, fumando ambos con parsimonia un cigarrillo gitane, los favoritos de él, mirando el devenir de este mundo caótico mientras escuchamos en el fondo de la inmensa avenida que son los años vividos una melodía que hoy pareciera estar hecha a la medida de aquellos que alguna vez, como yo, pensamos que la música podría cambiar en algo nuestra manera de vivir… y que también reconocemos que un trozo gigante de esa esperanza se diluyó aquella noche de diciembre de 1980, para llevarnos así, sin advertencia previa, sin anestesia, a descubrir que efectivamente, el sueño había terminado.
Gracias John.
Diciembre 08, 2010.
J.R.P.
La gente dice que estoy loco haciendo lo que hago.
Bien, me han dado toda clase de advertencias
Para salvarme de la ruina.
Cuando digo que me encuentro bien
Ellos me miran con extrañeza.
"Seguramente no eres feliz ahora que no juegas más el juego"
La gente dice que soy un holgazán
Llevando mi vida entre sueños.
Bien, me han dado toda clase de consejos
Diseñados para "iluminarme".
Yo les digo que hago bien
Al mirar las sombras en el muro.
"No pierdas el gran tiempo, muchacho
No siempre serás fuerte".
Sólo estoy parado aquí
Mirando las ruedas girar y girar.
Realmente me encanta ver sus giros.
No mas viajes en el "Trenecito de la felicidad".
Simplemente ya lo dejé ir.
La gente hace preguntas;
Se pierde en la confusión
De acuerdo, yo les digo "No hay problema.
Sólo soluciones"
Ellos sacuden sus cabezas
Y me miran como si hubiese perdido la cordura y la razón.
Yo les digo "No hay prisa.
Sólo estoy parado aquí haciendo tiempo"
Sólo estoy parado aquí
Mirando las ruedas girar y girar.
Realmente me encanta ver sus giros.
No más viajes en "El trenecito de la felicidad"
Simplemente ya lo dejé ir.
Simplemente ya lo dejé ir.
Simplemente ya lo dejé ir.
John Lennon
“Double Fantasy”, 1980.
Etiquetas:
It´s only rock´n´roll but I like it...
domingo, 5 de diciembre de 2010
"One Love"
One love, one heart
let's get together and feel all right
hear the children crying (one love)
hear the children crying (one heart)
sayin', "give thanks and praise to the lord and i will feel all right."
sayin', "let's get together and feel all right."
whoa, whoa, whoa, whoa
Let them all pass all their dirty remarks (one love)
there is one question i'd really love to ask (one heart)
is there a place for the hopeless sinner
who has hurt all mankind just to save his own?
believe me
One love, one heart
let's get together and feel all right
as it was in the beginning (one love)
so shall it be in the end (one heart)
alright, "give thanks and praise to the lord and i will feel all right."
"let's get together and feel all right."
one more thing
Let's get together to fight this holy armageddon (one love)
so when the man comes there will be no, no doom (one song)
have pity on those whose chances grow thinner
there ain't no hiding place from the father of creation
Sayin', "one love, one heart
let's get together and feel all right."
i'm pleading to mankind (one love)
oh, lord (one heart) whoa.
"give thanks and praise to the lord and i will feel all right."
let's get together and feel all right.
BOB MARLEY
"Exodus" 1977
Un amor.
Un corazón.
Juntémonos todos
y nos sentiremos bien.
Escucha a los niños decir:
Un amor.
Escucha a los niños decir:
Un corazón.
Alabemos y agradezcamos
al Señor y me sentiré bien.
Juntémonos todos
y nos sentiremos bien.
Dejemos que digan todos
sus sucios comentarios.
Hay una pregunta que
realmente quiero hacer.
¿Hay un lugar para un
pecador sin esperanza...
que lastimó a toda la humanidad
para salvar a sus creencias?
Un amor.
¿Qué hay de un corazón?
Un corazón.
¿Qué hay si nos juntamos
todos y nos sentiremos bien?
Tal como al comienzo...
Un amor.
Debería ser el final...
Un corazón.
Alabemos y agradezcamos
al Señor y me sentiré bien.
Juntémonos todos
y nos sentiremos bien.
Una cosa más.
Juntémonos para combatir
este Sagrado Armagedón.
Así cuando llegue el hombre
ya no habrá más perdición.
Ten piedad de aquellos cuyas
chances son menores.
No hay lugar para ocultarse
del Padre de la Creación.
Un amor.
¿Qué hay de un corazón?
Un corazón.
¿Qué hay si nos juntamos
todos y nos sentiremos bien?
Le pido a la humanidad...
Un amor.
Sí, Dios...
Un corazón.
Alabemos y agradezcamos
al Señor y me sentiré bien.
Juntémonos todos
y nos sentiremos bien.
Etiquetas:
It´s only rock´n´roll but I like it...
viernes, 3 de diciembre de 2010
No surrender
Well, we bursted out of class
Had to get away from those fools
We learned more from a 3-minute record, baby
Than we ever learned in school
Tonight I hear the neighborhood drummer sound
I can feel my heart begin to pound
You say you're tired and you just want to close your eyes
And follow your dreams down
Chorus:
Well, we made a promise we swore we'd always remember
No retreat, baby, no surrender
Like soldiers in the winter's night
With a vow to defend
No retreat, baby, no surrender
Well, now young faces grow sad and old
And hearts of fire grow cold
We swore blood brothers against the wind
Now I'm ready to grow young again
And hear your sister's voice calling us home
Across the open yards
Well maybe we'll cut someplace of own
With these drums and these guitars
'Cause we made a promise we swore we'd always remember
No retreat, baby, no surrender
Blood brothers in the stormy night
With a vow to defend
No retreat, baby, no surrender
Now on the street tonight the lights grow dim
The walls of my room are closing in
There's a war outside still raging
You say it ain't ours anymore to win
I want to sleep beneath
Peaceful skies in my lover's bed
With a wide open country in my eyes
And these romantic dreams in my head
Once we made a promise we swore we'd always remember
No retreat, baby, no surrender
Blood brothers in a stormy night
With a vow to defend
No retreat, baby, no surrender
Etiquetas:
It´s only rock´n´roll but I like it...
lunes, 29 de noviembre de 2010
Me gusta navegar en las palabras
Me gusta navegar en las palabras, lo mismo que en los sueños.
Desde niño me he visto imposibilitado por decir con mucha claridad lo que pienso y siento. Tal vez será por eso que en cada acto trascendental de mi existencia he desperdiciado innumerables noches sumido en el insomnio, intentando imaginar el escenario ideal, buscando en el cúmulo de frases y clichés aquellas que fueran las más precisas para expresarle a quien fuera lo que quería decir. Mentalmente ensayaba una y otra vez el encuentro o el momento por ocurrir, meditaba bien el gesto pertinente, la mirada y las palabras, hasta que una vez convencido de que la escena estaba debidamente armada, me dormía esperando la llegada de la mañana siguiente… únicamente para que justo en el momento preciso el titubeo me traicionara, el sudor de manos me delatara y simplemente terminara cayendo y callando…
Muchos de los momentos trascendentales de mi existencia fueron portentos de dicha, felicidad, firmeza y determinación, pero sólo en mi imaginación. Debo admitir que mi incapacidad expresiva me ha llevado a muchas confusiones, a alejamientos que tuvieron su origen en mi enorme miedo a decir con claridad lo que siento y lo que pienso, o simplemente a manifestarme con toda honestidad sin sentir que por ello ganaba o perdía. Ahora en retrospectiva, debo reconocer que mi niñez y adolescencia fue hermosa no por todo lo que fui capaz de hacer, decir u ofrecer, sino por la infinita paciencia de todos aquellos y aquellas que me rodearon, que con una simple sonrisa supieron hacerme saber lo que significaba yo para ellos. También porque supieron darle su justa importancia a mis dichos y mis silencios, tantas veces prolongados, injustificados, pero siempre ahí presentes.
Será por ello que busqué desde pequeño formas más íntimas y personales de poder decir lo que pienso. Sumido en las soledades de una habitación recuerdo haber escrito infinidad de pensamientos. De tal forma que pareciera ratificarse un poco el sentido de aquella vieja canción llamada “Both sides now”, de Joni Mitchell:
Como hileras y témpanos de pelo de ángel,
Como castillos de helado en el aire;
Como cañones de plumas por todas partes.
He visto a las nubes de ese modo.
Pero ahora no hacen más que cubrir el sol;
Llueven y nievan sobre todo.
Hay tanto que habría podido hacer,
Pero una nube me lo impidió.
Ya he visto a las nubes desde ambos lados
De arriba, de abajo,
Y, sin embargo, de algún modo,
Son sólo ilusiones de nubes las que recuerdo.
En realidad, no sé nada de las nubes.
Lunas y junios y ruedas de Chicago;
Ese mareo danzante que se siente
Mientras el cuento de hadas se va haciendo realidad.
He visto al amor de ese modo.
Pero ahora, no es más que un espectáculo.
Se quedan riendo mientras te alejas,
Y, si te duele, que no lo sepan;
No te delates…
Ya he visto al amor desde ambos lados,
Desde el dar hasta el recibir
Y, sin embargo, de algún modo,
Son sólo ilusiones de amor las que recuerdo.
En realidad, aún no sé nada del amor.
Lágrimas y miedo;
Sentirse orgulloso de gritar “te amo”;
Sueños y planes y muchedumbres felices.
He visto la vida de ese modo.
Pero ahora, los viejos amigos actúan raro,
Me reprueban, me dicen que he cambiado;
Bueno, algo se pierde y algo se gana
Viviendo cada día.
Ya he visto la vida desde ambos lados,
He perdido y he ganado
Y, sin embargo, de algún modo,
Son sólo ilusiones de la vida las que recuerdo.
En realidad, no sé nada de la vida.
Los momentos más trascendentes de mi vida, los recuerdos memorables, los nombres y los tiempos, los lugares y las sensaciones que me han marcado profundamente tienen su hogar en un puñado de textos garabateados en viejas hojas de papel. Podría decir sin temor a equivocarme que el anecdotario de mis emociones habita perennemente en frases escritas con distintas tintas y caligrafías, convertidos en tesoros que de repente se extravían entre los libros de mi casa, se deslizan sigilosos en cajas de cartón que de cuando en cuando hurgo curioso y melancólico, como el detective que lupa en mano busca las huellas que delaten la vida que he vivido de tiempo atrás.
No recuerdo a ciencia cierta cuándo fue que escribí algo plenamente mío, que hubiera dado a luz convencido de los dolores naturales de quien pare palabras que decantan historias y anécdotas en las que seguramente tú, amigo lector, ocupas un lugar especial. De lo que no tengo la menor duda es que a mis doce años de edad inicié el ritual de la escritura más movido por el amor a las personas que el amor a las palabras… Ahora, cuarenta y dos años después, muchas personas han quebrantado la promesa idílica del amor eterno; a otras tantas mi inconsistencia frecuente o tal vez mi incapacidad por ser lo que los demás esperan de mí han terminado alejándolas sin explicación alguna… pero de algo estoy seguro: el amor por las palabras sigue ahí, se profundiza y renueva votos de fidelidad en tanto el corazón siga latiendo por las presencias y las ausencias, por lo que ha sido, pero también por lo que pudo ser y finalmente no fue. En fin, que el prodigio de la palabra escrita me enamora y me ata; me ayuda a sobrevivir cuando muchas veces la escritura es lo único que te ayuda a salir de esa encrucijada que es la vida misma, cuando te sientes entre la espada y la pared. Yo, cuando esto ocurre, prefiero decir que estoy entre la pluma y el papel.
A los doce años qué tanto puedes decir. La escuela y sus procedimientos castrantes te limitan; educarse en esos tiempos como en los actuales obligaba a asumir que el bozal de las expresiones debía ceñirse a las reglas absurdas que muchas veces los maestros te imponían. Ni qué imaginar que pudiera ocurrir algo maravilloso como permitirte hablar con la libertad de un caballo galopante en las praderas; mucho menos pensar que en los escritos escolares podrías encontrar el pretexto necesario para cubrir con frases exactas el descobijo de un huérfano de respuestas abandonado en el insomnio nocturno que atosiga cuando crees que el mundo es duro contigo, que nadie te comprende, que es difícil crecer en el páramo de la soledad… a menos que llegue el amor, que es el bálsamo que al principio lo cura todo, la rama extendida que te saca del atolladero existencial en que de niños y adolescentes nos encanta masoquistamente estar.
Por amor fue que una vez me atreví a escribir mi primer poema. Y, claro, como bien deduces se lo dediqué a Ella. Fue ese momento prodigioso el que me hizo esforzarme porque la letra se viera bien. Ensayar la caligrafía fue para mí un verdadero acto de amor. Pero la creatividad no siempre me acompañaba, así que a falta de musas etéreas procuraba alimentar la vena poética escuchando bellas canciones de Joan Manuel Serrat. Y así, poco a poco, desarrollé algunas estrategias para ir dándole acomodo a los sentimientos a través de la palabra escrita, montando las palabras en el ritmo de una canción. Lo demás vino solo, fue algo como simplemente dejarse llevar…
Los papeles se acumulaban porque mientras hubiera palabras desbordadas era posible hilar poemas, tejer sentimientos y bordar los textos en cualquier hoja de cuaderno. Tantas cosas escritas terminan por salirse de su refugio, reclaman impacientes la voz que les de vida, porque un texto escrito a fuego no merece quedarse sumido en el fondo oscuro del silencio, es pertinente darle un tiempo y una voz para que decante su origen y su razón. Quizá por eso fue que un día en Clase de Español, la maestra Imelda Luna solicitó nuestros cuadernos para revisar algún trabajo. Uno a uno fuimos pasando a dejarlos abiertos de par en par, de la misma manera en que se abren las puertas y las ventanas de la casa a un amigo y dejamos que se sienta a gusto en eso que llamamos nuestro hogar. Y es que eso era efectivamente ese cuaderno de Español: era hogar de mis hojas sueltas y huidizas que fueron escritas para ella pero que siempre terminaban dobladas a la espera de que llegara el día en que me atreviera a enviarlas de manera puntual. El caso fue que la maestra revisó cada cuaderno apilado en su escritorio, y conforme iba cumpliendo con su obligación de calificar nos iba nombrando para que pasáramos a recibirlo de manos de ella. Todo eso para mí era rutinario, sabía que era el protocolo cotidiano de su clase… salvo que ese día ella fue la primera que descubrió lo que mi cuaderno ocultaba y me lo hizo notar.
-Ruiz Paredes… pasa por tu cuaderno- Seguramente eso fue lo primero que la maestra pronunció. Y mientras iba levantándolo de su escritorio, una hoja doblada en dos se deslizó de su interior, rompió la modorra en la que se sumerge lo que se cansa de esperar y cayó al piso. Mientras iba caminando hacia la maestra, miré con angustia que algo estaba a punto de delatar mis sentimientos. No era la primera vez que esto ocurría con alguno de nosotros. Los maestros en la clase siempre estaban como cazadores furtivos esperando atrapar a la presa que no era más que un pedacito de papel que circulaba de mano en mano. Si alguno de ellos tenía suerte y el arponazo de la vista detectaba ese correo escrito, lo confiscaba y después de leerlo en silencio lo compartía con los demás usando para ello un tono de sorna y mofa cuya única intención era humillarte ante los demás. Eso bastaba para que entre clase y clase o en los recesos de toda una larga semana los compañeros te hirieran con sus bromas y sus burlas, el tiempo suficiente hasta que otro inocente dejara caer en manos del enemigo otro papelito inocente y te sustituyera felizmente en el papel del enamorado incauto con faltas de ortografía y redacción.
Me esperaba lo peor. Avancé a pasos que primero fueron apresurados, como queriendo llegar antes de que la maestra comenzara a leer la hoja y arrebatarla de sus manos para que no se escuchara lo que estúpidamente yo mismo condené a callar; pero después los pasos fueron lentos, sabido de antemano que no podría hacer nada y evitar que lo leyera. Y eso fue lo que ella hizo. Leyó en silencio y al terminar de hacerlo levantó la mirada mientras yo esperaba que comenzara a leerlo ahora en voz alta para que todo el mundo se enterara de mi secreto. Pero algo extraño sucedió. Antes de que yo llegara a la maestra, en voz alta como para que todos lo oyeran me preguntó: -¿Tú escribiste esto?- Sí- fue lo único que atiné a contestar. Después, con una voz queda murmuró justo cuando estuve frente a ella: -Qué bonito escribes… a mí me hubiera gustado que un novio me hubiera escrito como tú le escribes a ella. Sigue escribiendo, lo haces bien, de verdad-.
Palabras más, palabras menos, eso fue lo que sucedió. No me preguntes amigo lector qué decía el dichoso papelito descubierto, hace ya bastantes años que se extravió en el tiempo y para quien fue escrito ni siquiera recuerdo si lo habrá leído, a fuerza de decir verdad. Lo que si es necesario decir aquí es que esa mañana de escuela descubrí que los maestros, a veces involuntariamente, pueden hacernos sentir muy mal exhibiéndonos a los ojos de los demás; pero también están los otros, a los que unas cuantas palabras escritas con el peso del amor ingenuo de un niño de 12 ó 13 años les hacen olvidar que ellos son quienes ordenan y mandan, quienes se burlan y condenan, y tal vez los trasladen a esos momentos de su infancia y adolescencia en que quizás ellos también escribieron algo y no se atrevieron a entregarlo a quien amaban. Yo no lo sé de cierto, pero me atrevo a imaginar que por esa extraña ocasión algo se movió en el corazón de mi maestra, y por primera vez no calificó la ortografía de ese poemita escrito en una hoja de cuaderno. Quizá se vio un poco reflejada en lo que ahí estaba escrito y fue por eso que su sonrisa y su comentario fueron una hermosa palmadita a mi espíritu, lo suficientemente firme y motivante, a grado tal que hoy, después de tantos años continúo escribiendo sobre las mismas cosas, recordando los mismos nombres, pensando en que aún sobran palabras que aguardan a que me atreva como hoy a compartirlas y dejarlas que nazcan, porque si hace treinta años no me permití dejarlas salir, hoy aún estoy a tiempo compartirlas con la gente que amo, con aquellos que son para mí importantes; en pocas palabras, para personas como Tú que me brindan amablemente un tiempo de su vida y me privilegian leyendo el recuerdo de esa infancia compartida que es un libro abierto, para tratar de entender mis días y mis años a través de estas historias que hoy, por decreto, prometo escribir para que no se olviden jamás…
Javier Ruiz Paredes.
jueves, 25 de noviembre de 2010
I´ve Jus Seen a Face
I've just seen a face,
I can't forget the time or place
Where we just meet.
She's just the girl for me
And want all the world to see
We've met, mmm-mmm-mmm-m'mmm-mmm.
Had it been another day
I might have looked the other way
And I'd have never been aware.
But as it is I'll dream of her
Tonight, di-di-di-di'n'di.
Falling, yes I am falling,
And she keeps calling
Me back again.
I have never known
The like of this, I've been alone
And I have missed things
And kept out of sight
But other girls were never quite
Like this, da-da-n'da-da'n'da.
Falling, yes I am falling,
And she keeps calling
Me back again.
Falling, yes I am falling,
And she keeps calling
Me back again.
I've just seen a face,
I can't forget the time or place
Where we just meet.
She's just the girl for me
And want all the world to see
We've met, mmm-mmm-mmm-da-da-da.
Falling, yes I am falling,
And she keeps calling
Me back again.
Falling, yes I am falling,
And she keeps calling
Me back again.
Oh, falling, yes I am falling,
And she keeps calling
Me back again.
Acabo de ver un rostro
No puedo olvidar el momento y el lugar en que nos conocimos
Ella es la chica que yo necesito
Y quiero que el mundo sepa que nos hemos encontrado
Si hubiera sido otro día
Quizá hubiese mirado hacia otro lado
Y nunca me habría dado cuenta
Pero así esta noche soñaré con ella
Enamorándome, sí, estoy enamorándome
Y ella sigue llamándome
Jamás he conocido nada parecido
He estado solo
Me he perdido cosas y he estado oculto
Pues las otras chicas no eran como ésta
Enamorándome,sí, estoy enamorándome
Y ella sigue llamándome
Acabo de ver un rostro
No olvidaré el momento y el lugar en que nos conocimos
Ella es la chica que yo necesito
Y quiero que el mundo sepa que nos hemos encontrado
Enamorándome, sí, estoy enamorándome
Y ella sigue llamándome.
Enamorándome, sí, estoy enamorándome
Y ella sigue llamándome.
Enamorándome, sí, estoy enamorándome
Y ella sigue llamándome.
Etiquetas:
It´s only rock´n´roll but I like it...
Desnudarse
Desnudarse va mas allá de despojarse de cada una de las prendas que nos cubren el maltratado y alicaído cuerpo. Es, sin temor a equivocarse, derribar con cada botón que se separa de su prisión una muralla de prejuicios sin fundamento, es bajar al mismo ritmo la cremallera de los complejos, mientras vemos que algo sensual existe y se desparrama en ese territorio descalzo que es el cuerpo desnudo. En otras palabras, desnudarse es abrir las rutas del deseo reprimido, es atreverse y exponer cada palmo de piel sin que por ello ronde en nuestras mentes las eternas preguntas que inundan la mente de los inseguros e insatisfechos: ¿Cómo me veo? Y los demás, al verme… ¿Qué dirán?
Andar desnudos es dejar que broten nuestras temidas calamidades convertidas en lujuria, es darse el gusto de mostrarse así, sin nada que ocultar; es la forma más honesta de decir: “Sí, este soy yo, les muestro mis rincones más profundos, les ofrezco los brotes de mi cuerpo para que les palpen, les entrego una imagen así, portentosa, del extraño retazo de cuerpo que algún dios infame me regaló… Estos son los pliegues que he trazado, recórranlos; estas son las venas que me inundan de vida, siéntanlas… Estas son mis manos y mi pecho, mis piernas y mis brazos, mi pubis que se hunde en la espera de algo que no sabe si algún día llegará… He aquí la geografía exacta de mi cuerpo que nunca muestra mapas definidos, porque sus montes y sus valles cambian constantemente: crecen, se ensanchan, de repente se achican y vuelven a crecer, florecen indefinidamente aún cuando les poden de manera regular; sus volcanes apagados en otros tiempos fueron fuego y erupción, magma de cera tibia que sin ningún recato brotaba y se regaba para llenar cuencas ajenas y húmedas cuando los días de placer eran vastos y mejores”.
No basta desnudarse de cuerpo entero. A veces, será necesario sólo desnudar alguna parte, así sea la más íntima y secreta, solo para advertir en la mirada del que observa cómo de reojo y con sobrado disimulo trata de penetrar en las selvas más secretas, como intentando recorrer los telones de lo obsceno únicamente para darse cuenta de que, aunque lo que se muestra ante él es lo mismo que tienen otros, quizá el secreto especial es que lo tuyo ha estado por tanto tiempo oculto que hoy, semidesnudo, adquiere una dimensión diferente, un significado que te reivindica y te hace de repente convertirte en un signo de misterio que se esconde entre el vello hirsuto y la oscuridad tambaleante de lo que ronda por lo imaginario y la sinrazón…
Sea pues, que espero que estas palabras me hayan permitido desnudarme ante tus ojos –no sin un poco de recato, al fin humano domesticado que soy- y te dejen advertir en mi cuerpo expuesto y vulnerable toda la fortaleza que anida en él, muy adentro cuando intento, palabras más, palabras menos, mostrarte sin tapujos lo que pienso y lo que día a día pretendo regalarte: simplemente lo que soy.
Javier Ruiz Paredes
miércoles, 24 de noviembre de 2010
Treinta y cinco años después…
Treinta y cinco años después, sigo compartiendo mi soledad interna con aquellas cosas esenciales para vivir. Hay suficiente espacio en la mecedora como para que quepamos dos. El mullido cojín del asiento deja descansar mi agotado cuerpo y al lado mío reposa, bajo el cobijo de un abrazo reumático, el fantasma de la obsesión.
Mira, la ausencia de dentadura original no ha sido obstáculo para seguir hablando, sólo que al paso de los años ya aprendí que el ímpetu no necesariamente se convierte en razón. Mi hablar es ahora más pausado por necesidad, no porque yo lo quiera así. He descubierto que de tanto seguir intentando ser vehemente, en ocasiones el aire de la respiración se escapa, me deja sin aliento la locura y a punto de la asfixia de mi vejez, me invade una fiebre que no he podido después de bastante tiempo controlar.
Apenas y escribo, creo que entiendes el por qué… Las manos siguen en su lugar, los sentimientos difícilmente se pierden, pero debo aceptar que el temblor en los dedos, añejos cómplices de cartas y poemas, son una prueba clara de que la vida se escapa, se diluye con facilidad. Sin embargo, hoy la bufanda alrededor de mi cuello y el pesado abrigo de lana que encorva más mi delgado cuerpo no logran quitarme este frío que cala en lo más profundo del alma. Ni la calefacción eléctrica ni las vaporizaciones alivian las deplorables condiciones de este quejumbroso anciano en que me he convertido, de verdad.
Apuro el último trago del té naturista que me recomendó el doctor y mientras lo hago, extraño el sabor del café matutino y el aroma de un cigarro de tabaco oscuro que eran parte de mis antiguas costumbres, de mi eterno ritual. Mientras pasa por mi garganta el líquido tibio, me imagino que así de lento y pausado es el transito de mi sangre por las venas y arterias de un cuerpo atacado por el colesterol y achacoso de tos perpetua, herencia recibida con justicia para mi espíritu de fumador.
Un té.
Sólo un té para una boca callada que de pronto recuerda otros sabores, distintos aromas que no son alimento del cuerpo, sino nutrimento para una imagen de nostalgia que en estos años de nostalgia no he podido averiguar dónde se hallará. Es duro reconocer que hay un secreto callado a más de tres décadas de distancia, mismo que no sabría cómo explicar hoy a quienes me acompañan en este territorio más cercano a la muerte que a la esperanza de envejecer, preferentemente acompañado de la eternamente inalcanzable felicidad.
Mientras revivo instantes frescos para un presente incierto que no se sabe cuántos días durará, sonrío porque he vuelto a ser infiel, al menos de pensamiento, al recordar con regocijo el nombre de ese recuerdo de locuras que nunca imaginé enfrentar.
…
¿Dónde andarás?
No quiero acordarme de despedidas infructuosas. –“Llueve, truene o relampaguee, el final tendrá que llegar”-, solías decirme, lo recuerdo ya. Y en efecto, han llovido tantas tormentas en nuestras vidas que al menos yo he aprendido a sumergirme en la profundidad de las añoranzas sin ahogarme, aún sin haber aprendido a nadar. ¿Recuerdas? Nunca creíste que no sabía nadar. Y sin embargo, tampoco nunca te percataste que disfrutaba navegar en tus palabras, que gozaba como nadie viendo mi rostro reflejado en tu brillante mirada que, de vez en vez, me colmaba de absoluta claridad. ¿Sabes? Mi mente trae en este instante muchas otras cosas más. Por ejemplo, cierto día que estuve enfermo de gripe, me sugeriste un té para aliviar mi malestar. ¡Qué pésima muestra de amor la mía, que treinta y cinco años después me lo vengo a tomar! Y no por convencimiento pleno de amistad, sino por mandato de un médico que más que aliviarme me acabará de matar.
A estas alturas de nuestras vidas lo único que truenan son los huesos en cada paso que uno da. Aunque viendo las cosas en retrospectiva y con calma, todavía escucho el crujir de las hojas secas por un sendero que caminamos cierta noche juntos, tomados tímidamente de las manos, sí, esa noche del primer beso cobijado con el manto de la oscuridad. Hoy, esa avenida ni siquiera existe como era en esos días, porque ha sido transformada y mancillada en aras de la posmodernidad. Ahora que lo pienso, sería adecuado acompañar estos recuerdos imborrables y silenciosos, siempre callados, escuchando ese viejo disco de Aute que tendré que desempolvar. Es curioso, pero esa música ya no la escuchaba desde ese lejano día en que decidimos que ya no había más por dónde avanzar. Me pregunto ahora: ¿Cómo es que hemos sobrevivido a tantos recuerdos, si ese día de despedidas húmedas y lluvias saladas comprendimos que esa decisión era lago difícil de soportar? Bien dicen que el tiempo todo lo cura, pero si esto es verdad, no comprendo por qué ahora, justo en este momento de recuerdos me aqueja un extraño dolor que me inunda de ganas de llorar.
Bien. Todo está bien…
Digo que está bien porque finalmente hemos sobrevivido en varios sentidos. Primeramente, quién diría que llegaríamos a pensarnos uno al otro a esta edad francamente precaria. Bueno, digo pensarnos porque nada le agradaría más a este tierno y encantador anciano que saber que tú, en esos ratos en que los nietos no retozan en tus rodillas, o tu alergia al jugo de naranja matinal no te molesta más, tal vez te dediques a escombrar como yo el baúl de los recuerdos, mientras te ríes al leer los textos cargados de locura que solía inventar. Únicamente para ti. ¿Acaso los conservas? Y si es así, ¿dónde los ocultas? Después de bastante tiempo sin leerlos, ¿qué me podrías hoy comentar? Mírame aquí, desperdiciando mis últimos segundos en este mundo solitario pensando en ti, sin saber siquiera dónde estás, con quién vives, cuántos de tus sueños se volvieron realidad.
Realidad. Siempre la maldita realidad…
Lo que es real es que en esta tarde somnolienta un dulce sueño me ha hecho traerte con gran facilidad. Una gran ventaja, al menos para mí, tiene todo esto. Sigo espantándome cada vez que me miro por las mañanas en el espejo, porque debo confesarte que de aquellas canas ya no queda nada; hoy por hoy ya comienzo a creerme de mente brillante, pues la falta de pelo le ha dado lustre a mi peculiar personalidad. En cambio, la despedida de aquel día se llevó otras cosas, aunque al menos una la guardé para siempre: la dulce imagen de quien miró mis deseos y anhelos con ojos de honestidad. Esa fotografía mental, pequeña -¿recuerdas? En ocasiones así te decía…-, la he guardado en el corazón, y créeme que ni siquiera los tres infartos acumulados la han podido expulsar. Decenas de radiografías, angiogramas y electrocardiogramas me han puesto desnudo ante las miradas atónitas de enfermeras y galenos, quienes no han atinado a descifrar hasta el día de hoy cuáles son las verdaderas causas de este malestar vetusto que me encoge el corazón con gran pesar.
Más allá de cualquier prescripción médica y de electroshocks que descargan en mi pecho pero que únicamente dañan la corteza de mi deteriorada edad, muy por dentro me sonrío de pensar que les he estado tomando el pelo todo este tiempo, pues yo mismo, aún a pesar de mi avanzada vejez, sé bien cómo mejorarme, conozco el camino para que esa última reserva del tanque que me dejaste años atrás sea apenas suficiente para sentirme mejor delo que estoy en verdad.
La respuesta es simple.
Hoy y siempre como hace treinta y cinco años, con sólo pensarte me has inyectado una alegría indescriptible que rejuvenece mi piel arrugada, dejando que sin recato muestre la dentadura postiza revelada en sonora carcajada que despierta, al igual que hace mucho tiempo atrás, una ligera sospecha que hace a alguien preguntar:
-Y ahora, ¿de qué te ríes tú?
(Mi mirada sigue perdida, la sonrisa bien puesta en el horizonte del recuerdo que te ha traído hasta aquí, justo a mi lado)
-¡Ay, como siempre! ¡Metido en tus cosas que desde cuando debiste tirar!
(Comienzo a guardar aquello que llaman “tus cosas”, pero que en términos prácticos yo nombro “mi vida muy particular”)
-Javier, ¿es que no te has percatado que esos papeles son ya inservibles? ¿Por qué no te deshaces de ellos de una buena vez, ahora que todavía tienes tiempo para hacerlo?
(Mientras comienzo a refunfuñar como buen abuelo, me detengo un instante a pensar lo que me han dicho y me pregunto: ¿acaso eso de “todavía tienes tiempo para hacerlo” significa “lo poco de vida que te queda por dar”?)
Bueno, si esa fue la intención lo agradezco, porque nunca me arrepentiré de mi forma de vivir, mucho menos de mis necesidades y motivos por los cuales me desgasté infructuosamente; pero por encima de todo, nunca me arrepentiré de aquellas pequeñas cosas que nacieron el día que te conocí, hace exactamente treinta y cinco años. Tampoco podré olvidar, por supuesto, esa mirada dulce, la sonrisa alegre que de vez en vez me esperaba en una mesa hoy abandonada; mucho menos dejar en el pasado la sensación de aquellas manos que hoy cuánto disfrutaría me acariciaran nuevamente como lo hicieron en esos bellos instantes de soledad compartida.
En estos momentos ya es de noche. He desperdiciado algunos instantes escuchando simples regaños, pero hay algo que nadie me podrá quitar. Esta noche, aquel extraño insomnio estoy seguro habrá de llegar. Pasaré mi última noche en vela, pensando en zorros y príncipes, en sirenas encantadas y canciones escritas al calor de la ansiedad. Y en el paso lento de la noche, compartiré seguramente contigo, en la distancia de los cuerpos y los besos apagados, un viejo boleto de concierto que pueda durar toda la eternidad. Lo único que lamento es que mi último viaje no será, como alguna vez te lo propuse, con un asiento compartido contigo y mucho menos para recorrer uno, dos o tres caminos distintos. Pero no importa. Aunque ya mi fría amiga tenga para mí otro boleto, la muerte esta noche sabrá esperar.
Después de todo a ella, estoy seguro, también la terminaré de enamorar…
Javier Ruiz Paredes
jueves, 11 de noviembre de 2010
POEMA DE AMOR/GALERNA
Galerna:
"Temporal súbito y viento intenso que azota el mar y sus costas,
generalmente en temporadas de primavera y otoño;
aparece en días calurosos y apacibles trayendo consigo
un descenso de la temperatura, acompañado de cortas pero intensas lluvias".
Voces distantes que sueltan conjuros,
Ecos lejanos que evocan lo que sólo se puede soñar,
Travesía de palabras que naufragan en el olvido
En la búsqueda de un atajo que las lleves hasta tu altar…
En el rito cotidiano de los días
Se celebra un reencuentro en soledad:
Tu poema que se escurre entre mis dedos
Y mi alma que se atreve a navegar;
En la vasta inmensidad de los renglones
Se decanta el verbo firme que me das
Para hacer en la borrasca algún velero
Que se meza en los vaivenes de humedad…
Es por eso que en las noches de galerna
-Soy gaviota-
Vuelo libre, busco nidos, surco el mar
Para ver si en la cubierta de tus naves
Hay un hueco en el que pueda descansar…
Sujeto al timón de días inmensos
Tierra firme es lo que busco en mi interior
Para ver si en ese oculto recoveco
Cabes tú
-Sirena amiga-
Cuerpo de ola y tempestad.
Es tu playa a la que arribo un buen refugio
Donde bebo manantiales sin temor,
Mientras alzo con la arena tu figura
Que se yergue,
Me da sombra,
Es protección.
Vastedades que se ensanchan si me miras,
Oquedades que se colman de color
Si al mover mi fiel pincel de aguamarina
Surge un trazo,
Surge un rostro,
Surges tú…
Soy un ave inmigrante en su derrota
Por hallar su isla fértil bajo el sol.
Soy la vida que se escurre
-Gota a gota-
Cuando abundan las ausencias y un adiós;
Hoy no dejes que a la arena se la lleve
La marea de una tarde con dolor;
Ve y construye con palabras una balsa,
Sube a ella y navega sin temor.
Porque siempre que te sientas desolada
Hay un faro que ilumina más que el sol:
Es mi estrella que te aguarda impaciente,
Es la luz que se desata en ciertas noches
Cuando escribo este poema con amor...
Javier Ruiz Paredes
lunes, 8 de noviembre de 2010
EL ULTIMO DE LA FILA - LAPIZ Y TINTA
Tela, cinta, otra vez a empezar.
Lápiz, tinta, y al paisaje a robar.
Y al placer de reencontrar
el limbo de un tiempo que se nos va.
Libro, nube, ese es mi descanso.
Árbol, fuente, cada vez que despierto.
Ser durmiente. En la espuma de un antojo camuflarse.
Para completa inocencia,
en las calderas del sueño divagar.
Que los días se van, río son.
Ahora quiero sentir, caminar.
Ahora quiero pintar, percibir
el color de esa flor que se marchitará.
Pinto, verdes parajes de belleza desolada,
vivo lo efímero y su valor.
Bebo, apuro desperdicios de mi vida,
me recojo en la templanza de la tregua que me da
la anestesia del recuerdo.
Que los días se van, río son,
ahora quiero sentir, caminar,
ahora quiero pintar, percibir
el verano fugaz que ya se nos va.
Lápiz, tinta, y al placer de reencontrar.
Astronomía Razonada (1993)
El Último de la Fila
jueves, 4 de noviembre de 2010
Navegar en el mar...
Resulta incomprensible navegar en el mar de las pérdidas profundas y no hallar ahí, en medio del vasto silencio que se agranda, una tabla a la cual sujetarnos, náufragos que somos de afectos, de rostros que se pierden en el adiós y que no regresarán, lamentablemente, jamás… Cientos de marineros y sirenas han sucumbido ante las olas del recuerdo, e incapaces de leer los signos de los mares han quedado convertidos sin remedio en gotas saladas que, por extraño que parezca, nunca se cansan de caer en esas noches tormentosas a manera de una extraña mezcla de lluvia y llanto que se derrama sin cesar.
Esta noche de insomnios incomprensibles, he querido tejer con mis palabras una balsa hecha de recuerdos sólo para ti; lo único que hace falta es que antes de abordarla te despojes por última vez de esos lastres innecesarios que son los arrepentimientos, los deseos incumplidos y las sensaciones de haber quedado en deuda con alguien, quizás muchos, de todos aquellos que en este crucero vertiginoso que es la vida nos acompañaron y de tiempo atrás ya no están…
No basta con poseer la balsa, abordarla y remar; en las horas nocturnas la oscuridad nos devora, ahuyenta la luz de la razón y nos hace sentir el peso de un fardo llamado realidad. Sea pues, elijamos bien el faro que sólo por hoy habrá de centellear en el horizonte, para guiarnos hasta esa playa arenosa en la que seguramente los recuerdos gratos nos esperan, nos regocijan y nos dejan en los labios una sonrisa fresca que conjura olvidos y en su lugar dispone sonrisas, tal vez besos, aquellas tiernas palabras que aún en la Ausencia siempre nos llenan los oídos con voces que creímos no volveríamos a escuchar. ¿Qué tal una vela encendida para esta noche navegable en el mar de lo que se añora? Tal vez no llevas fósforos, pero eso no es tan trascendental. Hoy derrocarás el gélido sentido de la indiferencia cotidiana y sumarás quimeras que lentamente se transformarán en el cálido recuerdo de aquellos y aquellas que, ¿no te habías dado cuenta? , siempre te han esperado para amainar tu soledad… Esta noche el calor que se perpetúa en tu memoria será fuego que encienda tu vela, candente metáfora de un par de almas que siempre brillarán para ti aún en las peores noches de soledad.
Un buen navegante requiere mapas celestes que le orienten a encontrar su Norte, porque brújula no hace falta: está bien dispuesta ahí, justo en el espacio preciso que ocupa el corazón. Ahora, será preciso desplegar cada centímetro de tu piel, tenderla ahí al pie de la balsa y dejar que cada poro se convierta en una coordenada exacta que nos permita ubicar en qué parte de nuestro cuerpo se encuentran aquellas sensaciones extraviadas:
El primer día en que sentiste el calor de los labios de tu madre cuando recién nacida juró que te cuidaría como nadie lo podría hacer jamás; la mano firme de él, tu padre, cuando en una tarde verano te hizo brincar los charcos y quitarte el miedo mientras veías a tus escasos cinco años que aquellos días eran plenos, llenos de sol y lluvia, azules y frescos como el parque donde el solía llevarte a pasear.
O tal vez, ese sentimiento de complicidad que siempre se tiene con una hermana que, indiscretamente algo escucha, pero que al verte tan radiante simplemente sonríe mientras con la mirada te dice que sabe TU secreto y a la vez te promete que sabrá guardarlo para toda la eternidad; la misma que comprende tu silencio, y que aunque no lo diga, sufre cada rompimiento como si fuera suyo y se dispone a escuchar la triste melodía que siempre oyes cuando te inundan las ganas de llorar; sí, la misma que comparte contigo algunas prendas, después del infaltable enojo porque tal vez usaste algo de ella sin permiso y después olvidaste dejarlo en su lugar …
Una vez ubicados estos puntos de tu geografía emocional, simplemente cierra los ojos, rema lentamente, no corras prisa, y deja que la barca de este sueño sea guiada suavemente por cada latido de tu corazón… No importan las mareas despiadadas, tu vela es inagotable, lo único que debes hacer es no llorar para no apagarla, además de leer con la palma de tu mano hacia dónde corre esta noche el viento, porque hoy dejará de ser calamidad para convertirse en remero infatigable que no descansará hasta llevarte a buen puerto, a esa playa donde es preciso llegar.
Aún no amanece, en lontananza el cielo y el mar se funden y el agua de este último moja tus pies descalzos, porque al fin has llegado; la balsa ha varado y tú desciendes y caminas con tu vela incandescente hasta llegar a esa roca en la que extrañamente un par de gaviotas albas han anidado, como quien rechaza vivir en el acantilado porque simboliza el precipicio y la caída de los tiempos que sepultan en el olvido los nombres y los días, los sitios y las cosas, el consuelo y la esperanza de saber que el mundo es más ancho y que llega más, mucho más allá de lo que profetas y sabios nos quieren hacer creer como si fuera la Única verdad…
Ya comienza e despuntar el sol. Ahora, ya puedes apagar la vela, porque su magia ha perdido razón de ser y la luz y el calor realmente necesarios ya los llevas dentro, están tatuados a fuego en tu alma y tu memoria y son huella indeleble que muestra sin pudor que amaste y fuiste amada por un amoroso padre y una alegre madre que de pronto despliegan las alas y se elevan dichosos, porque al fin has comprendido que la vida nunca termina, que lo único que cambian son los sitios pero siempre hay un trazo en el destino que a todos nos reúne y nos convoca, tarde o temprano, siempre en la misma playa, con el alma humedecida por la brisa marina y la cara luminosa mirando sonriente de cara al sol …
El sueño está a punto de terminar…
Antes de que esto ocurra y resulte inevitable el regreso, lanza tu red de magia danzante y atrapa con ella una hermosa estrella de mar; después, busca una imaginaria flor marina y llévala entre tus manos hasta aquella roca en la que había dos gaviotas misteriosas que nunca se marcharon porque supieron que tú ibas a llegar. Ahí, coloca una sencilla ofrenda: Una estrella de buena suerte que sea signo inequívoco de que aún en las complejidades de la vida, siempre existen cinco caminos que se abren a quien los quiera tomar; una flor marina que nos revele que la vida es un aroma tenue que siempre podremos respirar. Ah… por último, una caracola de mar. Esa no la pongas en la ofrenda, llévala contigo y colócala a escondidas debajo de tu almohada como si fuera aquel viejo secreto escrito en una carta que seguramente has de haber olvidado ya. Cuando sientas ganas de platicar con él o con ella, pégala muy bien a tu pecho, porque tu corazón sabrá decir con el ritmo de cada uno de sus latidos lo que hay dentro de ti: la alegría de saberte dichosa por tener confianza en un amor a quien esperar; el enfado por dos hijos que cuesta mucho trabajo educar; la soledad compleja de una mujer que a veces de tanto y tanto ni siquiera tiene tiempo de sentarse a respirar. Si así lo haces ellos –tu padre y tu madre- te podrán escuchar. Entonces, sólo entonces, a la noche siguiente coloca la caracola en tu oído, bien pegadita y podrás claramente la respuesta escuchar: En ese vaivén rumoroso del sonido de la caracola está el eco inagotable de un profundo amor perenne –el de ella y él- ; es la reafirmación de que no importan las distancias ni los mares o montañas como tampoco los desiertos de arena y los desiertos del alma: siempre hay alguien que nos escucha, que nos cuida y reconforta, que habita en los indescifrables misterios intangibles de la vida que se transforma, pero que nunca termina, porque terminar sería aceptar que no hay nada ni nadie mas allá…
La próxima vez que vayas a la playa, piensa en traerme una caracola marina, porque también como tú me he sentido solo y con ganas de llorar…
Javier Ruiz Paredes
martes, 15 de junio de 2010
Against the Wind
It seems like yesterday
But it was long ago
Janey was lovely, she was the queen of my nights
There in the darkness with the radio playlng low
And the secrets that we shared
The mountains that we moved
Caught like a wildfire out of control
Till there was nothing left to burn and nothing left to prove
And I remember what she said to me
How she swore that it never would end
I remember how she held me oh so tight
Wish I didn’t know now what I didn’t know then
Against the wind
We were runnin’ against the wind
We were young and strong, we were runnin’
Against the wind
And the years rolled slowly past
And I found myself alone
Surrounded bv stranners I thought were my friends
I found myself further and further from my home
And I guess I lost my way
There were oh so many roads
I was living to run and running to live
Never worried about paying or even how much I owed
Moving eight miles a minute for months at a time
Breaking all of the rules that would bend
I began to find myself searchin’
Searching for shelter again and again
Against the wind
A little something against the wind
I found myself seeking shelter against the wind
Well those drifters days are past me now
I’ve got so much more to think about
Deadlines and commitments
What to leave in, what to leave out
Against the wind
I’m still runnin’ against the wind
Well I’m older now and still
Against the wind
But it was long ago
Janey was lovely, she was the queen of my nights
There in the darkness with the radio playlng low
And the secrets that we shared
The mountains that we moved
Caught like a wildfire out of control
Till there was nothing left to burn and nothing left to prove
And I remember what she said to me
How she swore that it never would end
I remember how she held me oh so tight
Wish I didn’t know now what I didn’t know then
Against the wind
We were runnin’ against the wind
We were young and strong, we were runnin’
Against the wind
And the years rolled slowly past
And I found myself alone
Surrounded bv stranners I thought were my friends
I found myself further and further from my home
And I guess I lost my way
There were oh so many roads
I was living to run and running to live
Never worried about paying or even how much I owed
Moving eight miles a minute for months at a time
Breaking all of the rules that would bend
I began to find myself searchin’
Searching for shelter again and again
Against the wind
A little something against the wind
I found myself seeking shelter against the wind
Well those drifters days are past me now
I’ve got so much more to think about
Deadlines and commitments
What to leave in, what to leave out
Against the wind
I’m still runnin’ against the wind
Well I’m older now and still
Against the wind
Bob Seger
Parece que fue ayer
Pero ocurrió hace mucho
Janey era encantadora, ella era la reina de mis noches
Allí en la oscuridad con la radio sonando bajo
Y los secretos que compartimos
Las montañas que movimos
Abrazados como un fuego salvaje fuera de control
Hasta que no había nada por quemar ni nada por probar
Y recuerdo lo que ella me dijo a mí
Cómo ella juro que nunca terminaría
Recuerdo como ella me sostuvo, oh tan estrechamente
Deseo no saber ahora lo que antes no sabía.
Contra el viento
Nosotros andábamos contra el viento
Éramos fuertes y jóvenes, y andábamos…
Contra el viento.
Los años rodaron lentamente hacia el pasado
Y yo me encuentro a mi mismo solo
Rodeado de extraños que eran mis amigos
Y me encuentro lejos y más lejos de mi hogar
Y pienso que perdí mi sendero
Había oh tantos caminos
Y vivía para andar y andaba para vivir
Nunca preocupado de pagar ni aún cuando debía
Moviendo ocho millas por minuto por meses a la vez
Rompiendo todas las reglas que se pudieran quebrantar
Empecé a encontrame a mi mismo tal y como lo buscaba
Para resguardarme una y otra vez.
Contra el viento
Solo algo pequeño contra el viento
Y encontré el resguardo que encontraba contra el viento
Bueno ahora esos días a la deriva ya no son míos
Tengo mucho más por pensar al respecto
Plazos y tributos
Que dejar adentro, que dejar fuera.
Contra el viento
Yo sigo andando contra el viento
Estoy viejo ahora pero sigo andando contra el viento.
Bueno ahora soy viejo y sigo andando
Contra el viento
Contra el viento
Contra el viento
Yo sigo andando
Yo sigo andando contra el viento
Sigo andando
Andando contra el viento
Andando contra el viento
Veamos al hombre joven andar
Miramos al hombre joven andar
Miramos al hombre joven andando
El andará contra el viento
Deja el paseo de los vaqueros
Deja el paseo de los vaqueros
Ellos andarán contra el viento
Contra el viento…
Etiquetas:
It´s only rock´n´roll but I like it...
Jim Capaldi - Eve
Eve, there's a woman in your eyes
Ooo Eve you made me realize
Eve give me a smile
Ooo Eve you're only a child
But it's making me turn my head all the time
'cause looking at your face is like seeing the sunshine
Eve I'll never let you down
Ooo Eve I'll always be around
And it's making me turn my head all the time
'cause looking at your face is like seeing the sunshine
Eve give me a smile
Ooo Eve you're only a child
Etiquetas:
It´s only rock´n´roll but I like it...
El amor hace milagros
El amor hace milagros.
De adolescente uno se asume intrépido, osado, capaz de devorarse el mundo, golpearlo con toda la energía que la juventud nos da… a menos que sea con un bate de beisbol, porque entonces las circunstancias cambian, obligan a ser preciso, a blandir el tolete con destreza y esperar con calma el lanzamiento exacto, el adecuado para que el swing sea fructífero y de golpe mande la pelota lejos, a aquellas fronteras infinitas que sólo unos cuantos podrán, de vez en cuando, rebasar.
Uno era más bien futbolero, habitante de la calle polvosa al fin. Sería por eso que no encajaba en los rituales deportivos de los compañeros de la Escuela Secundaria N° 71, habituados a la práctica de dos deportes específicos: el futbol americano y el beisbol. Recuerdo haber ido a casa de Isidro en muchas ocasiones, motivado por las invitaciones para practicar un deporte que hasta entonces había pasado inadvertido para mí, que era el beis. Y también me recuerdo sorprendido al descubrir la generosidad de su padre al haberle dotado ni más ni menos que de todo el armamento indispensable para librar una batalla a toletazos. Guantes o manoplas de piel lo mismo de cátcher que de pitcher, o vayan a saber si de jardinero o… nunca me quedó clara la diferencia entre unas y otras, salvo la del cátcher que esa sí era más gruesa y redonda. Bates de madera y uno de aluminio, además de guantes de piel para que se tuviera el agarre suficiente al momento de batear. Toda la parafernalia necesaria estaba ahí, frente a un grupito de cuatro de quienes yo dudaba fuéramos capaces de usar todo aquel armatoste para divertirnos con libertad… El otro problema que había es que yo soy zurdo, y en consecuencia esa pequeña diferencia se convertía en problema cuando se trataba de cachar, porque obviamente nadie tenía una manopla especialmente diseñada para mí. No hubo problema, porque Isidro simplemente sugirió:
- ¿Por qué no usas ésta que es más blanda? Te la pones en la mano izquierda y ya está…
- Pero, ¿no crees que sea algo complicado?- Decía yo mientras sentía la incomodidad de usar algo “al revés” a mi condición de zurdo natural.
Puede más la pasión que todos los obstáculos, así que al rato ya estábamos sobre la calle de Copacabana, muy cerca del Parque de los Patos, lanzando de un lado para otro pelotas elevadas con la debida precaución para no estrellarla contra los parabrisas de los autos que estaban aparcados ahí. Obvio, muy divertido no era, al menos para mí, acostumbrado más al ir y venir tras de un balón desgajado, a solventar las presiones del contrario con la magia de un pie izquierdo que de vez en cuando me daba alegrías y satisfacciones en un partido callejero de futbol. Jugar beisbol implica la necesidad de espacio, un área delimitada para sentir la confianza de soltar el garrotazo pleno y a la vez contar con el campo suficiente para correr y atrapar los elevados cuando estuviera uno a la defensiva. Y así fue como algo empezó a ocurrir.
Eran sin duda muchos los compañeros que tenían guantes y bates. Recuerdo que las pelotas no eran tan caras y además había unas de marca nacional –“marca conejo, antes rabbit”, así decía la impresión en la piel de la pelota-, así que el caldo de cultivo estaba preparándose, únicamente faltaba el cocinero especializado que con su toque pudiera convocar a los comensales a tan suculento banquete deportivo. No sé cómo ocurrió, el caso fue que un día en la escuela Isidro y Arturo Farías comenzaron a reclutar jugadores, porque algo extraordinario estaba a punto de gestarse: un torneo inter-grupos de nuestra secundaria de beisbol. Y claro, por supuesto que jugué. Está de más decir que la razón no fue mi habilidad como pelotero, más bien la enorme necesidad de agregar a unos cuantos, entre ellos yo, para poder completar la novena y así dar forma al equipo. Ingrata que es la memoria, recuerdo a unos cuantos, entre ellos los ya mencionados Isidro y Arturo, además de Guillermo, David a quien apodaban “el Yogui”, y a otro compañero que vivía cerca de la casa de Claudia Liduvina, entrañable compañera de aquellos días. Tampoco recuerdo cómo se armó la competencia, y si la memoria no me traiciona se juntó una cantidad de dinero a manera de inscripción que era el premio que se entregaría a quien ganara la competición. La sede ideal era el Parque de las Flores, porque contaba con una explanada que en ese entonces se me hacía inmensa y adecuada para tal fin.
No recuerdo si fueron muchos o pocos partidos. Mucho menos contra quiénes nos tocó competir. Lo que sí recuerdo es que no falté a ninguno de los partidos, aún con mis propias limitaciones y desventajas que después comprendí que podían convertirse en virtudes. Finalmente, debo reconocer que los zurdos no abundan, y que lanzarle a un zurdo a veces resulta complicado para el pitcher… pero esa “sabiduría deportiva” me llegó mucho después. En el afán de tener un equipo competitivo, Isidro consiguió quién sabe en dónde una viejísima manopla para zurdo de color … ¿qué color era? Tan vieja era la famosa manopla que ni se podía apreciar el color original. Pero no hubo problema. Esa ausencia cromática la resolví aplicando una generosa capa de esmalte en aerosol negro, que dejo mi guante negro, brillante… y algo tieso.
Mi papel en el equipo, además de completarlo para formar la novena completa, era cumplir con la función de pitcher, claro, con las precisas indicaciones de mi manager: -“Tú sólo lanza la pelota al bateador, no te muevas y procura no estorbar”- así seguramente me habría dicho Isidro, a quien obedecí ciegamente, a decir verdad. Y creo no haber estorbado tanto, porque después de varios encuentros nuestro equipo, sorprendentemente, logró llegar a la final. No me preguntes contra quién, amable lector, porque eso no lo recuerdo ya. Lo que sí nunca olvidaré son las circunstancias que se dieron, fortuitamente, para que yo de ser un riesgo de estorbo me erigiera en héroe involuntario de una anécdota deportiva que devino amorosa por destino y corazón.
Era el partido final. Y en ése, como en muchos otros, además de los jugadores estaban las compañeras del grupo, que no necesariamente iban para apoyarnos, más bien aprovechaban el partido para de paso ver a los otros chicos de los demás salones que por supuesto les agradaban. Pero eso para mí no era problema, porque Ella siempre estaba ahí. La recuerdo siempre junto a sus amigas, de vez en cuando platicando con los compañeros, incluso con mucha confianza, y yo le veía y escasamente hablaba con Ella –recuerda que ya mencioné antes que eso de decir lo que siento y expresarlo con precisión siempre fue un problema para mí-; así que como podrás advertir el juego implica riesgos, inquietudes e incertidumbres. No sé si habrá sido un partido reñido, mucho menos me aventuro a decir que fue espectacular. El caso es que llegó a la entrada final con un empate entre nosotros y ellos, nuestros rivales. Cerrábamos al bateo y todo lo que se lograra sería en consecuencia ganancia para el equipo en el cual jugaba. Pero había un pequeño problema: en esa ronda de bateadores estaba yo, que no era nada bueno para el bate. Y eso sí que era un conflicto, no para mí, sino para Isidro, que quizás veía en riesgo su orgullo ganador sabiendo de antemano mis limitaciones deportivas en el beis. Listo que era, Isidro tuvo una idea genial, para él, por supuesto. Me sugirió "muy sutilmente" que me hiciera el perdedizo, como si ya me hubiera ido porque otro reto monumental –la tarea- me esperara. Así que dócilmente tomé mi viejísima manopla laqueada de esmalte negro, me escabullí por detrás de el muro de fondo del foro al aire libre que tenía el parque y aguardé pacientemente a que se desarrollara el final del juego y el resultado llegara hacia mí.
La espera no fue tan prolongada, no porque el juego acabara pronto con el resultado esperado. Lo que ocurrió es que alguien del equipo contrario me vio por ahí, y por supuesto que los rivales no se “tragaron” ni tantito el chisme de que me había tenido que ir. Así fue que, cual prisionero de guerra que es llevado al cadalso, bien custodiado por los acérrimos enemigos, fui trasladado de regreso al campo de juego para cumplir cabalmente con mi deportiva obligación. Con bate en mano me dirigí a tomar la posición y esperar el lanzamiento, cuando de repente Isidro se me acercó para decirme con notable seguridad: -Si logras batear bien, te prometo que Ella te dará un beso en la boca-. Es muy seguro que él haya confundido mi inseguridad con el bate con la incredulidad del enamorado ingenuo, porque al verme algo indeciso, fue por Ella para preguntarle justo frente a mí: -¿Verdad que sí le vas a dar el beso en la boca?- Y Ella, apenada, musitó en voz tenue un “sí” que me hizo sentir todavía más el miedo en tan exigente situación.
Parado ahí, frente al pitcher, viendo el horizonte lejano cuya frontera nacía justo donde se terminaba la acera para dar paso al tránsito veloz de los autos que corrían veloces sobre el Eje Cinco Sur, no inicié ningún ritual con el cual poder garantizar una actuación decorosa para cerrar dignamente mi novel participación como beisbolista. Mucho menos me encomendé a algún santo para que me librara de una vergonzosa retirada del plato, ponchado y con el repudio justificado de mis compañeros de equipo. Y hoy, después de 30 años de esto, creo que nada de aquello era necesario, porque ese día, como muchos de mi niñez lejana, eran días plenos, poderosos, iluminados por una luz divina que no era otra cosa que el azar y el valor que a veces confundimos con miedo mientras galopa, palpitante, nuestro corazón.
El bate golpeó la bola sin que yo pudiera percatarme de cómo fue que lo hice, porque entonces ignoraba muchas cosas de ese deporte extraño para alguien acostumbrado a otros juegos y otros territorios de diversión y libertad. El caso es que tan pronto sentí el vibrar del bate en mis manos y escuché el sonido seco de una pelota que es golpeada por casualidad, miré como ésta se elevaba portentosa. Fue como si de repente el aliento contenido de los ahí presentes fuera el conjuro que evitara que se desviara el vuelo de la bola por encima de nuestras cabezas, de la misma manera como salta y se desborda la inusitada alegría cuando vez que la gloria está muy cerca de tus manos, y que el anhelado trofeo está a punto de llegar a ti, que no confiabas en el poder que posee saberse querido, amado, ese sentimiento ingenuo que siempre nos llenaba el corazón y el cuerpo de calor.
Es grato el sabor del triunfo…
Pero lo es más todavía el sabor del recuerdo de unos labios que no se pueden olvidar. Porque como seguramente deducirás, amigo lector, el trofeo fue ganado a cabalidad; no el que consistía en la recompensa de un dinero acumulado que ni siquiera recuerdo si es que recibí algo de esa cantidad. A fin de cuentas, no creo haber hecho los suficientes méritos deportivos como para merecerme tal recompensa, si asumo que el éxito fue más producto del maravilloso azar que de mi triste capacidad deportiva. Lo que sí recuerdo es haber recibido no uno, sino muchos, muchísimos más besos de los que un triunfador pudiera haber pensado recibir. Y todavía me regocijo pensando en que aquella tarde devino noche plena de placeres inimaginados, sentados Ella y yo en una banca de piedra oscura, de las muchas que todavía están ahí, testigos mudos de esta historia, en el inolvidable Parque de las Flores. La última vez que anduve por ahí, fugazmente caminé atravesando la explanada donde hace treinta años ocurrió este capítulo de mi vida que nunca podré olvidar. La vida se ha extendido de manera incontrolable, pero extrañamente el parque ahora me parece pequeño, comparado con el peso del recuerdo de esos días que no volverán. Así que espero darme un tiempo en los días que están por venir, para ir a sentarme nuevamente en una de esas bancas, mientras miro con envidia a esos jóvenes que por ahí se esconden y se escapan para dar rienda suelta a sus deseos tiernos, o tal vez, simplemente, me quede mirando el espejo de la vida de otros chicos y chicas que dan rienda suelta a sus juegos mientras me hacen sentir que siempre habita en uno ese niño pequeño que hacía cosas extraordinarias por amor.
Simplemente amor…
Javier Ruiz Paredes.
De adolescente uno se asume intrépido, osado, capaz de devorarse el mundo, golpearlo con toda la energía que la juventud nos da… a menos que sea con un bate de beisbol, porque entonces las circunstancias cambian, obligan a ser preciso, a blandir el tolete con destreza y esperar con calma el lanzamiento exacto, el adecuado para que el swing sea fructífero y de golpe mande la pelota lejos, a aquellas fronteras infinitas que sólo unos cuantos podrán, de vez en cuando, rebasar.
Uno era más bien futbolero, habitante de la calle polvosa al fin. Sería por eso que no encajaba en los rituales deportivos de los compañeros de la Escuela Secundaria N° 71, habituados a la práctica de dos deportes específicos: el futbol americano y el beisbol. Recuerdo haber ido a casa de Isidro en muchas ocasiones, motivado por las invitaciones para practicar un deporte que hasta entonces había pasado inadvertido para mí, que era el beis. Y también me recuerdo sorprendido al descubrir la generosidad de su padre al haberle dotado ni más ni menos que de todo el armamento indispensable para librar una batalla a toletazos. Guantes o manoplas de piel lo mismo de cátcher que de pitcher, o vayan a saber si de jardinero o… nunca me quedó clara la diferencia entre unas y otras, salvo la del cátcher que esa sí era más gruesa y redonda. Bates de madera y uno de aluminio, además de guantes de piel para que se tuviera el agarre suficiente al momento de batear. Toda la parafernalia necesaria estaba ahí, frente a un grupito de cuatro de quienes yo dudaba fuéramos capaces de usar todo aquel armatoste para divertirnos con libertad… El otro problema que había es que yo soy zurdo, y en consecuencia esa pequeña diferencia se convertía en problema cuando se trataba de cachar, porque obviamente nadie tenía una manopla especialmente diseñada para mí. No hubo problema, porque Isidro simplemente sugirió:
- ¿Por qué no usas ésta que es más blanda? Te la pones en la mano izquierda y ya está…
- Pero, ¿no crees que sea algo complicado?- Decía yo mientras sentía la incomodidad de usar algo “al revés” a mi condición de zurdo natural.
Puede más la pasión que todos los obstáculos, así que al rato ya estábamos sobre la calle de Copacabana, muy cerca del Parque de los Patos, lanzando de un lado para otro pelotas elevadas con la debida precaución para no estrellarla contra los parabrisas de los autos que estaban aparcados ahí. Obvio, muy divertido no era, al menos para mí, acostumbrado más al ir y venir tras de un balón desgajado, a solventar las presiones del contrario con la magia de un pie izquierdo que de vez en cuando me daba alegrías y satisfacciones en un partido callejero de futbol. Jugar beisbol implica la necesidad de espacio, un área delimitada para sentir la confianza de soltar el garrotazo pleno y a la vez contar con el campo suficiente para correr y atrapar los elevados cuando estuviera uno a la defensiva. Y así fue como algo empezó a ocurrir.
Eran sin duda muchos los compañeros que tenían guantes y bates. Recuerdo que las pelotas no eran tan caras y además había unas de marca nacional –“marca conejo, antes rabbit”, así decía la impresión en la piel de la pelota-, así que el caldo de cultivo estaba preparándose, únicamente faltaba el cocinero especializado que con su toque pudiera convocar a los comensales a tan suculento banquete deportivo. No sé cómo ocurrió, el caso fue que un día en la escuela Isidro y Arturo Farías comenzaron a reclutar jugadores, porque algo extraordinario estaba a punto de gestarse: un torneo inter-grupos de nuestra secundaria de beisbol. Y claro, por supuesto que jugué. Está de más decir que la razón no fue mi habilidad como pelotero, más bien la enorme necesidad de agregar a unos cuantos, entre ellos yo, para poder completar la novena y así dar forma al equipo. Ingrata que es la memoria, recuerdo a unos cuantos, entre ellos los ya mencionados Isidro y Arturo, además de Guillermo, David a quien apodaban “el Yogui”, y a otro compañero que vivía cerca de la casa de Claudia Liduvina, entrañable compañera de aquellos días. Tampoco recuerdo cómo se armó la competencia, y si la memoria no me traiciona se juntó una cantidad de dinero a manera de inscripción que era el premio que se entregaría a quien ganara la competición. La sede ideal era el Parque de las Flores, porque contaba con una explanada que en ese entonces se me hacía inmensa y adecuada para tal fin.
No recuerdo si fueron muchos o pocos partidos. Mucho menos contra quiénes nos tocó competir. Lo que sí recuerdo es que no falté a ninguno de los partidos, aún con mis propias limitaciones y desventajas que después comprendí que podían convertirse en virtudes. Finalmente, debo reconocer que los zurdos no abundan, y que lanzarle a un zurdo a veces resulta complicado para el pitcher… pero esa “sabiduría deportiva” me llegó mucho después. En el afán de tener un equipo competitivo, Isidro consiguió quién sabe en dónde una viejísima manopla para zurdo de color … ¿qué color era? Tan vieja era la famosa manopla que ni se podía apreciar el color original. Pero no hubo problema. Esa ausencia cromática la resolví aplicando una generosa capa de esmalte en aerosol negro, que dejo mi guante negro, brillante… y algo tieso.
Mi papel en el equipo, además de completarlo para formar la novena completa, era cumplir con la función de pitcher, claro, con las precisas indicaciones de mi manager: -“Tú sólo lanza la pelota al bateador, no te muevas y procura no estorbar”- así seguramente me habría dicho Isidro, a quien obedecí ciegamente, a decir verdad. Y creo no haber estorbado tanto, porque después de varios encuentros nuestro equipo, sorprendentemente, logró llegar a la final. No me preguntes contra quién, amable lector, porque eso no lo recuerdo ya. Lo que sí nunca olvidaré son las circunstancias que se dieron, fortuitamente, para que yo de ser un riesgo de estorbo me erigiera en héroe involuntario de una anécdota deportiva que devino amorosa por destino y corazón.
Era el partido final. Y en ése, como en muchos otros, además de los jugadores estaban las compañeras del grupo, que no necesariamente iban para apoyarnos, más bien aprovechaban el partido para de paso ver a los otros chicos de los demás salones que por supuesto les agradaban. Pero eso para mí no era problema, porque Ella siempre estaba ahí. La recuerdo siempre junto a sus amigas, de vez en cuando platicando con los compañeros, incluso con mucha confianza, y yo le veía y escasamente hablaba con Ella –recuerda que ya mencioné antes que eso de decir lo que siento y expresarlo con precisión siempre fue un problema para mí-; así que como podrás advertir el juego implica riesgos, inquietudes e incertidumbres. No sé si habrá sido un partido reñido, mucho menos me aventuro a decir que fue espectacular. El caso es que llegó a la entrada final con un empate entre nosotros y ellos, nuestros rivales. Cerrábamos al bateo y todo lo que se lograra sería en consecuencia ganancia para el equipo en el cual jugaba. Pero había un pequeño problema: en esa ronda de bateadores estaba yo, que no era nada bueno para el bate. Y eso sí que era un conflicto, no para mí, sino para Isidro, que quizás veía en riesgo su orgullo ganador sabiendo de antemano mis limitaciones deportivas en el beis. Listo que era, Isidro tuvo una idea genial, para él, por supuesto. Me sugirió "muy sutilmente" que me hiciera el perdedizo, como si ya me hubiera ido porque otro reto monumental –la tarea- me esperara. Así que dócilmente tomé mi viejísima manopla laqueada de esmalte negro, me escabullí por detrás de el muro de fondo del foro al aire libre que tenía el parque y aguardé pacientemente a que se desarrollara el final del juego y el resultado llegara hacia mí.
La espera no fue tan prolongada, no porque el juego acabara pronto con el resultado esperado. Lo que ocurrió es que alguien del equipo contrario me vio por ahí, y por supuesto que los rivales no se “tragaron” ni tantito el chisme de que me había tenido que ir. Así fue que, cual prisionero de guerra que es llevado al cadalso, bien custodiado por los acérrimos enemigos, fui trasladado de regreso al campo de juego para cumplir cabalmente con mi deportiva obligación. Con bate en mano me dirigí a tomar la posición y esperar el lanzamiento, cuando de repente Isidro se me acercó para decirme con notable seguridad: -Si logras batear bien, te prometo que Ella te dará un beso en la boca-. Es muy seguro que él haya confundido mi inseguridad con el bate con la incredulidad del enamorado ingenuo, porque al verme algo indeciso, fue por Ella para preguntarle justo frente a mí: -¿Verdad que sí le vas a dar el beso en la boca?- Y Ella, apenada, musitó en voz tenue un “sí” que me hizo sentir todavía más el miedo en tan exigente situación.
Parado ahí, frente al pitcher, viendo el horizonte lejano cuya frontera nacía justo donde se terminaba la acera para dar paso al tránsito veloz de los autos que corrían veloces sobre el Eje Cinco Sur, no inicié ningún ritual con el cual poder garantizar una actuación decorosa para cerrar dignamente mi novel participación como beisbolista. Mucho menos me encomendé a algún santo para que me librara de una vergonzosa retirada del plato, ponchado y con el repudio justificado de mis compañeros de equipo. Y hoy, después de 30 años de esto, creo que nada de aquello era necesario, porque ese día, como muchos de mi niñez lejana, eran días plenos, poderosos, iluminados por una luz divina que no era otra cosa que el azar y el valor que a veces confundimos con miedo mientras galopa, palpitante, nuestro corazón.
El bate golpeó la bola sin que yo pudiera percatarme de cómo fue que lo hice, porque entonces ignoraba muchas cosas de ese deporte extraño para alguien acostumbrado a otros juegos y otros territorios de diversión y libertad. El caso es que tan pronto sentí el vibrar del bate en mis manos y escuché el sonido seco de una pelota que es golpeada por casualidad, miré como ésta se elevaba portentosa. Fue como si de repente el aliento contenido de los ahí presentes fuera el conjuro que evitara que se desviara el vuelo de la bola por encima de nuestras cabezas, de la misma manera como salta y se desborda la inusitada alegría cuando vez que la gloria está muy cerca de tus manos, y que el anhelado trofeo está a punto de llegar a ti, que no confiabas en el poder que posee saberse querido, amado, ese sentimiento ingenuo que siempre nos llenaba el corazón y el cuerpo de calor.
Es grato el sabor del triunfo…
Pero lo es más todavía el sabor del recuerdo de unos labios que no se pueden olvidar. Porque como seguramente deducirás, amigo lector, el trofeo fue ganado a cabalidad; no el que consistía en la recompensa de un dinero acumulado que ni siquiera recuerdo si es que recibí algo de esa cantidad. A fin de cuentas, no creo haber hecho los suficientes méritos deportivos como para merecerme tal recompensa, si asumo que el éxito fue más producto del maravilloso azar que de mi triste capacidad deportiva. Lo que sí recuerdo es haber recibido no uno, sino muchos, muchísimos más besos de los que un triunfador pudiera haber pensado recibir. Y todavía me regocijo pensando en que aquella tarde devino noche plena de placeres inimaginados, sentados Ella y yo en una banca de piedra oscura, de las muchas que todavía están ahí, testigos mudos de esta historia, en el inolvidable Parque de las Flores. La última vez que anduve por ahí, fugazmente caminé atravesando la explanada donde hace treinta años ocurrió este capítulo de mi vida que nunca podré olvidar. La vida se ha extendido de manera incontrolable, pero extrañamente el parque ahora me parece pequeño, comparado con el peso del recuerdo de esos días que no volverán. Así que espero darme un tiempo en los días que están por venir, para ir a sentarme nuevamente en una de esas bancas, mientras miro con envidia a esos jóvenes que por ahí se esconden y se escapan para dar rienda suelta a sus deseos tiernos, o tal vez, simplemente, me quede mirando el espejo de la vida de otros chicos y chicas que dan rienda suelta a sus juegos mientras me hacen sentir que siempre habita en uno ese niño pequeño que hacía cosas extraordinarias por amor.
Simplemente amor…
Javier Ruiz Paredes.
martes, 8 de junio de 2010
Confesión
Debo confesarlo:
He perdido el sentido del gusto,
No concibo el sabor de lo extraviado,
No recuerdo aquel fruto jugoso
Que siempre disfrutaba mi exigente paladar.
Más aún:
No he hallado causa precisa que explique
Por qué, de un tiempo a la fecha,
Mi piel se encuentra invadida de esa extraña amnesia
Que no reconoce la sensación electrizante
Del tacto de unos labios que se han extraviado
Una lejana mañana al despertar.
¿Qué será?
De tanto dejarme ver desnudo ante ti
He descubierto que la ausencia de sensaciones
Ya no me lastima como lo hacía antes;
Creo que mi piel ha llegado a acostumbrarse
Al frío filo de las palabras recurrentes
Que siempre desatas sin pensarlas,
Cada vez que el hambre de ti me agota
Y me deja a la deriva, perdido en las multitudes
Que siempre me miran, pero nunca me encuentran.
Pero
Ciertas tardes en que dejo colgada la resignación
En alguna vieja rama de estos extraños árboles
Que abundan en los solitarios parques
De esta asfixiante ciudad-prisión,
Me atrevo a caminar por los vastos territorios
De la palma de tus manos con mi piel descalza.
Desprovisto de temores y prejuicios
De algún modo intento hacerte saber que,
- ¿no te has dado cuenta?-
Hace muchos días que me perteneces...
Es simplemente que tu mirada no es vasta,
Ni es lo suficientemente profunda
Como para que en un atisbo vespertino
Descubras las mil diferentes formas
En que voy dejando al interior de ti algunas marcas,
Huellas profundas que, aunque se agote el tiempo,
Quedarán diluidas en tu memoria incógnita,
Aquella que visitas en los momentos más oscuros
De melancolía y soledad.
Esta noche,
Protegido por el manto de la oscuridad
Dejaré tendido mi cuerpo desnudo,
Desprovisto de memorias añejas
Y nombres que algún día me pertenecieron;
Ahí estaré en algún camino conocido
Como esos que transitas de mañana a tarde
Con exasperante prisa
-rumbo al trabajo-
-de vuelta a casa-
De regreso a ese extraño hueco en que te refugias
Cuando adviertes que no tiene sentido el tiempo,
Cuando reconoces que te devora la premura
Por alejarte de algo sin saber a dónde realmente llegarás.
Ahí...
Ahí estaré tendido para ti:
Delgado y frágil como el cristal por el que miras
En las noches de lluvia pertinaz,
Porque a eso me acostumbraste con tu eterno sentido de la negación.
Seré un territorio que –sabes muy bien- te pertenece,
Y sin embargo nunca lo alcanzarás a recorrer de verdad;
Extenso y oscuro porque has aprendido que así es como se disimula
Lo que crece sin nacer, lo que se convierte en credo impronunciable;
Porque aún en la tormenta
Te gustaría convencerte
De que falta mucho para que llegue el día
En que las bromas de la vida nos regresen al sitio exacto
Donde descansará el recuerdo de alguien que siempre tarda,
Que a veces no llega,
Que tarde o temprano se alejará
Como un sueño extraño que navega
En la incierta balsa de la vida que se va.
Javier Ruiz Paredes
He perdido el sentido del gusto,
No concibo el sabor de lo extraviado,
No recuerdo aquel fruto jugoso
Que siempre disfrutaba mi exigente paladar.
Más aún:
No he hallado causa precisa que explique
Por qué, de un tiempo a la fecha,
Mi piel se encuentra invadida de esa extraña amnesia
Que no reconoce la sensación electrizante
Del tacto de unos labios que se han extraviado
Una lejana mañana al despertar.
¿Qué será?
De tanto dejarme ver desnudo ante ti
He descubierto que la ausencia de sensaciones
Ya no me lastima como lo hacía antes;
Creo que mi piel ha llegado a acostumbrarse
Al frío filo de las palabras recurrentes
Que siempre desatas sin pensarlas,
Cada vez que el hambre de ti me agota
Y me deja a la deriva, perdido en las multitudes
Que siempre me miran, pero nunca me encuentran.
Pero
Ciertas tardes en que dejo colgada la resignación
En alguna vieja rama de estos extraños árboles
Que abundan en los solitarios parques
De esta asfixiante ciudad-prisión,
Me atrevo a caminar por los vastos territorios
De la palma de tus manos con mi piel descalza.
Desprovisto de temores y prejuicios
De algún modo intento hacerte saber que,
- ¿no te has dado cuenta?-
Hace muchos días que me perteneces...
Es simplemente que tu mirada no es vasta,
Ni es lo suficientemente profunda
Como para que en un atisbo vespertino
Descubras las mil diferentes formas
En que voy dejando al interior de ti algunas marcas,
Huellas profundas que, aunque se agote el tiempo,
Quedarán diluidas en tu memoria incógnita,
Aquella que visitas en los momentos más oscuros
De melancolía y soledad.
Esta noche,
Protegido por el manto de la oscuridad
Dejaré tendido mi cuerpo desnudo,
Desprovisto de memorias añejas
Y nombres que algún día me pertenecieron;
Ahí estaré en algún camino conocido
Como esos que transitas de mañana a tarde
Con exasperante prisa
-rumbo al trabajo-
-de vuelta a casa-
De regreso a ese extraño hueco en que te refugias
Cuando adviertes que no tiene sentido el tiempo,
Cuando reconoces que te devora la premura
Por alejarte de algo sin saber a dónde realmente llegarás.
Ahí...
Ahí estaré tendido para ti:
Delgado y frágil como el cristal por el que miras
En las noches de lluvia pertinaz,
Porque a eso me acostumbraste con tu eterno sentido de la negación.
Seré un territorio que –sabes muy bien- te pertenece,
Y sin embargo nunca lo alcanzarás a recorrer de verdad;
Extenso y oscuro porque has aprendido que así es como se disimula
Lo que crece sin nacer, lo que se convierte en credo impronunciable;
Porque aún en la tormenta
Te gustaría convencerte
De que falta mucho para que llegue el día
En que las bromas de la vida nos regresen al sitio exacto
Donde descansará el recuerdo de alguien que siempre tarda,
Que a veces no llega,
Que tarde o temprano se alejará
Como un sueño extraño que navega
En la incierta balsa de la vida que se va.
Javier Ruiz Paredes
lunes, 31 de mayo de 2010
Me gusta navegar en las palabras...
Me gusta navegar en las palabras, lo mismo que en los sueños.
Desde niño me he visto imposibilitado para decir con mucha claridad lo que pienso y siento. Tal vez será por eso que en cada acto trascendental de mi existencia he desperdiciado innumerables noches sumido en el insomnio, intentando imaginar el escenario ideal, buscando en el cúmulo de frases y clichés aquellas que fueran las más precisas para expresarle a quien fuera lo que quería decir. Mentalmente ensayaba una y otra vez el encuentro o el momento por ocurrir, meditaba bien el gesto pertinente, la mirada y las palabras, hasta que una vez convencido de que la escena estaba debidamente armada, me dormía esperando la llegada de la mañana siguiente… únicamente para que justo en el momento preciso el titubeo llegara, el sudor de manos me delatara y simplemente terminara cayendo… y callando
Muchos de los momentos trascendentales de mi existencia fueron portentos de dicha, felicidad, firmeza y determinación, pero sólo en mi imaginación. Debo admitir que mi incapacidad expresiva me ha llevado a muchas confusiones, a alejamientos que tuvieron su origen en mi enorme miedo a decir con claridad lo que siento y lo que pienso, o simplemente a manifestarme con toda honestidad sin sentir que por ello ganaba o perdía. Ahora en retrospectiva, debo reconocer que mi niñez y adolescencia fue hermosa no por todo lo que fui capaz de hacer, decir u ofrecer, sino por la infinita paciencia de todos aquellos y aquellas que me rodearon, que con una simple sonrisa supieron hacerme saber lo que significaba yo para ellos. También porque supieron darle su justa importancia a mis dichos y mis silencios, tantas veces prolongados, injustificados, pero siempre ahí presentes.
Será por ello que busqué desde pequeño formas más íntimas y personales de poder decir lo que pienso. Navegando a profundidad en las soledades de una habitación, recuerdo haber escrito infinidad de pensamientos. De tal forma que pareciera ratificarse un poco el sentido de aquella vieja canción llamada “Both sides now”, de Joni Mitchell:
Como cascadas y témpanos de pelo de ángel,
Como castillos de helado en el aire;
Como cañones de plumas por todas partes.
He visto a las nubes de ese modo.
Pero ahora no hacen más que cubrir el sol;
Llueven y nievan sobre todo.
Hay tanto que habría podido hacer,
Pero una nube me lo impidió.
Ya he visto a las nubes desde ambos lados
Desde arriba, desde abajo,
Y, sin embargo, de algún modo,
Son sólo ilusiones de nubes las que recuerdo.
En realidad, no sé nada de las nubes.
Lunas y junios y ruedas de Chicago;
Ese vértigo danzante que se siente
Mientras el cuento de hadas se va haciendo realidad.
He visto al amor de ese modo.
Pero ahora, no es más que un espectáculo.
Se quedan riendo mientras te alejas,
Y, si te duele, que no lo sepan;
No te delates…
Ya he visto al amor desde ambos lados,
Desde el dar hasta el recibir
Y, sin embargo, de algún modo,
Son sólo ilusiones de amor las que recuerdo.
En realidad, aún no sé nada del amor.
Lágrimas y miedo;
Sentirse orgulloso de gritar “te amo”;
Sueños y planes y muchedumbres felices.
He visto la vida de ese modo.
Pero ahora, los viejos amigos actúan raro,
Me reprueban, me dicen que he cambiado;
Bueno, algo se pierde y algo se gana
Viviendo cada día.
Ya he visto la vida desde ambos lados,
He perdido y he ganado
Y, sin embargo, de algún modo,
Son sólo ilusiones de la vida las que recuerdo.
En realidad, no sé nada de la vida.
Los momentos más trascendentes de mi vida, los recuerdos memorables, los nombres y los tiempos, los lugares y las sensaciones que me han marcado profundamente tienen su hogar en un puñado de textos garabateados en viejas hojas de papel. Podría decir sin temor a equivocarme que el anecdotario de mis emociones habita perennemente en frases escritas con distintas tintas y grafías, convertidos en tesoros que de repente se extravían entre los libros de mi casa, se deslizan sigilosos en cajas de cartón que de cuando en cuando hurgo, curioso y melancólico, como el detective que lupa en mano busca las huellas que delaten la vida que ha permanecida oculta, agazapada de tiempo atrás.
No recuerdo a ciencia cierta cuándo fue que escribí algo que fuera plenamente mío, que hubiera dado a luz convencido de los dolores naturales de quien pare palabras que decantan historias y anécdotas en las que seguramente tú, amigo lector, ocupas un lugar especial. De lo que no tengo la menor duda es que a mis doce años de edad inicié el ritual de la escritura más movido por el amor a las personas que el amor a las palabras… Ahora, cuarenta y un años después, muchas personas han quebrantado la promesa idílica del amor eterno; a otras tantas mi inconsistencia frecuente o tal vez mi incapacidad por ser lo que los demás esperan de mí han terminado alejándolas sin explicación alguna… pero de algo estoy seguro: el amor por las palabras sigue ahí, se profundiza y renueva votos de fidelidad en tanto el corazón siga latiendo por las presencias y las ausencias, por lo que ha sido, pero también por lo que pudo ser y finalmente no fue. En fin, que el prodigio de la palabra escrita me enamora y me ata; me ayuda a sobrevivir cuando muchas veces la escritura es lo único que te ayuda a salir de esa encrucijada que es la vida misma, cuando te sientes entre la espada y la pared. Yo, cuando esto ocurre, prefiero decir que estoy entre la pluma y el papel.
A los doce años qué tanto puedes decir. La escuela y sus procedimientos castrantes te limitan; educarse en esos tiempos como en los actuales obligaba a asumir que el bozal de las expresiones debía ceñirse a las reglas absurdas que muchas veces los maestros te imponían. Ni qué imaginar que pudiera ocurrir algo maravilloso como permitirte hablar con la libertad de un caballo galopante en las praderas; mucho menos pensar que en los escritos escolares podrías encontrar el pretexto necesario para cubrir con frases exactas el descobijo de un huérfano de respuestas, abandonado en el insomnio nocturno que atosiga cuando crees que el mundo es duro contigo, que nadie te comprende, que es difícil crecer en el páramo de la soledad… a menos que llegue el amor, que es el bálsamo que al principio lo cura todo, la rama extendida que te saca del atolladero existencial en que de niños y adolescentes nos encanta masoquistamente estar.
Por amor fue que una vez me atreví a escribir mi primer poema. Y, claro, como bien deduces se lo dediqué a Ella. Fue ese momento prodigioso el que me hizo esforzarme porque la letra se viera bien. Ensayar la caligrafía fue para mí un verdadero acto de amor. Pero la creatividad no siempre me acompañaba, así que a falta de musas etéreas procuraba alimentar la vena poética escuchando bellas canciones de Joan Manuel Serrat. Y así, poco a poco, desarrollé algunas estrategias para ir dándole acomodo a los sentimientos a través de la palabra escrita, montando las palabras en el ritmo de una canción. Lo demás vino solo, fue algo como simplemente dejarse llevar…
Los papeles se acumulaban porque mientras hubiera palabras desbordadas era posible hilar poemas, tejer sentimientos y bordar los textos en cualquier hoja de cuaderno. Tantas cosas escritas terminan por salirse de su refugio, reclaman impacientes la voz que les de vida, porque un texto escrito a fuego no merece quedarse sumido en el fondo oscuro del silencio, es pertinente darle un tiempo y una voz para que decante su origen y su razón. Quizá por eso fue que un día en Clase de Español, la maestra Imelda Luna solicitó nuestros cuadernos para revisar algún trabajo. Uno a uno fuimos pasando a dejarlos abiertos de par en par, de la misma manera en que se abren las puertas y las ventanas de la casa a un amigo y dejamos que se sienta a gusto en eso que llamamos nuestro hogar. Y es que eso era efectivamente ese cuaderno de Español: era hogar de mis hojas sueltas y huidizas que fueron escritas para Ella, pero que siempre terminaban dobladas a la espera de que llegara el día en que me atreviera a enviarlas de manera puntual. El caso fue que la maestra revisó cada cuaderno apilado en su escritorio, y conforme iba cumpliendo con su obligación de calificar nos iba nombrando para que pasáramos a recibirlo de manos de ella. Todo eso para mí era rutinario, sabía que era el protocolo cotidiano de su clase… salvo que ese día la maestra fue la primera que descubrió lo que mi cuaderno ocultaba y me lo hizo notar.
-Ruiz Paredes… pasa por tu cuaderno- Seguramente eso fue lo primero que la maestra pronunció. Y mientras iba levantándolo de su escritorio, una hoja doblada en dos se deslizó de su interior, rompió la modorra en la que se sumerge lo que se cansa de esperar y cayó al piso. Mientras iba caminando hacia la maestra, miré con angustia que algo estaba a punto de delatar mis sentimientos. No era la primera vez que esto ocurría con alguno de nosotros. Los maestros en la clase siempre estaban como cazadores furtivos esperando atrapar a la presa que no era más que un pedacito de papel que circulaba de mano en mano. Si alguno de ellos tenía suerte y el arponazo de la vista detectaba ese correo escrito, lo confiscaba y después de leerlo en silencio lo compartía con los demás usando para ello un tono de sorna y mofa cuya única intención era humillarte ante los compañeros de grupo... Eso bastaba para que entre clase y clase o en los recesos de toda una larga semana los compañeros te hirieran con sus bromas y sus burlas, el tiempo suficiente hasta que otro inocente dejara caer en manos del enemigo otro papelito inocente y te sustituyera felizmente en el papel del enamorado incauto con faltas de ortografía y redacción.
Me esperaba lo peor. Avancé a pasos que primero fueron apresurados, como queriendo llegar antes de que la maestra comenzara a leer la hoja y arrebatarla de sus manos para que no se escuchara lo que estúpidamente yo mismo condené a callar; pero después los pasos fueron lentos, sabido de antemano que no podría hacer nada y evitar que lo leyera. Y eso fue lo que ella hizo. Leyó en silencio y al terminar de hacerlo levantó la mirada mientras yo esperaba que comenzara a leerlo ahora en voz alta para que todo el mundo se enterara de mi secreto. Pero algo extraño sucedió. Antes de que yo llegara a la maestra, en voz alta como para que todos lo oyeran me preguntó: -¿Tú escribiste esto?- Sí- fue lo único que atiné a contestar. Después, con una voz queda murmuró justo cuando estuve frente a ella: -Qué bonito escribes… a mí me hubiera gustado que un novio me hubiera escrito como tú le escribes a Ella. Sigue escribiendo, lo haces bien, de verdad-.
Palabras más, palabras menos, eso fue lo que sucedió. No me preguntes amigo lector qué decía el dichoso papelito descubierto, hace ya bastantes años que se extravió en el tiempo y para quien fue escrito ni siquiera recuerdo si lo habrá leído, a fuerza de decir verdad. Lo que si es necesario decir aquí es que esa mañana de escuela descubrí que los maestros, a veces involuntariamente, pueden hacernos sentir muy mal exhibiéndonos a los ojos de los demás; pero también están los otros, a los que unas cuantas palabras escritas con el peso del amor ingenuo de un niño de 12 ó 13 años les hacen olvidar que ellos son quienes ordenan y mandan, quienes se burlan y condenan, y tal vez los trasladen a esos momentos de su infancia y adolescencia en que quizás ellos también escribieron algo y no se atrevieron a entregarlo a quien amaban. Yo no lo sé de cierto, pero me atrevo a imaginar que por esa extraña ocasión algo se movió en el corazón de mi maestra, y por primera vez no calificó la ortografía de ese poemita escrito en una hoja de cuaderno. Quizá se vio un poco reflejada en lo que ahí estaba escrito y fue por eso que su sonrisa y su comentario fueron una hermosa palmadita a mi espíritu, lo suficientemente firme y motivante, a grado tal que hoy, después de tantos años continúo escribiendo sobre las mismas cosas, recordando los mismos nombres, pensando en que aún sobran palabras que aguardan impacientes a que me atreva como hoy a compartirlas y dejarlas que nazcan, porque si hace 29 años no me permití dejarlas salir, hoy aún estoy a tiempo compartirlas con la gente que amo, con aquellos que son para mí importantes; en pocas palabras, para personas como Tú, que me brindan amablemente un tiempo de su vida y me privilegian leyendo el recuerdo de esa infancia compartida que es un libro abierto, para tratar de entender mis días y mis años a través de estas historias que hoy, por decreto, prometo escribir cuantas veces sean necesarias para que no se olviden ni mueran en silencio jamás…
Javier Ruiz Paredes.
Desde niño me he visto imposibilitado para decir con mucha claridad lo que pienso y siento. Tal vez será por eso que en cada acto trascendental de mi existencia he desperdiciado innumerables noches sumido en el insomnio, intentando imaginar el escenario ideal, buscando en el cúmulo de frases y clichés aquellas que fueran las más precisas para expresarle a quien fuera lo que quería decir. Mentalmente ensayaba una y otra vez el encuentro o el momento por ocurrir, meditaba bien el gesto pertinente, la mirada y las palabras, hasta que una vez convencido de que la escena estaba debidamente armada, me dormía esperando la llegada de la mañana siguiente… únicamente para que justo en el momento preciso el titubeo llegara, el sudor de manos me delatara y simplemente terminara cayendo… y callando
Muchos de los momentos trascendentales de mi existencia fueron portentos de dicha, felicidad, firmeza y determinación, pero sólo en mi imaginación. Debo admitir que mi incapacidad expresiva me ha llevado a muchas confusiones, a alejamientos que tuvieron su origen en mi enorme miedo a decir con claridad lo que siento y lo que pienso, o simplemente a manifestarme con toda honestidad sin sentir que por ello ganaba o perdía. Ahora en retrospectiva, debo reconocer que mi niñez y adolescencia fue hermosa no por todo lo que fui capaz de hacer, decir u ofrecer, sino por la infinita paciencia de todos aquellos y aquellas que me rodearon, que con una simple sonrisa supieron hacerme saber lo que significaba yo para ellos. También porque supieron darle su justa importancia a mis dichos y mis silencios, tantas veces prolongados, injustificados, pero siempre ahí presentes.
Será por ello que busqué desde pequeño formas más íntimas y personales de poder decir lo que pienso. Navegando a profundidad en las soledades de una habitación, recuerdo haber escrito infinidad de pensamientos. De tal forma que pareciera ratificarse un poco el sentido de aquella vieja canción llamada “Both sides now”, de Joni Mitchell:
Como cascadas y témpanos de pelo de ángel,
Como castillos de helado en el aire;
Como cañones de plumas por todas partes.
He visto a las nubes de ese modo.
Pero ahora no hacen más que cubrir el sol;
Llueven y nievan sobre todo.
Hay tanto que habría podido hacer,
Pero una nube me lo impidió.
Ya he visto a las nubes desde ambos lados
Desde arriba, desde abajo,
Y, sin embargo, de algún modo,
Son sólo ilusiones de nubes las que recuerdo.
En realidad, no sé nada de las nubes.
Lunas y junios y ruedas de Chicago;
Ese vértigo danzante que se siente
Mientras el cuento de hadas se va haciendo realidad.
He visto al amor de ese modo.
Pero ahora, no es más que un espectáculo.
Se quedan riendo mientras te alejas,
Y, si te duele, que no lo sepan;
No te delates…
Ya he visto al amor desde ambos lados,
Desde el dar hasta el recibir
Y, sin embargo, de algún modo,
Son sólo ilusiones de amor las que recuerdo.
En realidad, aún no sé nada del amor.
Lágrimas y miedo;
Sentirse orgulloso de gritar “te amo”;
Sueños y planes y muchedumbres felices.
He visto la vida de ese modo.
Pero ahora, los viejos amigos actúan raro,
Me reprueban, me dicen que he cambiado;
Bueno, algo se pierde y algo se gana
Viviendo cada día.
Ya he visto la vida desde ambos lados,
He perdido y he ganado
Y, sin embargo, de algún modo,
Son sólo ilusiones de la vida las que recuerdo.
En realidad, no sé nada de la vida.
Los momentos más trascendentes de mi vida, los recuerdos memorables, los nombres y los tiempos, los lugares y las sensaciones que me han marcado profundamente tienen su hogar en un puñado de textos garabateados en viejas hojas de papel. Podría decir sin temor a equivocarme que el anecdotario de mis emociones habita perennemente en frases escritas con distintas tintas y grafías, convertidos en tesoros que de repente se extravían entre los libros de mi casa, se deslizan sigilosos en cajas de cartón que de cuando en cuando hurgo, curioso y melancólico, como el detective que lupa en mano busca las huellas que delaten la vida que ha permanecida oculta, agazapada de tiempo atrás.
No recuerdo a ciencia cierta cuándo fue que escribí algo que fuera plenamente mío, que hubiera dado a luz convencido de los dolores naturales de quien pare palabras que decantan historias y anécdotas en las que seguramente tú, amigo lector, ocupas un lugar especial. De lo que no tengo la menor duda es que a mis doce años de edad inicié el ritual de la escritura más movido por el amor a las personas que el amor a las palabras… Ahora, cuarenta y un años después, muchas personas han quebrantado la promesa idílica del amor eterno; a otras tantas mi inconsistencia frecuente o tal vez mi incapacidad por ser lo que los demás esperan de mí han terminado alejándolas sin explicación alguna… pero de algo estoy seguro: el amor por las palabras sigue ahí, se profundiza y renueva votos de fidelidad en tanto el corazón siga latiendo por las presencias y las ausencias, por lo que ha sido, pero también por lo que pudo ser y finalmente no fue. En fin, que el prodigio de la palabra escrita me enamora y me ata; me ayuda a sobrevivir cuando muchas veces la escritura es lo único que te ayuda a salir de esa encrucijada que es la vida misma, cuando te sientes entre la espada y la pared. Yo, cuando esto ocurre, prefiero decir que estoy entre la pluma y el papel.
A los doce años qué tanto puedes decir. La escuela y sus procedimientos castrantes te limitan; educarse en esos tiempos como en los actuales obligaba a asumir que el bozal de las expresiones debía ceñirse a las reglas absurdas que muchas veces los maestros te imponían. Ni qué imaginar que pudiera ocurrir algo maravilloso como permitirte hablar con la libertad de un caballo galopante en las praderas; mucho menos pensar que en los escritos escolares podrías encontrar el pretexto necesario para cubrir con frases exactas el descobijo de un huérfano de respuestas, abandonado en el insomnio nocturno que atosiga cuando crees que el mundo es duro contigo, que nadie te comprende, que es difícil crecer en el páramo de la soledad… a menos que llegue el amor, que es el bálsamo que al principio lo cura todo, la rama extendida que te saca del atolladero existencial en que de niños y adolescentes nos encanta masoquistamente estar.
Por amor fue que una vez me atreví a escribir mi primer poema. Y, claro, como bien deduces se lo dediqué a Ella. Fue ese momento prodigioso el que me hizo esforzarme porque la letra se viera bien. Ensayar la caligrafía fue para mí un verdadero acto de amor. Pero la creatividad no siempre me acompañaba, así que a falta de musas etéreas procuraba alimentar la vena poética escuchando bellas canciones de Joan Manuel Serrat. Y así, poco a poco, desarrollé algunas estrategias para ir dándole acomodo a los sentimientos a través de la palabra escrita, montando las palabras en el ritmo de una canción. Lo demás vino solo, fue algo como simplemente dejarse llevar…
Los papeles se acumulaban porque mientras hubiera palabras desbordadas era posible hilar poemas, tejer sentimientos y bordar los textos en cualquier hoja de cuaderno. Tantas cosas escritas terminan por salirse de su refugio, reclaman impacientes la voz que les de vida, porque un texto escrito a fuego no merece quedarse sumido en el fondo oscuro del silencio, es pertinente darle un tiempo y una voz para que decante su origen y su razón. Quizá por eso fue que un día en Clase de Español, la maestra Imelda Luna solicitó nuestros cuadernos para revisar algún trabajo. Uno a uno fuimos pasando a dejarlos abiertos de par en par, de la misma manera en que se abren las puertas y las ventanas de la casa a un amigo y dejamos que se sienta a gusto en eso que llamamos nuestro hogar. Y es que eso era efectivamente ese cuaderno de Español: era hogar de mis hojas sueltas y huidizas que fueron escritas para Ella, pero que siempre terminaban dobladas a la espera de que llegara el día en que me atreviera a enviarlas de manera puntual. El caso fue que la maestra revisó cada cuaderno apilado en su escritorio, y conforme iba cumpliendo con su obligación de calificar nos iba nombrando para que pasáramos a recibirlo de manos de ella. Todo eso para mí era rutinario, sabía que era el protocolo cotidiano de su clase… salvo que ese día la maestra fue la primera que descubrió lo que mi cuaderno ocultaba y me lo hizo notar.
-Ruiz Paredes… pasa por tu cuaderno- Seguramente eso fue lo primero que la maestra pronunció. Y mientras iba levantándolo de su escritorio, una hoja doblada en dos se deslizó de su interior, rompió la modorra en la que se sumerge lo que se cansa de esperar y cayó al piso. Mientras iba caminando hacia la maestra, miré con angustia que algo estaba a punto de delatar mis sentimientos. No era la primera vez que esto ocurría con alguno de nosotros. Los maestros en la clase siempre estaban como cazadores furtivos esperando atrapar a la presa que no era más que un pedacito de papel que circulaba de mano en mano. Si alguno de ellos tenía suerte y el arponazo de la vista detectaba ese correo escrito, lo confiscaba y después de leerlo en silencio lo compartía con los demás usando para ello un tono de sorna y mofa cuya única intención era humillarte ante los compañeros de grupo... Eso bastaba para que entre clase y clase o en los recesos de toda una larga semana los compañeros te hirieran con sus bromas y sus burlas, el tiempo suficiente hasta que otro inocente dejara caer en manos del enemigo otro papelito inocente y te sustituyera felizmente en el papel del enamorado incauto con faltas de ortografía y redacción.
Me esperaba lo peor. Avancé a pasos que primero fueron apresurados, como queriendo llegar antes de que la maestra comenzara a leer la hoja y arrebatarla de sus manos para que no se escuchara lo que estúpidamente yo mismo condené a callar; pero después los pasos fueron lentos, sabido de antemano que no podría hacer nada y evitar que lo leyera. Y eso fue lo que ella hizo. Leyó en silencio y al terminar de hacerlo levantó la mirada mientras yo esperaba que comenzara a leerlo ahora en voz alta para que todo el mundo se enterara de mi secreto. Pero algo extraño sucedió. Antes de que yo llegara a la maestra, en voz alta como para que todos lo oyeran me preguntó: -¿Tú escribiste esto?- Sí- fue lo único que atiné a contestar. Después, con una voz queda murmuró justo cuando estuve frente a ella: -Qué bonito escribes… a mí me hubiera gustado que un novio me hubiera escrito como tú le escribes a Ella. Sigue escribiendo, lo haces bien, de verdad-.
Palabras más, palabras menos, eso fue lo que sucedió. No me preguntes amigo lector qué decía el dichoso papelito descubierto, hace ya bastantes años que se extravió en el tiempo y para quien fue escrito ni siquiera recuerdo si lo habrá leído, a fuerza de decir verdad. Lo que si es necesario decir aquí es que esa mañana de escuela descubrí que los maestros, a veces involuntariamente, pueden hacernos sentir muy mal exhibiéndonos a los ojos de los demás; pero también están los otros, a los que unas cuantas palabras escritas con el peso del amor ingenuo de un niño de 12 ó 13 años les hacen olvidar que ellos son quienes ordenan y mandan, quienes se burlan y condenan, y tal vez los trasladen a esos momentos de su infancia y adolescencia en que quizás ellos también escribieron algo y no se atrevieron a entregarlo a quien amaban. Yo no lo sé de cierto, pero me atrevo a imaginar que por esa extraña ocasión algo se movió en el corazón de mi maestra, y por primera vez no calificó la ortografía de ese poemita escrito en una hoja de cuaderno. Quizá se vio un poco reflejada en lo que ahí estaba escrito y fue por eso que su sonrisa y su comentario fueron una hermosa palmadita a mi espíritu, lo suficientemente firme y motivante, a grado tal que hoy, después de tantos años continúo escribiendo sobre las mismas cosas, recordando los mismos nombres, pensando en que aún sobran palabras que aguardan impacientes a que me atreva como hoy a compartirlas y dejarlas que nazcan, porque si hace 29 años no me permití dejarlas salir, hoy aún estoy a tiempo compartirlas con la gente que amo, con aquellos que son para mí importantes; en pocas palabras, para personas como Tú, que me brindan amablemente un tiempo de su vida y me privilegian leyendo el recuerdo de esa infancia compartida que es un libro abierto, para tratar de entender mis días y mis años a través de estas historias que hoy, por decreto, prometo escribir cuantas veces sean necesarias para que no se olviden ni mueran en silencio jamás…
Javier Ruiz Paredes.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)